Puigdemont en el botellón

Eduardo Goligorsky

No nos dejemos engañar. Los efectos nefastos de la política de Carles Puigdemont no se hacen sentir en el Alguer, ni en Waterloo ni en Estrasburgo, aunque se exhiba de cuerpo presente en esos puntos geográficos. Carles Puigdemont desempeña un papel activo, como modelo incorpóreo para jóvenes descarriados, en los botellones multitudinarios de Plaza España y la playa de Bogatell, en Barcelona. Les imparte lecciones, a larga distancia, con su ejemplo, de que un traidor a su patria puede atentar contra las leyes, la convivencia y la paz social y salir impune. Cada camorrista del botellón es un discípulo precoz del expresidente de la república mostrenca.

Guaridas de lujo

Las algaradas con profusión de alcohol, drogas, saqueos, destrucción de mobiliario urbano, incendios de contenedores, riñas a navajazos entre pandillas, con un saldo de 39 heridos y agresiones a las fuerzas del orden, son los frutos venenosos de la sedición que sigue fomentando, desde sus guaridas de lujo –que pagamos nosotros–, el prófugo presuntamente acogido a la tutela rusa.

Ojo, esos vándalos no se movilizaron obedeciendo a las consignas del supremacismo catalán que regurgitan el prófugo y sus asociados. Al asedio al consulado italiano, que la desquiciada Pilar Rahola amenizó profanando con sus berridos el "Bella ciao" de los partisanos antifascistas, concurrieron 600 adictos al independentismo, mientras que en la gamberrada de Plaza España participaron 40.000 energúmenos desprovistos de ideología pero saturados de aguardiente. Actuaban –aclara La Vanguardia (suplemento "Vivir", 26/9)– "sin ninguna reivindicación detrás. Violencia por violencia".

Fenómeno de barbarie

El nexo entre la cruzada antiespañola de Puigdemont y su banda, por un lado, y este fenómeno de barbarie apolítica, por otro, reside en que la primera creó con sus tropelías el ambiente propicio para la segunda. Recordemos el bloqueo al Parlament que obligó a Artur Mas a abordarlo en helicóptero, el asalto a la misma institución que Quim Torra alentó con su "¡Apreteu!", los desmanes de Plaza Urquinaona y sus aledaños, los sucesivos ataques a la Jefatura Superior de Policía de Via Laietana y a su custodia de policías nacionales y mossos d’esquadra, los cortes de carreteras y la ocupación del aeropuerto. Todo instigado y amparado por los caciques de la tribu renegada.

Abro un paréntesis. Los bajos instintos de los alevines del supremacismo, agrupados en los CDR, Arran y otros semilleros de terrorismo urbano, compiten con los de los tarados del macrobotellón hostiles a las fuerzas del orden. Por eso los diputados de ERC presentaron un proyecto de enmienda a la mal llamada Ley de Memoria Democrática, proyecto que estipula la transformación del edificio de la Jefatura Superior de Policía en un museo sectario consagrado a la mitificación de su bando. Que no incluirá, por supuesto, referencias a las torturas en las checas, ni a los comisarios estalinistas, ni a los muertos en las guerras civiles entre republicanos, ni a las quemas de iglesias, ni a los asesinatos de más de 8.000 sacerdotes y laicos católicos. Un tupido velo sobre los crímenes de los camaradas.

Cúmplase la ley

Volvamos al tema. Es significativo que la prensa cómplice del régimen secesionista, con La Vanguardia en primer término, publique un editorial tras otro exigiendo la incorporación de Puigdemont al diálogo con el Gobierno, al mismo tiempo que reclama medidas contra los protagonistas de los macrobotellones que son los frutos venenosos de la sedición. Castigar al vástago delincuente y premiar al padre que lo entrenó para el delito. Puigdemont en el botellón.

Pere Aragonès y Laura Borràs, desde los órganos de poder institucional, y Oriol Junqueras y sus compadres indultados, sin distinciones entre los republicanos presuntamente pragmáticos y los termocéfalos unilateralistas, corren simultáneamente a rendir pleitesía al histrión recién liberado, demostrando que son solidarios con el sembrador de odio, creador del caos, violador acérrimo de las leyes y malversador imputado como tal –no lo olvidemos jamás– por el benévolo tribunal de Schleswig-Holstein. A su lado, los depredadores del macrobotellón son aprendices de quinquis.

Cúmplase la ley con todos ellos.

PS: Es verdad que los macrobotellones no se circunscriben a Barcelona y otras ciudades de Cataluña donde los jóvenes han sido corrompidos por la tenacidad con que sus gobernantes se jactan de violar las leyes. Los actos vandálicos se reparten por todos los rincones de España, donde el efecto corruptor lo provoca un mandamás sin escrúpulos que, para perpetuarse en el poder, se encama con comunistas, albaceas de asesinos y golpistas impenitentes, conjuntamente enemigos de nuestra civilización. ¡Vaya modelos para las nuevas generaciones!

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