Quiénes fracturan Cataluña

Eduardo Goligorsky

Llegué a Barcelona desde Buenos Aires en 1976. Empecé a colaborar en las páginas de opinión de La Vanguardia en 1982, hasta que el talibán José Antich me echó en el 2000 junto a articulistas mucho más valiosos que yo. En el 2002 publiqué Por amor a Cataluña (Flor del Viento Ediciones), cuyo título es suficientemente explícito. Evidentemente no soy catalán ni español nativo, aunque mi esposa y yo celebramos como un nuevo nacimiento la obtención de la carta de ciudadanía española.

Suicidio colectivo

Algunos inquisidores preguntan qué derecho tengo a opinar con la vehemencia con que lo hago sobre temas de política catalana tan trascendentales como lo son los referidos a la independencia. Muy sencillo. Durante toda mi trayectoria política y periodística, a partir de mi adolescencia en Argentina, estuviera donde estuviere, denuncié el nacionalismo como un mal con efectos demoledores. Y es la materialización cada día más evidente de esos efectos demoledores lo que me obliga a tomar posición por amor a esta Cataluña que me acogió fraternalmente. Sobre todo desde que asistí al triste espectáculo en el que una minoría de catalanes, circunstancialmente amparada por el poder absoluto, sumaba fuerzas para fracturar Cataluña, desconectándola de España y, ya sin disimularlo, de Europa.

Incurablemente racionalista, para colmo, no puedo soportar la inanidad de los argumentos, plagados de mentiras y contradicciones, con que los predicadores del secesionismo bombardean a los ciudadanos de buena fe. No me refiero a los discursos de los caudillos usufructuarios del proceso, sino a sus divulgadores contumaces, hoy desesperados al comprobar que la realidad y la torpeza de esos mismos caudillos hacen saltar por los aires sus proyectos más ambiciosos. Y lo más chocante es que estos predicadores se desentienden por completo del trance dramático por el que atraviesa la región que ellos y sus mandantes disfrazan de república independiente, y no cesan de urdir nuevas estrategias y nuevos pretextos para ejecutar el suicidio colectivo.

Acusaciones truculentas

Pilar Rahola ("Amarillo", LV, 30/11) y Francesc-Marc Álvaro ("Fábula colorista", LV, 1/12) distraen a los lectores con acusaciones truculentas porque la Junta Electoral prohíbe el uso proselitista de un color sectario en espectáculos oficiales, cuando ese mismo diario ha dedicado un editorial a prevenir que "Crece el riesgo para la economía catalana" (LV, 29/11):

La patronal Foment del Treball certifica asimismo, en un informe también hecho público ayer, los riesgos económicos de la tensión política por la situación de Catalunya. Advierte que, pese a que ya se detectan los primeros efectos sobre la sociedad, el impacto más significativo puede producirse el año que viene como consecuencia del efecto emergente del actual freno de pedidos, paralización de inversiones, retraso de las compras, cancelaciones de reservas y de eventos, traslado de sedes sociales y fiscales, así como del daño reputacional a la imagen de las empresas y del país.

Y remata:

Superar la fractura generada por el independentismo es clave para la confianza económica.

Desenlace catastrófico

Es evidente que a Rahola y Álvaro no les quita el sueño esta fractura ni que "el paro en Catalunya registra su peor noviembre desde el 2009" (LV, 5/12). Lo que los moviliza a ellos y a quienes comparten su pasión antiespañola y –ahora se confirma– antieuropea es la necesidad de que recuperen la libertad quienes perpetraron dicha fractura, para que vuelvan a ensancharla guiados por el Terminator prófugo.

El profesor Borja de Riquer i Permanyer va más allá que sus dos cofrades. Escribe una epístola dirigida a los fieles de la cruzada secesionista en la que les marca el camino correcto para llevarla a lo que ya se vislumbra como un desenlace catastrófico ("La unidad del catalanismo", LV, 30/11):

Mi preocupación surge del temor a que se consolide un enfrentamiento que no responde a la realidad de la sociedad ni a la tradición del catalanismo, y que acabe por establecer un falso dilema político: o involución autonómica o independencia.

Cuidado. El enfrentamiento que preocupa al profesor no es el que traumatiza a la sociedad catalana, sino el que protagonizan los caciques desmadrados de su tribu.

Toda la epístola de De Riquer descansa sobre la infumable falacia de que refleja la "voluntad de un radical cambio político" de los "más de dos millones de catalanes que votaron el 1-O". La cifra, elaborada al margen de toda fiscalización fiable, ya habla por sí sola: está muy por debajo de la mitad de los ciudadanos inscriptos en el censo y solo la dan por válida quienes niegan representatividad a los Otros, o sea, a quienes no piensan como ellos o a quienes no pueden exhibir suficientes apellidos autóctonos.

Como hemos visto, tampoco a De Riquer le preocupa "la fractura generada por el independentismo" a la que alude el editorial del diario portavoz de la clase media solvente, con los consiguientes perjuicios sociales, culturales y económicos para Cataluña, sino que lo exaspera el enfrentamiento entre las facciones que explotan dicha fractura. Para completarla deben unirse. Por eso clama, usurpando como siempre la representación de "los catalanes" o "la mayoría de los catalanes":

Hay que mantener unidos a los que defienden un cambio en las relaciones entre Catalunya y España (…) Estamos, creo, ante una situación de emergencia nacional y esto hace necesario buscar los planteamientos unitarios del catalanismo y hacer hincapié en los denominadores comunes y en las coincidencias, respetando las diversas propuestas estratégicas (…) hasta llegar a una coyuntura que permita plantear de nuevo las legítimas aspiraciones de cambio de la mayoría de los catalanes. Y entonces habrá que ser mucho más fuertes y convincentes que ahora.

Estratagemas tabernarias

Esto sería lo ideal para la élite separatista y sus parásitos, pero… si se reanuda el proceso, ¿volverán a Cataluña los bancos y empresas que han trasladado sus sedes sociales y fiscales a otros puntos de la geografía de España que ofrecen las garantías jurídicas canceladas en el embrión nonato de república catalana?, ¿se eludirá la política de rechazo al veneno nacionalista que practica la Unión Europea?, ¿se recuperarán las inversiones, las compras, los empleos y los turistas perdidos?, ¿se recompondrán las relaciones deterioradas entre parientes, amigos, vecinos, socios, compañeros de trabajo y otra buena gente?, ¿se corregirá el sistema de enseñanza planificado para abrir, contra natura, una brecha lingüística, cultural y sentimental entre los niños y jóvenes catalanes, por un lado, y sus congéneres del resto de España, por otro?, ¿se garantizará la coordinación con las fuerzas de seguridad de España y nuestros aliados que nos protegen del terrorismo yihadista?

Nada de esto figura en los programas de los partidos que se disputan con estratagemas tabernarias el usufructo de la taifa republicana.

La otra cara de la moneda. En uno de sus virajes tácticos, Márius Carol, director de La Vanguardia, emite una lacónica sentencia que marca el rumbo del voto civilizado ("Salir de la rueda del hámster", 4/12):

O enterramos el procesismo o cavará nuestra tumba.

Todo el entuerto resumido en ocho palabras para que lo entiendan hasta los más obtusos. Por fin ha aflorado el instinto de supervivencia. No es el Gobierno de España el que fractura Cataluña y amenaza con cavarle la tumba. Son estos indeseables. La Cataluña burguesa ha despertado y también exhorta a sepultar bajo los votos racionales a los Terminators de su terruño.

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