Nuestra base en Guantánamo

Eduardo Goligorsky

El historiador comunista –más comunista que historiador– Josep Fontana, el mismo que presidió el simposio de difamaciones belicosas de los secesionistas catalanes contra España, ha publicado un artículo ("Presons, drets humans i mitjans de comunicació", lalamentable.com, 25/3) en el que despotrica contra el periodista que, durante la conferencia de prensa con el presidente Obama en La Habana, preguntó a Raúl Castro cuántos presos políticos hay en Cuba.

Nostálgico del Gulag

Según el comunista historiador, lo correcto habría sido interpelar a Obama por el limbo jurídico en el que se encuentran los terroristas –comprobados o sospechosos– que están recluidos en Guantánamo. Como buen comunista nostálgico del Gulag, Fontana se desentiende de los presos políticos de la dictadura castrista (entre 47 y 80, según diversas organizaciones cubanas de defensa de los derechos humanos), así como los diputados de IU, ERC y En Comú vociferaron contra la Ley de Amnistía para los presos políticos de la dictadura chavista (El País, 19/3). El nuevo lema de los zorros rojizos o morados que se infiltraron en el gallinero de la democracia es: "Totalitarios del mundo, uníos".

El enclave de Guantánamo fue conquistado por Estados Unidos en 1898, durante la guerra con Cuba, y en 1903 los triunfadores impusieron a los vencidos un contrato de arrendamiento que aún perdura. Nada digno de elogio, por cierto, pero así es como se han trazado muchas fronteras geoestratégicas desde la antigüedad hasta nuestros días. Y el corolario es que hoy la base de Guantánamo forma parte del sistema defensivo del mundo libre en el que España está implicada y por lo tanto es nuestra base, hermanada a las de Morón y Rota.

Recorte de libertades

En el 2002, como consecuencia del ataque contra las Torres Gemelas y del estallido de la guerra contra el yihadismo, Estados Unidos montó en esa base un centro de detención para terroristas probados o sospechosos que, en esas circunstancias excepcionales, debían quedar al margen del sistema legal que protege a sus propios ciudadanos y a los residentes en su territorio. El recorte de libertades en caso de guerra tiene precedentes en Estados Unidos y, aunque todos ellos fueron severamente criticados a posteriori, garantizaron la invulnerabilidad de la sociedad en el momento de su aplicación.

Basta recordar lo que sucedió después de que la aviación japonesa atacara Pearl Harbor el 7 de diciembre de 1941. El 19 de febrero de 1942, el presidente Franklin D. Roosevelt firmó el decreto-ley 9.066 por el que 110.000 japoneses e hijos de japoneses que habitaban en el territorio continental de Estados Unidos fueron confinados en lugares remotos de los estados montañosos. Aproximadamente el 30 por ciento eran issei, o japoneses nativos, pero el 70 por ciento eran nisei, o hijos de japoneses nacidos en Estados Unidos y por lo tanto ciudadanos de ese país, con una edad promedio de 18 años. Roosevelt definió textualmente esos lugares como "campos de concentración", aunque el lenguaje oficial los transformó en "centros de recepción". Según un artículo muy posterior de The Economist, "en la práctica los internados perdieron casi todos sus bienes y a menudo recibieron brutales palizas de los guardias".

Igualmente, Europa se benefició, también entonces, de la solidez del frente interno estadounidense. Fue en Europa y en Asia, no en Estados Unidos, donde nacieron, prosperaron y encontraron mayor respaldo popular e intelectual los peores totalitarismos del siglo XX.

Estado de guerra

El recorte de libertades es inseparable del estado de guerra. Estado de guerra, ahora contra el yihadismo, que sólo los émulos del pactista de Múnich, Neville Chamberlain, ponen en duda. Barbara Probst Solomon, cuya trayectoria progresista está fuera de toda sospecha, defendió las primeras medidas adoptadas contra el terrorismo yihadista evocando las experiencias pasadas ("El poder de las palabras", El País, 21/10/2001):

El recuerdo de mi infancia durante la Segunda Guerra Mundial es que nos impusieron muchas restricciones. Las cartas de los soldados llegaban censuradas a casa para que no se divulgara información militar. La prensa no se quejó porque Roosevelt no le informara con antelación del desembarco en Normandía, ni tampoco nos transmitían propaganda de Goebbels. (…) Una parte enorme del éxito inicial de Hitler se debió a la máquina de propaganda bélica de Goebbels: un hecho que frecuentemente pasan por alto los historiadores que prefieren hablar de las batallas militares. La razón de que Francia fuera tan dura con los escritores colaboracionistas tras la liberación es que no eran escritores que simplemente estuvieran expresando su opinión. Eran escritores a sueldo de la Oficina Alemana de Propaganda (la Quinta Columna) y contribuyeron a desestabilizar sus gobiernos antes de que llegaran las tropas alemanas.

Pero ¿qué sucede ahora? Los espías que mejor sirven al enemigo saboteando nuestro sistema de defensa se han convertido en los apóstoles de una élite descerebrada: Julian Assange, huésped del chavista Rafael Correa, y Edward Snowden, asilado en Rusia como antes lo estuvieron los traidores Guy Burgess, David MacLean y Kim Philby.

Sin contar la impunidad de que disfruta Apple cuando se niega a desencriptar el iPhone del terrorista de San Bernardino, obstrucción aberrante y deliberada de los mecanismos de seguridad que, faltaría más, cuenta con el aval de esa misma élite descerebrada.

Fernando Savater demuele el argumentario falaz de los frívolos que ponen más énfasis en denunciar la peligrosidad de un Estado protector que en asumir la realidad palpitante del terrorismo asesino en plena beligerancia contra nuestra civilización ("Las torres gemelas", El País, 27/3):

Si tal espionaje logra prevenir atentados y detener criminales no me quejaré. Me siento mucho más amenazado por ellos, los incontrolables y agresivos, que por las fuerzas de seguridad a las que pago con mis impuestos y puedo mejor o peor reglamentar con medidas legales aprobadas por nuestros representantes elegidos democráticamente.

La isla de los suicidios

Volvamos –es un decir– a nuestra base en Guantánamo. El presidente Barack Obama se ha encaprichado en desmontar la prisión antes de terminar su mandato. De los 779 detenidos inicialmente quedan 91. Otros 678 fueron liberados o extraditados, uno fue enviado a la justicia de Estados Unidos y 9 fallecieron, 6 de ellos por suicidio.

Los fingidos defensores de los derechos humanos se muestran escandalizados por estos suicidios, pero ocultan que del otro lado de la valla, en la Cuba de los dictadores Castro, han sido muchos los jerarcas y favoritos del régimen que, desencantados, se han quitado la vida. Carlos Franqui citó los casos más sobresalientes en una etapa todavía temprana de la revolución (Vida, aventuras y desastres de un hombre llamado Castro, Planeta, 1988): en 1959 el comandante Félix Peña, y le siguieron los comandantes Eddy Suñol y Alberto Mora; Nilsa Espín, cuñada de Raúl Castro; el expresidente Osvaldo Dorticós; la heroína Haydée Santamaría; la hermana y la hija de Salvador Allende, exiliadas en Cuba; y muchos más. Cuba es la isla de los suicidios, con la tasa más elevada de América Latina: 16,3 por cada 100.000 habitantes (Infobae, 24/10/2014).

Terroristas incorregibles

Los hechos comprobados terminarán de desbaratar el capricho peregrino de Obama: según datos de la Dirección Nacional de Inteligencia de Estados Unidos, el 17,3% de los liberados de Guantánamo ha reincidido en actos de terrorismo (Infobae, 8/10/2014).

Para verificarlo basta cotejar dos noticias que la prensa publicó en un mismo día, en distintas páginas, la primera fechada en Nueva York y la segunda en Madrid (LV, 24/2):

  • Último cartucho para Guantánamo - Obama apela al coste para convencer a los republicanos de cerrar la cárcel.

  • Desarticulada una red yihadista cuyo líder estuvo preso en Guantánamo.

El instinto de supervivencia nos dice que la base de Guantánamo debe permanecer en poder de Estados Unidos porque forma parte de nuestro sistema de defensa y que la prisión debe continuar funcionando para la internación de los terroristas incorregibles.

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