Pantomimas para el rebaño

Eduardo Goligorsky

El desarrollo de los acontecimientos políticos demuestra que tanto los jerarcas de las diversas fracciones que componen el movimiento secesionista catalán como los de las confluencias populistas y radicales antisistema comparten el desprecio por los ciudadanos englobados en la sociedad española, a los que rebajan a la condición de rebaño. Un rebaño que es posible arrear con mensajes demagógicos y pantomimas espectaculares. Una de estas pantomimas ha sido la oferta de acoger unilateralmente en Cataluña a 1.800 refugiados y a 4.500 en el futuro, sin consultar al Gobierno de España ni coordinar con él las actuaciones indispensables.

Despejar equívocos

El comité mixto para la acogida de refugiados se reunió en el Palau de Pedralbes y "dijo basta" (LV, 31/3). Concurrieron cuatro consellers y otros altos cargos del Govern, representantes de las cuatro diputaciones catalanas y de entidades que trabajan con los demandantes de asilo y, por supuesto, la alcaldesa Ada Colau, que amenazó con llevar al Estado español ante la justicia por su desidia. El presidente de la Generalitat transmitió estas preocupaciones e iniciativas a la Comisión Europea, cuyo comisario de Inmigración, el griego Dimitri Avranopoulos, envió una carta a las autoridades españolas valorando la oferta catalana. El catedrático Francesc Granell despejó los equívocos creados en torno a dicha carta ("La carta de Bruselas", LV, 23/4):

El problema no está, pues, en haber recibido tal carta, sino en el significado de reconocimiento internacional de Catalunya que han querido ver algunos observadores independentistas, después del desengaño por la falta de respuesta a las cartas políticas que envió Artur Mas con el objetivo de recibir alguna respuesta que dejara columbrar que se reconocía a Catalunya como actor internacional.

1La realidad dista mucho de tal interpretación, pues la carta de Avranopoulos habla de la responsabilidad y solidaridad hacia el tema de los refugiados que deben mostrar todos los "niveles de gobernanza", refiriéndose claramente a las obligaciones asumidas por los Estados miembros de la UE y calificando a Catalunya como región, algo que no gusta a quienes no son capaces de reconocer que Catalunya es para la Unión Europea, simplemente, una de las 273 regiones estadísticas europeas.

(…)

Internacionalmente no somos más de lo que ya éramos en tiempos de Pujol. (…) Confiar el reconocimiento de la independencia al reconocimiento internacional es, queramos o no, pura utopía.

Bomba de relojería

Está claro que las decisiones sobre acogida de refugiados no forman parte de las competencias de los Gobiernos regionales, entre otras muchas razones porque éstos carecen de los gigantescos aparatos de seguridad e inteligencia que, en las circunstancias actuales, operan como barreras contra la infiltración de terroristas. El libre tránsito de grandes contingentes humanos puede convertirse en una bomba de relojería en el seno de las sociedades receptoras.

"Los yihadistas sólo raras veces se camuflan entre los refugiados", informa el experto Eduardo Martín de Pozuelo (LV, 24/4). Pero esas raras veces existen y se traducen en atentados devastadores contra los cuales nada pueden hacer las fuerzas de seguridad municipales y regionales, cada día más desprovistas de medios para combatir el delito y hostigadas, además, por los partidos antisistema: "Interior frena la compra de pistolas eléctricas ante la presión de la CUP" (LV, 18/2). Una vez más es el Gobierno central, reconocido por sus pares del mundo libre y aliado con ellos, el único que está en condiciones de frenar la ofensiva del yihadismo y de las mafias internacionales.

La pantomima cuenta con la aprobación del ala intelectual del buenismo. "Bienvenidos sean los refugiados", se regocija Guillermo de la Dehesa (El País, 23/3) tras hacer un exhaustivo cálculo demográfico sobre la escasez de mano de obra que padecerá Europa, con la consabida referencia aleccionadora a la emigración española de mediados del siglo pasado. Brillan por su ausencia, empero, datos sobre el clima de confrontación intercultural e interreligiosa en que se desarrollan las migraciones actuales, así como sobre su carácter masivo e incontrolable.

Artillería pesada

El que sí aborda el tema de la seguridad, para desdeñarla y para descargar, desagradecido, su artillería pesada contra quienes nos protegen y lo protegen también a él, es Josep Ramoneda ("Salvar la normalidad", El País, 24/3):

Sobre lo primero: ¿es posible reforzar más la seguridad de modo eficaz (no sólo efectista), sin afectar a nuestras libertades? Sobre lo segundo, ¿cómo podemos creer que los gobernantes defenderán unos valores que han puesto en almoneda en la crisis de los refugiados, asumiendo la agenda de la extrema derecha? (…) En vez de parapetarse en el discurso del miedo, hay que asumir y defender que no hay seguridad sin libertad y que, por tanto, la verdadera seguridad implica riesgo. Para decir que estamos en guerra, ya está el primer ministro francés Manuel Valls, cada vez más desquiciado.

El desquiciado no es Valls. Lo son los ayer humanistas y hoy conversos al secesionismo que colaboran con quienes se confabulan para desmembrar España y arrojar sus trozos a los pies de los bárbaros. La respuesta a la jeremiada de Ramoneda la encontramos en "Nos dan miedo y no lo damos", de Javier Marías (El País Semanal, 10/4):

No recuerdan que el Daesh ha declarado una "guerra santa" a casi todo el mundo: a los chiíes, a los yazidíes, a los judíos, a los cristianos en bloque, a los agnósticos, a los meramente demócratas y a los ateos. Sus miembros no se paran a mirar si un occidental es creyente o no, menos aun si es de derechas o izquierdas: para ellos todos somos "cruzados" y ven idénticos a Rajoy y a Pablo Iglesias (bueno, este último guarda con Aznar grandes semejanzas), a Valls y a Tsipras, a Trump y a Corbyn, a Bachelet, Maduro y Lula. Si los tuvieran a mano los decapitarían a todos sin hacer distingos y con la misma alegría. No estarán tan mal, ni serán tan criminales nuestras sociedades, si millones de desheredados y perseguidos anhelan incorporarse a ellas.

El buenismo pijo

Volvamos a la pantomima montada en Cataluña. La fachada de preocupación solidaria por el drama de los refugiados se desmorona cuando el observador comprueba que, según el editorial "Malnutrición infantil en Catalunya" (LV, 18/3/2015):

La Creu Roja advierte, en un informe hecho público ayer, que nueve de cada diez familias con hijos atendidas por este organismo tienen dificultades para acceder a los alimentos necesarios para disponer de una dieta suficiente, nutritiva y saludable, y sufren por tanto lo que se conoce en el ámbito de las entidades de ayuda social como inseguridad alimentaria. Lo más preocupante del citado informe es que el 61% de ese colectivo castigado por la pobreza no puede ofrecer a sus hijos una dieta óptima. (…) Del total de familias que tienen dificultad para acceder a alimentos, un 29,5% sufre inseguridad alimentaria leve (cuando afecta a la calidad de la dieta), un 40,7% moderada (cuando afecta también a la cantidad), y un 21,7% severa (cuando se pasa hambre).

Arturo Pérez Reverte termina de demoler la farsa del buenismo pijo en su agorero "Llegan los godos al imperio vencido" (La Nación, Buenos Aires, 18/9/2015), donde traza un paralelo entre la caída del imperio romano y la de una Europa autosatisfecha:

Eso nos mete en el cogollo del asunto: la instalación de los godos, cuando son demasiados, en el interior del imperio. Los conflictos derivados de su presencia. Los derechos que adquieren o deben adquirir, y que es lógico y justo disfruten. Pero ni en el imperio romano ni en la actual Europa hubo o hay para todos: ni trabajo, ni comida, ni hospitales, ni espacios confortables. Además, incluso para las buenas conciencias, no es igual compadecerse de un refugiado en la frontera, de una madre con su hijo cruzando una alambrada o ahogándose en el mar, que verlos instalados en una chabola junto a la propia casa, el jardín, el campo de golf, trampeando a veces para sobrevivir en una sociedad donde las hadas madrinas tienen rota la varita mágica y arrugado el cucurucho. Donde no todos, y cada vez menos, podemos conseguir lo que ambicionamos. Y claro. Hay barriadas, ciudades que se van convirtiendo en polvorines con mecha retardada. De vez en cuando arderán, porque eso también es históricamente inevitable. Y más en una Europa donde las élites intelectuales desaparecen, sofocadas por la mediocridad, y políticos analfabetos y populistas de todo signo, según sopla, copan el poder.

Aquí, los mismos que hacen la pantomima de ofrecer acogida a los refugiados sabiendo que es un brindis al sol, pues carecen de competencias para ello, hacen otras pantomimas, igualmente vanas, para desconectarse de su país y para convencer al rebaño de que los compatriotas que vienen de regiones hermanas para radicarse en el solar vecino son sigilosos colonizadores. Ahora, los embaucadores que se adueñaron de la buena gente como si de un rebaño infantilizado se tratara pretenden sublevarla contra sus conciudadanos sacando de la chistera fábulas mitológicas sobre "dragones feroces". Hablando de fábulas, ¿no serán ellos, los embaucadores, el hombre del saco?

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