Nuestro sutil totalitarismo

Eduardo Goligorsky

Hace mucho tiempo adopté un patrón de medida para resolver si en determinada sociedad impera realmente un régimen de libertades. El sistema consiste en preguntarme si en dicha sociedad puede desarrollarse normalmente, sin trabas ni hostigamientos, la comunidad religiosa de los amish, cuya forma de vida se ha estabilizado en el siglo XVII, de espaldas a los avances técnicos y científicos, con carruajes y vestimentas de aquella época. La película Único testigo (Witness, 1985), dirigida por Peter Weir, con Harrison Ford como protagonista, transcurre en una aldea amish y refleja su ambiente y costumbres anacrónicos. Aplicando esta prueba del algodón, llego al corolario de que la sociedad que goza del desiderátum de libertad es la estadounidense. Allí es donde se radicaron y prosperaron los amish al emigrar de Europa.

Mi admiración por la sociedad que los acogió no es producto de una especial afinidad con los amish. Todo lo contrario. Mi racionalismo me sitúa en las antípodas de sus creencias religiosas y de su hostilidad al progreso técnico y científico. Precisamente porque discrepo con ellos y rechazo sus extravagancias arcaizantes, mis convicciones liberales me imponen el deber de sentirme identificado con el país que les dio refugio. En esto consiste el liberalismo: en proteger el derecho a opinar y actuar de quienes sustentan ideas opuestas a las nuestras… siempre que no sean criminales, subversivos ni terroristas. Somos liberales, no estúpidos.

Rancio ideario utópico

Vayamos ahora a la pregunta del millón: ¿podría establecerse en la Cataluña de las obsesiones identitarias gente tan rara como la que aparece en la película de Harrison Ford y en las imágenes de Google? Me temo que la respuesta sea un no rotundo. Y el motivo por el que abordo este tema y saco esta conclusión negativa se encuentra en la lectura de la Ley para la Igualdad Efectiva entre Mujeres y Hombres que aprobó el Parlamento de Cataluña "con la fuerza del consenso mayoritario de los grupos parlamentarios" (LV, 9/7). Una ley que retrata los tics de nuestro sutil totalitarismo.

El título de la ley la hace acreedora al consenso de la mayoría que la aprobó y de todo ciudadano comprometido con los ideales de la Ilustración. Su contenido es lo que la convierte en un instrumento para el control planificado de la conducta humana y para la implantación de comportamientos disciplinados y estereotipados en el marco de una sociedad totalitaria. O sea, para la gestación del hombre nuevo (y de la mujer nueva, para conservar la equidad) que figuraba en el rancio ideario utópico de todas las dictaduras de izquierda y derecha. La naturaleza obsoleta de esta ley queda al descubierto al verificar que se centra en el hombre y la mujer, cuando, si la hubieran actualizado y adaptado a los cánones de la corrección política de matriz progre –pero no menos totalitaria–, debería haber dedicado frondosos artículos a los derechos del colectivo de lesbianas, gays, transexuales y bisexuales.

Fantasías morbosas

Ceñida a los apolillados modelos soviéticos, chinos, cubanos, nazis y fascistas, la ley se entromete en los hogares para estipular cómo deben repartirse los cónyuges las tareas domésticas. No hay margen para las diferencias vocacionales y las tendencias atípicas. Esto, en una sociedad donde los estereotipos están en crisis, como lo demuestran, precisamente, las iniciativas del colectivo LGTB, choca con la realidad.

No contemplan los legisladores el hecho de que existen mujeres que abjuran del cristianismo para someterse voluntariamente al régimen patriarcal de la religión musulmana, burka incluido. Tampoco se enteran de que millones de mujeres se evaden de la rutina cotidiana abrazándose a las fantasías morbosas de las Cincuenta sombras de Grey. O que, sencillamente, otros millones piensan que encontrarán la felicidad reproduciendo el modelo tradicional de familia que conocieron en el hogar de sus padres y abuelos ¿Quién será el inquisidor que obligará a estas insumisas transgresoras de la ley a retomar la recta senda de la igualdad? Un inquisidor que también deberá cazar a los hombres que no aspiran a ser superiores ni iguales, sino que buscan en el espacio cibernético amas que los dominen, humillen y martiricen porque su instinto los empuja a disfrutar en el papel de siervos.

Sin necesidad de entrar en el terreno del fanatismo religioso o de la extravagancia sexual, la versatilidad de la naturaleza humana es un factor que enriquece a la sociedad y que sobrevive a todos los esfuerzos de los codificadores totalitarios por mutilarla y ponerla al servicio de sus fobias y caprichos.

Neopuritanismo feminista

La ley de marras está contaminada, faltaría más, por el neopuritanismo feminista. Este fue el título de un artículo que publiqué cuando todavía era colaborador asiduo de La Vanguardia (6/6/1990). Ya entonces advertía:

El talante ascético del ultrafeminismo saturado de fobias contra el hedonismo y el coqueteo informal roza, además, los límites de la parodia chusca cuando el departamento de la mujer de la UGT denuncia que "el 84 por ciento de las trabajadoras es objeto de acosos sexuales leves (piropos, alusiones eróticas y silbidos no deseados), y un 55 por ciento se siente afectada cuando se trata de acoso moderado (miradas lascivas, gestos insinuantes)". La pretensión de medir lascivias, insinuaciones, erotismo y silbidos retrotrae al catecismo del padre Ripalda y a la moralina que impregnaba los prototipos sexuales del cine bolchevique.

La Ley para la Igualdad que me ha inspirado estas reflexiones forma parte del arsenal de lo políticamente correcto con que cubre sus vergüenzas nuestro sutil totalitarismo. Pocos años después de la aparición de aquel artículo mío Javier Cercas descargó su propia andanada contra esta lacra cuando algunas feministas lo tildaron de "machista" y "sexista". Respondió Cercas (El País, 9/4/1994):

Lo grave del asunto es que cuando unas sociedades laicas y supuestamente democráticas parecían haberse zafado de semejantes cantinelas y habían alcanzado un grado de libertad como no se había conocido -al menos libertad formal- se amenace con un nuevo reglamento o código moralizante. A los efectos que hoy me interesan, no importa en absoluto cuáles sean los contenidos de dicho reglamento, que ya afecta a la opinión y al habla: no importa que parezcan razonables o justos a muchos, protectores y educativos, que busquen el bien común o el respeto hacia las personas. Eso han afirmado buscarlo todos los códigos, todos han parecido justos y razonables a quienes los establecían y defendían, tanto que, además, solían querer imponerlos. El actual, tan entusiásticamente dado a la prohibición y la queja, ya va queriendo imponerse. Lo increíble es, en suma, que pueda prosperar otra vez un tipo de credo ante cuya desviación o contradicción se pueda exclamar con el dedo extendido: "¡Políticamente incorrecto!", de la misma o parecida manera que hace no demasiado tiempo se gritaba: "¡Anatema!" o “¡Antiespañol!”, puestos al caso. En esta época desmemoriada y que pensando tan poco quiere pensar por todos, no sé si recuerdan las consecuencias de aquellos gritos.

La venganza de los mediocres

Los legisladores infectados por el virus de lo políticamente correcto no se conformaron con violar el derecho a la privacidad usurpando el papel de árbitros en el espacio doméstico. Comportándose como el proverbial elefante en la cacharrería, irrumpieron en el mundo empresarial con normas encaminadas a adjudicar cargos directivos por cuotas de discriminación positiva. Esta es la eterna venganza de los mediocres contra la meritocracia, que sólo sirve para poner en tela de juicio los auténticos valores de las cada vez más numerosas mujeres que ascienden a puestos de máxima responsabilidad en la empresa y en la política, equiparándose a los hombres por sus aciertos. Y por sus errores.

Un detalle que hay que tomar en cuenta a la hora de medir la vocación liberal: el (o la) editorialista de La Vanguardia (10/7) reclama mayor contundencia y menos sutileza a esta legislación totalitaria:

Por supuesto que una cosa es legislar y otra la realidad social, que adolece todavía de una clamorosa discriminación de género, producto de una tradición más que secular. En este sentido, en la ley aprobada existe un exceso de confianza en la buena voluntad de las personas y se echa en falta una mayor concreción en aspectos en que el legislador debería haber sido más contundente y explícito. (…) La norma aprobada es un paso adelante, pero queda mucho margen para seguir avanzando en el marco de lo cotidiano para una transformación social, económica, cultural y jurídica en el papel de la mujer en la sociedad. Un reto en el que se halla empeñada una buena parte de la sociedad, pero que choca con enraizados prejuicios que es de toda justicia eliminar si lo que se pretende es una sociedad justa y no discriminatoria.

¡Cuantas cosas hay que eliminar, a juicio del (o de la) editorialista, para engendrar el hombre nuevo y la mujer nueva! ¿Cómo será el lecho de Procusto donde se lo acostará para amputarle las rémoras defectuosas? ¿Azotes? ¿Lobotomía? ¿Lapidación? ¿Paredón? Lo único seguro es que la prueba del algodón mide correctamente el grado de libertad: los amish tendrán que permanecer en Estados Unidos porque aquí no toleramos a los distintos. Benditos Estados Unidos donde todo ciudadano que no sea un criminal, un subversivo o un terrorista, puede recitar el viejo proverbio inglés:

A man's home is his castle (el hogar del hombre es su castillo).

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