Peor que Afganistán

Eduardo Goligorsky

Que lo que ha sucedido en Afganistán es una catástrofe para el mundo civilizado no hay quien lo niegue. Visto todo lo que se ha escrito sobre el tema, no me siento capacitado para reforzar esta tesis con nuevos argumentos. El cuadro desolador lo remata la portada de Charlie-Hebdo, que deja al descubierto la hipocresía oculta tras el discurso de los poderosos que fingen escandalizarse de la barbarie islámica mientras intercambian guiños cómplices con sus califas.

La ilustración de la revista lo sintetiza todo: tres figuras enfundadas en burkas herméticos, con el dorsal "Messi 30" que identifica al PSG. El propietario del equipo estrella de Francia es un potentado qatarí que amasó su fortuna en un país donde las mujeres esclavizadas solo disfrutarán de la libertad de ostentar, en la vestimenta humillante, para mayor gloria de la tribu, el nombre del mercenario que su amo acaba de comprar. ¿Alguien que participe en este abyecto juego de intereses puede blanquear su imagen fingiéndose enemigo del monstruo talibán? Qatar, guarida de los degolladores talibanes mientras duró su exilio, también dejó estampada su marca en no tan viejas camisetas del Barça.

Una mirada retrospectiva

Sí, la capitulación de Occidente que deja a millones de hombres y mujeres a merced de los instintos sádicos de una horda de fanáticos supersticiosos es una ignominia. Pero basta una mirada retrospectiva para comprobar que las potencias democráticas perpetraron una traición a los pueblos inermes mucho peor que la que acaba de dejar desamparados a Afganistán y sus habitantes. Afganistán es una cagadita de mosca en el mapa de Asia Central. Nada comparable a la entrega de media Europa y Asia –apenas liberadas de la dominación nazi y japonesa– al yugo comunista. Una entrega que, aunque parcialmente corregida, ha dejado una llaga que aún supura en el tejido social y en la memoria histórica de las naciones que fueron colonizadas por la URSS y China.

Entre el 2 y el 11 de febrero de 1945 se celebró la Conferencia de Yalta en este balneario situado a orillas del mar Caspio, en lo que entonces era la Unión Soviética. Sus personajes estelares fueron el dictador soviético, Iosif Stalin, el presidente de Estados Unidos, Franklin D. Roosevelt, y el primer ministro británico, Winston Churchill. Faltaban pocos meses para el final de la guerra en Europa, con el ejército alemán en desbandada. Y los tres mandatarios de los países victoriosos procedieron a trazar los planes para el reparto de lo que quedase en pie cuando cesara el fuego..

Fue entonces cuando se consumó la entrega que hace palidecer la capitulación de Joe Biden. Roosevelt y Churchill cedieron a las exigencias de Stalin y le entregaron un mosaico de países que se convirtieron en los satélites blindados del imperio soviético. Hubo amputaciones y anexiones de territorios, con las consiguientes migraciones masivas de poblaciones, segregadas por sus orígenes nacionales y étnicos. Según el historiador británico Antony Beevor, casi un millón de los catorce millones de desplazados forzosos murieron en el sector soviético. Más de dos millones de mujeres alemanas y prisioneras de los alemanes fueron violadas por soldados del Ejército Rojo.

Poca broma

Alemania y Austria fueron repartidas a partes iguales entre la URSS, Estados Unidos, el Reino Unido y Francia, pero Stalin hizo saltar la banca. Empezó por anexarse una porción de Polonia, a la que compensó con la cesión de varias provincias alemanas. Pero la compensación solo fue simbólica, porque el Tratado de Yalta dejó a Polonia íntegra dentro del imperio comunista, junto con lo que pronto sería la República Democrática Alemana, Checoslovaquia, Hungría, Rumanía, Bulgaria, Lituania, Letonia, Estonia, Albania y la díscola Yugoslavia. El pacto de las tres potencias prometía elecciones libres en todos esos simulacros de repúblicas independientes. En ninguna las hubo. Poca broma. Sobre todo si se piensa que simultáneamente el psicópata comunista Mao Tse-tung, al que el Departamento de Estado estadounidense catalogaba cándidamente como un "reformista agrario", se estaba apoderando del gigante chino.

El Tratado de Yalta, ratificado pocos meses más tarde por el de Potsdam, ya firmada la rendición de Alemania, indignó a gran parte de la opinión pública estadounidense, cuyo sector católico se sublevó contra la entrega de Polonia a los crápulas bolcheviques. El general George S. Patton, héroe de guerra, un inconformista sin pelos en la lengua, propuso públicamente expulsar por la fuerza al Ejército Rojo de sus nuevos dominios, y fue destituido de manera fulminante. Pocos días después murió en un extraño accidente de carretera que muchos consideraron un asesinato.

La lucha continúa

Fue Winston Churchill quien tomó la iniciativa de poner fin a la expansión de la hidra comunista. Lo hizo en su conferencia del 5 de marzo de 1946 en el Westminster College de Fulton, Missouri, donde pronunció la célebre frase sobre el "telón de acero" tras el cual se atrincheraban los enemigos de la democracia. Aquel discurso marcó el comienzo de la Guerra Fría, cuyo primer episodio caliente se materializó ese mismo año cuando las fuerzas armadas griegas derrotaron a los partisanos comunistas del ELAS con el apoyo explícito del Reino Unido. Stalin se acojonó y abandonó a los suyos.

La lucha continúa. Comunistas esclerosados, comunistas reciclados, islamistas embrutecidos, inquisidores feudales, nihilistas apátridas, sediciosos racistas y las ramas radicales del feminismo, el ecologismo, el negacionismo anticientífico y el irracionalismo esotérico componen el actual Eje del Mal, heredero del que bautizó así George W. Bush en su discurso del Estado de la Unión del 29/1/2002.

Cuidado. El Eje del Mal viene marchando. Afganistán es solo un área de servicio en la Ruta de la Seda china y la del gasoducto ruso. Su meta es otra capitulación como la de Yalta que está programando la nueva generación de derrotistas. Duro con ellos.

PS: Mienten a sabiendas quienes atribuyen el fracaso en Afganistán a la imposibilidad de cambiar en veinte años la mentalidad de un pueblo sumido en el atraso. Tras la derrota y ocupación de Japón, al general Douglas MacArthur le bastaron cinco años de gobierno riguroso para transportarlo de su etapa feudal y belicista a la época moderna, con una monarquía parlamentaria en sustitución de la absoluta y con una Constitución democrática y pacifista. MacArthur fue condenado al ostracismo cuando propuso continuar la guerra de Corea hasta abolir el régimen comunista chino. Tributemos nuestro homenaje a los generales George S. Patton y Douglas MacArthur, víctimas de la ingratitud y paladines insobornables de nuestra civilización.

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