Por qué me callo

Eduardo Goligorsky

Soy víctima de un bullying tenaz, pero no lo voy a denunciar. Quienes me acosan son amigos muy queridos, algunos lectores fieles e incluso miembros de mi círculo familiar. Me acusan, un día sí y otro también, de callar y desentenderme de los escándalos de corrupción que sacuden España. Tienen razón. Me callo aunque no me desentiendo.

Obsesión por la pureza

Desde que abandoné a mi amada Olympia, mi máquina de escribir, en noviembre del 2010, para iniciar mi trayectoria en Libertad Digital, me he ocupado de casi todo lo humano y lo divino, con especial énfasis en las críticas al nacionalismo identitario, pero sin descuidar cuestiones de actualidad relacionadas con el espionaje informático, el terrorismo y el contraterrorismo, las libertades individuales, la decadencia argentina, el aborto, la intolerancia religiosa y su equivalente ateo, las dictaduras totalitarias pasadas y presentes, la traición de algunos intelectuales y la grandeza de otros, las amenazas a nuestra civilización y así hasta completar más de cien artículos. Pero de la corrupción en España, ni una palabra.

O mejor dicho, sí. La abordé por vía indirecta y preventiva, aludiendo a los riesgos que entraña la obsesión por la pureza. En mi artículo "Vade retro, Savonarola" (LD, 13/2/2013), cité la advertencia de José María Ruiz Soroa (El País, 13/12/2012) que concluye con una aleccionadora cita de Kant:

Que Robespierre y Saint Just fueron personas rectas, buenas y virtuosas es algo obvio para quien conozca mínimamente su pensamiento. (…) Ambos fueron virtuosos implacables, en palabras de Rafael del Águila, personas cuyos esfuerzos por traer el bien a la tierra llevaron al mal del Terror. (…) Cuidado, recordemos que la moral nunca puede sustituir a la política, que las buenas intenciones virtuosas engendran monstruos. Que con la virtud hay que tener mucho cuidado, porque "de una madera tan retorcida como de la que está hecho el hombre no puede tallarse nada enteramente recto".

Cita esta que se puede complementar con otra no menos atinada de Tzvetan Todorov, quien escribió en Memoria del mal, tentación del bien (Península, 2002):

El mal no es una adición accidental a la historia de la humanidad, de la que podríamos librarnos fácilmente; está vinculado a nuestra propia identidad. Para apartarlo habría que cambiar de especie.(…) La búsqueda del bien, en la propia medida en que olvida a los hombres que deberían ser sus beneficiarios, se confunde con la práctica del mal. Los sufrimientos de los hombres, incluso, proceden más a menudo de la búsqueda del bien que de la del mal.

Nos estamos aproximando a la explicación de por qué me callo. Los escándalos de corrupción que sacuden España son abominables. No mayores que los que se han descubierto en muchos de los principales países de nuestra civilización -para no hablar de los de otras civilizaciones congénitamente corruptas- pero igualmente abominables. Tampoco vale aplicarles la coartada tramposa del "y tú más". Los dos partidos mayoritarios en España, y el hasta ahora mayoritario en Cataluña, están en la picota. Y uno de los que pretenden pescar en la charca revuelta ostenta una marca -Partido Comunista- indisolublemente asociada a cien millones de víctimas en el siglo XX.

Me callo, pero...

En una sociedad organizada, los procedimientos contra el delito corren por cuenta de la Justicia, no de los justicieros, no de los Savonarolas. Por eso me callo. Entiendo asimismo que en una sociedad abierta es normal que la prensa investigue y divulgue el resultado de sus investigaciones. Sencillamente, puesto que tengo la vocación de opinar pero no la de investigar, puesto que soy desconfiado, y puesto que sé que hay muchos intereses en juego que pueden influir sobre los resultados de las investigaciones, me callo.

Me callo, pero...

Hay hechos que saltan a la vista y que son suficientes para que el observador se forme una opinión y pueda hacerla circular, sin necesidad de investigarlos. Callar, en este caso, sería imperdonable.

La corrupción es una patología grave que erosiona los cimientos la sociedad, provoca la indignación de los ciudadanos y empaña la imagen exterior de España. El balance final dependerá de la capacidad de la Justicia para descubrir la verdad e imponer las sanciones correspondientes con todo el peso de la ley. Sin embargo, sigue fermentando otra patología a la que la Justicia ha intentado poner remedio mediante numerosas sentencias sistemáticamente desobedecidas: la ofensiva secesionista en Cataluña es más difícil de neutralizar que los brotes de corrupción y persigue un objetivo de más envergadura y trascendencia histórica que el enriquecimiento de una minoría de delincuentes, a saber, el desmembramiento de un país, España, y la ruptura de la ínsula resultante con la Unión Europea. Es lo que Joaquim Coll define, con mucha precisión, como "accidente o colisión insurreccional" (El País, 11/7), y Francesc de Carreras, "jurídicamente", como "golpe de Estado" (LV, 30/1).

Este fenómeno insurreccional refuerza mi decisión de no participar en el guirigay contra la corrupción, cuya versión mediática debilita al Partido Popular. La realidad me dice que el Partido Popular es la única muralla sólida y de dimensión nacional que se opone a la embestida secesionista. No estoy enrolado en el PP y discrepo con los puntos de su programa que atañen a cuestiones confesionales como el aborto, la eutanasia y la enseñanza religiosa. Me sentiría más tranquilo si UPyD pudiera competir con el PP, y si el PSOE pudiera salir de su catalepsia con líderes como José Bono o Paco Vázquez. Pero la realidad es otra.

Lógicamente soy ajeno a las corrientes internas del PP y no hago cábalas con ellas. Una muralla sólida tiene que ser monolítica para ser eficaz, y si el objetivo es salvaguardar la cohesión de España, Rajoy debe ser inseparable de Aznar, Sáenz de Santamaría de Cospedal, Aguirre de Sánchez-Camacho. Preferiría no ver ninguna grieta en esa muralla, y estoy seguro de que muchos ciudadanos independientes, de voto fluctuante, piensan lo mismo. Queremos ver a los corruptos en la cárcel y a los secesionistas disfrutando de la jubilación en sus masías, lejos de los resortes del poder que hoy utilizan abusivamente para fragmentar a la sociedad catalana y balcanizar España.

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