El silencio de los humillados

Eduardo Goligorsky

Vi la película por primera vez en 1945, cuando tenía 14 años. En blanco y negro. Constaba de cuatro episodios de terror sutil, desprovistos de escenas gore y, por razones cronológicas, de efectos especiales digitalizados. Se titulaba "Al morir la noche" (Dead of Night), había sido producida por los estudios británicos Ealing y, entre los cuatro directores, el del episodio que me dejó marcado con una huella indeleble fue el brasileño Alberto Cavalcanti. En ese episodio, un muñeco de ventrílocuo se rebelaba contra su amo, magistralmente interpretado por un todavía joven Michael Redgrave, y se vengaba cruelmente de quien lo explotaba. La escena era escalofriante.

El muñeco se subleva

¿Necesito explicar por qué evoco aquella ficción cada vez que tropiezo, en la realidad, con las noticias y los comentarios sobre los antagonismos entre Oriol Junqueras, que hasta hace poco tiempo dictaba el libreto del guiñol secesionista, como ventrílocuo, y Artur Mas, inicialmente resignado al papel de muñeco repetidor de textos ajenos? Súbitamente, el muñeco se subleva contra su amo, no por celos actorales sino por un quítame allá esas elecciones. Las elecciones son la clave del conflicto. Y es revelador que quienes tanto énfasis pusieron en la reivindicación del derecho a decidir, conviertan ahora las urnas en un deleznable objeto de mercadeo entre facciones ansiosas por monopolizar el poder hegemónico con todos sus privilegios.

El segundo de Artur Mas en la cúpula de CiU, Josep Rull, lo proclamó descaradamente con un cinismo afín al de los hermanos Castro y al de todos los dictadores totalitarios que se pasan el derecho a decidir por el arco de triunfo (El Mundo, 14/11):

Las elecciones tienen que hacerse cuando tengamos las fuerzas suficientes para ganar.

Oriol Junqueras piensa exactamente lo mismo y por eso exige una confrontación de fuerzas sin tardanza. Confía en que ERC todavía puede aventajar a CiU por unos pocos escaños y en que sumando los partidos menores quizá -sólo quizá- pueda alcanzar la mayoría, si no para decretar la secesión por lo menos para sacar algún provecho. Pero las encuestas le recuerdan también que esa posibilidad se aleja cada día un poco más: "La independencia pierde el apoyo de la mayoría por primera vez desde el 2012" (LV, 20/12). Información, para colmo, falsa y tendenciosa, porque ya es archisabido que el secesionismo nunca ha conseguido superar el 33% del censo electoral catalán.

Lo que el ventrílocuo frustrado no puede evitar es que el muñeco rebelde se valga de todos los resortes del poder que fue acumulando con su beneplácito para seguir el derrotero -o la derrota, en sus dos acepciones- hacia la ínsula mítica. Junqueras debería haber previsto que Mas cocinaría, con ingredientes tan tentadores como el gigantesco aparato de propaganda oficial y conchabada, las manifestaciones espectaculares y los movimientos sociales domesticados, un Partido Único, el Partit del President, a imagen y semejanza de aquel denostado Movimiento Nacional, que fusionaba a falangistas y tradicionalistas para ponerlos a las órdenes del Caudillo.

Junqueras, profesor de historia, debería haber dado una tregua, igualmente, a su obsesión por las guerras dinásticas del siglo XVIII, para estudiar a fondo los procesos recientes de insurgencia totalitaria como el que él mismo está protagonizando… aunque se niegue a reconocer públicamente su verdadera naturaleza. Una mirada retrospectiva le habría demostrado que, cuando culminan, estos procesos nunca son bicéfalos, y que una de sus cabezas rueda, literal o metafóricamente. Aquí, el Caudillo desterró a Manuel Hedilla, y en el resto del mundo Mussolini marginó a Roberto Farinacci; Perón condenó al ostracismo al coronel Domingo Mercante y, más expeditivo, Stalin liquidó a Trotski y Bujarin; Castro al general Arnaldo Ochoa Sánchez; y Hitler a Ernst Röhm.

Los secesionistas bloquean el ejercicio del legítimo derecho a decidir, que se expresa en las elecciones, y recurren a triquiñuelas que dejan al descubierto sus vergüenzas, que son muchas y de larga data. Tenemos, por ejemplo, a la ANC, hasta hace poco tiempo mascarón de proa del Partit del President o Partido Único y ahora en plena crisis de descomposición, con acusaciones entrecruzadas de fraude en sus consultas internas, consultas en que el derecho a decidir quedó hecho unos zorros.

Tarde piaste, Màrius Carol

El espectáculo que han montado los secesionistas con el Partit del President y el paraguas para las tres listas de las elecciones plebiscitarias, o con cualquier engendro que se esté gestando, ha traspuesto todas las fronteras del ridículo y se ha vuelto más impresentable de lo que ya era desde el comienzo para el escenario europeo. Quienes lo jaleaban toman distancia para no implicarse en la charlotada. El somatén mediático editorializa, súbitamente alarmado (LV, 21/12):

Desde hace largo tiempo, la política catalana vive inmersa en la incertidumbre. Los ciudadanos no tienen un conocimiento seguro y claro de lo que va a suceder. Ni siquiera muy aproximado. (…) Pero también los presupuestos están en el alero, al albur de lo que acuerden, o no, convergentes y republicanos. (…) El gasto en Sanidad estaría al nivel del de 2006; el de Bienestar, al de 2004; y el de Educación al de 2005.

A continuación, le pide al presidente de la Generalitat que demuestre su capacidad de liderazgo "y no sólo en lo relativo al proceso soberanista". Tarde piaste, Màrius Carol.

Sorpresivamente, uno de los colaboradores del somatén que hacía equilibrios entre la vía del choque y la tercera vía, reacciona frente al desbarajuste olvidando sus coqueteos con la independencia, con la confederación y con la nación de naciones para subirse al tren de otra entelequia igualmente nefasta: un Frente Popular en la España indivisa. Lo cual demuestra hasta qué punto quienes posaban de moderados pueden perder el oremus cuando descubren que han sido comparsas de unos embaucadores y optan por serlo de otros no menos peligrosos. Alucina Juan-José López Burniol (LV, 20/12):

El próximo año 2015 puede tener lugar en España una auténtica revolución democrática, si -insisto- se da a estas palabras el significado antes dicho de sustitución de un núcleo dirigente -el Partido Popular- por otro -una coalición de partidos de izquierda- dotado de una muy distinta escala de prioridades. Dada la situación de bloqueo en que nos hallamos, resulta casi inevitable. Al fin y al cabo, la esencia última de la democracia es poder echar al que manda.

El trueque del secesionismo y sus ramificaciones por el frentepopulismo refleja la escasa consistencia de los devaneos ideológicos con que nos entretienen estos formadores de opinión. Saltan de una superchería a otra sin explicar los motivos de su desengaño, dejando en la inopia a aquellos a quienes adoctrinaron con falacias.

Todavía esperamos que Josep Ramoneda, experto en hurgar las entrañas presuntamente corruptas y autoritarias del sistema, contrastándolas con las iniciativas innovadoras y depuradoras de los secesionistas y de los chicos de Podemos, arroje un poco de luz sobre los motivos por los que convergentes, republicanos y asambleístas andan a la greña y se destripan unos a otros sin misericordia, y nos revele de paso cómo repercutiría ese cainismo estrambótico en las instituciones y en los servicios sociales de una Cataluña independiente. Él se pregunta "¿Por qué callan los católicos?" (El País. 21/12), refiriéndose a los escándalos de pederastia en la Iglesia, y muchos nos preguntamos "¿Por qué calla Ramoneda?", cuando tendría tanto que desvelar acerca del maltrato que los apóstoles del secesionismo dispensan a los prosélitos que comulgaron con sus bienaventuranzas.

Disputas tabernarias

Este es el quid de la cuestión. Los ideólogos, los propagandistas y los líderes del secesionismo, subyugaron con sus falsas promesas a una tercera parte de los ciudadanos de Cataluña -no a la mayoría, pero sí a muchos-; los arrastraron a manifestaciones; les inculcaron falsas ilusiones y odios malsanos; los estimularon para que se enfrentaran con familiares, amigos, socios, clientes y proveedores; les desfiguraron su cultura; y los engañaron acerca de su porvenir económico, ocultándoles que se estaban autoexcluyendo de la Unión Europea. En síntesis: los despreciaron olímpicamente al tratarlos como borregos.

Hoy, esos mismos ciudadanos comprueban que los salvapatrias los utilizaban para organizar una factoría de usufructo familiar y asisten atónitos a las disputas tabernarias entre los candidatos a explotar el negocio. Incluso el veterano lavador de cerebros Francesc-Marc Álvaro se escandaliza al ver la torpeza con que sus correligionarios dejan al descubierto la naturaleza intrínseca del esperpento y los amonesta (LV, 22/12):

La buena gente que se ha puesto camisetas amarillas y rojas y ha hecho todas las performances que se le han propuesto, ahora no entiende qué pasa entre Mas y Junqueras. Hay un cierto desfibramiento del personal, para decirlo con una palabra cara a Pla. Desfibramiento al cual debe contribuir la última encuesta del CEO (retrocede un poco el independentismo), las ansiedades que provoca Podemos y las discrepancias en el interior de la ANC, que corrige su mensaje después de abonar la lista unitaria y ahora dice querer quedar al margen del debate sobre el tipo de candidatura que conviene más a la victoria del soberanismo.

Hay algo, sin embargo, que aún debería servir de consuelo a los secesionistas y es que la buena gente, a la que ellos movilizaron como si de un rebaño se tratara, humillándola, para así poder seguir viviendo del cuento, permanezca en silencio, abrumada por el desengaño, y no los estigmatice en clamorosas cadenas humanas y formando en un cruce de avenidas una multitudinaria V de ¡Vergüenza!

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