No se elige un dictador, estúpido

Eduardo Goligorsky

Los debates que se celebraron en el Congreso de los Diputados durante las sesiones de investidura podrían crear la peligrosa impresión de que no se busca elegir al presidente del Gobierno de una monarquía parlamentaria, como establece la Constitución, sino al dictador absoluto de una república bananera. Los candidatos y los portavoces de los partidos hablaban como si el escogido pudiera concentrar en su persona, por el hecho de instalarse en la Moncloa, todo el poder necesario para resolver, por sí solo, los infinitos problemas del país. Aunque la distribución de escaños demuestra que los pactos serán indispensables para aprobar cualquier ley, por intrascendente que sea, cada orador daba a entender que, puesto que su programa era la panacea que España necesitaba, bastaría votar su investidura o la de su favorito para que el milagro se convirtiera en realidad. Los resultados de las votaciones frustraron los ensueños de los aprendices de déspota, pero no terminaron de aleccionar a sus tenaces corifeos. La búsqueda del taumaturgo salvador continúa. Habrá que bajarles los humos.

Desobediencia flagrante

¿Mariano Rajoy dictador? El oxímoron arranca una carcajada. Ni siquiera con mayoría absoluta atinó a imponer un cambio radical de la sociedad española mediante iniciativas autoritarias. Bastó que su ministro de Educación propusiera algo tan razonable como la enseñanza de la historia, la geografía y la lengua comunes de los españoles en todo el territorio de su país para que los talibanes etnocéntricos lo presentaran como un émulo del franquismo. Y los antisistema y sus compañeros de viaje bautizaron como Ley Mordaza las medidas encaminadas a reprimir el vandalismo y los ataques a la convivencia pacífica de los ciudadanos. En uno y otro caso, y en muchos otros de desobediencia flagrante, entre los que sobresale el de los golpistas catalanes, los transgresores siguen tan panchos.

Rajoy no era ni es candidato a dictador sino a presidente del Gobierno. Un presidente del Gobierno que, dada la composición de las Cortes, no podrá cometer abusos. El notario Juan José López Burniol, nada sospechoso de alimentar simpatías por el PP, lo sintetiza con precisión profesional ("El secuestro", LV, 3/9):

Si uno de los partidos obtiene mayoría absoluta, forma gobierno; si ninguno lo logra, todos han de intentar, primero, llegar a un pacto de gobierno o de simple investidura y, en caso de que esto no sea posible, ha de gobernar el partido más votado. Existe, por consiguiente, una obligación general compartida por todos los partidos de facilitar la gobernabilidad del Estado, lo que no implica que tengan que votar a favor de una propuesta programática que no es la suya y que puede estar muy alejada, e incluso enfrentada, a sus principios, sino que sólo comporta la necesidad de abstenerse cuando no se dispone de una alternativa con opciones de triunfo. Lo que ningún partido puede, en nombre de nada, es ni comer ni dejar comer.

Y Albert Rivera, el dirigente político que se está comportando con más racionalidad y sentido de Estado, intentó convertir en realidad este desiderátum. En vano. Pedro Sánchez se empeña en transformar el PSOE en el perro del hortelano. ¿Acaso Pedro Sánchez espera acumular poderes suficientes para operar el cambio que, a su juicio, necesita España?

Mohos tóxicos

¿Pedro Sánchez dictador? El pobre mindundi ni siquiera consigue poner orden en su partido, una especie de queso untuoso donde fermentan los mohos más diversos, incluidos algunos tóxicos. Sobre todo uno, el PSC, saturado de cepas espurias que nada tienen que ver con la original, arraigada en el histórico socialismo español. En su interior, los trepadores nacionalistas atentos a los guiños del secesionismo se alternan con los aventureros populistas predispuestos al contubernio con el colaupodemismo. Dos corrientes aparentemente distintas que las circunstancias pueden hacer converger en un tótum revolútum favorable al Catexit, en perjuicio de la sociedad catalana, emprendedora y cosmopolita. Abducido por estos tránsfugas de la franquicia putativa de su propio partido, el pardillo tiene la desfachatez de acusar a Rajoy de "recentralizador" (LV, 1/9).

Sánchez confía en que un pacto entre las que él llama "las fuerzas del cambio" lo acercará a la codiciada Moncloa. ¿Es borde o cree que lo son sus socios potenciales? Sabe que si consiguió inicialmente un pacto con Ciudadanos sólo fue porque el paso siguiente debía ser un acuerdo entre los tres partidos constitucionalistas en aras de la gobernabilidad. El proyecto fracasó. Pero Ciudadanos nunca sumará sus escaños a los de quienes interpretan el cambio como la vía para una ruptura institucional y social. Y "las fuerzas del cambio" a las que alude Sánchez son, si quiere sumar una mayoría, las del chavismo y el secesionismo. Unidos Podemos, ERC y la ex CDC, hoy sin marca registrada, no se recatan al ofrecerle su complicidad. ¿Para que Sánchez gobierne y ponga en marcha el cambio con mano dura y contra una oposición acojonada?

Bolcheviques, fascistas, nazis

¡No se elige un dictador, estúpido! Los dictadores, estúpido, los entronizan las minorías totalitarias utilizando como caballo de Troya a los políticos cuya soberbia los lleva a cavar su propia tumba. La historia es pródiga en ejemplos.

El 7 de noviembre de 1917, los 300 diputados bolcheviques, en minoría entre el total de 670 presentes en el Congreso de los Sóviets, asaltaron el poder, que monopolizaron ferozmente hasta el derrumbe del imperio soviético.

Los Fasci Italiani di Combattimento, fundados en Milán en marzo de 1919 por un puñado de nacionalsindicalistas y grupos de obreros de Milán y la Liguria encabezados por los socialistas (así se denominaban entonces) de Benito Mussolini, no obtuvieron ni un solo diputado en las elecciones de ese año. Explica Stanley G. Paine (El fascismo, Altaya, 1996):

Aunque el Partido Fascista era la única fuerza nacional nueva y amplia, y aunque aspiraba a movilizar a las masas, con algún apoyo obrero y campesino, nunca obtuvo más del 15%, aproximadamente, del voto popular en elecciones limpias. Es cierto que probablemente el movimiento alcanzó el apogeo de popularidad en 1922-1923, y adquirió mucha más fuerza que en el momento de las elecciones de 1921; sin embargo, nunca tuvo ninguna posibilidad de convertirse en el partido mayoritario de la política italiana. (…) Por eso no pudo Mussolini convertirse en primer ministro más que como jefe de una coalición parlamentaria típicamente italiana, no como jefe del fascismo únicamente.

El fascismo oprimió Italia hasta que el 28 de abril de 1945 Benito Mussolini fue fusilado "como un perro rabioso" (Sandro Pertini dixit).

También los nazis eran minoría. En noviembre de 1932, el Partido Nacional Socialista de los Trabajadores Alemanes, conocido como Partido Nazi, obtuvo el 37% de los votos y 288 escaños sobre un total de 647. Mediante pactos con algunos de sus antiguos adversarios consiguió que el 30 de enero de 1933 el senil presidente Paul von Hindenburg designara canciller de Alemania a Adolf Hitler. Pocos días después, tras el incendio del Reichstag, perpetrado por un deficiente mental, Hitler dictó el Decreto de Emergencia para la Protección del Pueblo y el Estado y ordenó la detención masiva de socialistas y comunistas. Los 81 diputados comunistas fueron expulsados del Parlamento, el Partido Nazi concertó nuevas alianzas con conservadores y católicos, otros partidos opositores se disolvieron espontánea o forzadamente y el 23 de marzo se aprobó, por 441 votos contra 84 de los socialdemócratas, la Ley de Autorización, que otorgaba a Hitler la facultad de gobernar por decreto. El 14 de julio se aprobó la Ley de Partido Único, que era, lógicamente, el Partido Nazi. Los aliados dijeron la última palabra en los juicios de Nuremberg.

Los dictadores no son elegidos, claro que no, pero quienes ambicionan serlo siempre encuentran colaboradores estólidos que les entregan las llaves del poder. Pablo Iglesias te llama para hablar del cambio, Pedro.

Despejar un intríngulis

Volvemos al futuro debate de investidura, que se celebrará –o no– en fecha incierta. Si el desnortado Sánchez insiste en coaligarse con "las fuerzas de cambio", habrá que despejar, antes de cualquier votación, un intríngulis de primera magnitud. Hay en el Congreso partidos políticos en cuyos programas figura, como objetivo paradigmático, la ruptura con el país cuyo presidente del Gobierno se va a elegir. Los portavoces de dichos partidos proclaman sin eufemismos que sólo votarán a quien facilite ese desenlace.

¿Es razonable que los votos de los diputados que prometen destruir el país puedan influir en el resultado de una consulta encaminada a encontrar el gobernante encargado de garantizar la convivencia y el progreso? ¿Se imaginan al ayatolá Alí Jamenei votando en el cónclave donde se elige el Papa? ¿O a Tejero votando la investidura de Calvo Sotelo cuando entró en el Congreso el 23-F blandiendo una pistola?

La CUP, a pesar de sus delirios, dio una lección de moral ciudadana a los arribistas de Junts pel Sí cuando se negó a participar en las elecciones de un país que no considera suyo y del que proclama su voluntad de separarse. Sería bueno que los partidos constitucionalistas acuerden, de una vez por todas, las vías para que España recupere la normalidad institucional sin la intromisión de las minorías totalitarias que quieren verla rota o prisionera de la dictadura –¡esta sí que sería una dictadura!– chavipodemita.

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