No me arrepiento

Eduardo Goligorsky

Tras la derogación de la Doctrina Parot, salen en libertad contingentes de asesinos y violadores. Los más numerosos y recalcitrantes son los terroristas de ETA, a los que la fracción cainita de la sociedad española -no sólo de la vasca- recibe con los brazos abiertos y organizándose para recoger los frutos que (Xabier Arzalluz dixit) hicieron caer del árbol los golpes de los violentos. Ellos no se arrepienten. Tampoco yo me arrepiento de lo que escribí en un artículo titulado "Las leyes elásticas" que apareció en La Vanguardia el 22 de enero de 1995, cuando arreciaba el escándalo de los GAL y José María Aznar, a quien yo no tardaría en votar no una sino dos veces, sellaba una alianza contra natura con el leninista impenitente Julio Anguita para dar caza al misterioso Señor X, presuntamente instalado en La Moncloa. Eso sí, Manuel Fraga Iribarne, que ya no necesitaba ceñirse a la doble moral de la corrección política, contradijo a su delfín y, anticipándose a la guerra antiterrorista y a los drones de los presidentes Bush y Obama, lanzó la famosa frase: "El mejor etarra es el etarra muerto".

Como no me arrepiento de lo que escribí entonces, y más bien creo que lo que está sucediendo lo actualiza, rescato aquí el texto íntegro de aquel artículo premonitorio, que hoy sólo sometería a correcciones menores:

Las leyes elásticas

Se cuenta que J. Edgar Hoover, temido jefe del FBI durante casi medio siglo, ocultaba, tras su máscara de feroz puritano, otra vida, con amores homosexuales y veleidades de travesti. Para eternizarse en su cargo, este hipócrita extorsionó a presidentes y negoció con mafiosos. Pero Estados Unidos continuó siendo la primera potencia del mundo. Los servicios de inteligencia británicos acribillaron a presuntos terroristas que se hallaban desarmados y en jurisdicción ajena. Sin embargo, tampoco eran infalibles: un clan de comunistas gays se infiltró en su cúpula. Los barbouzes franceses se valieron de la mafia marsellesa para diezmar la OAS y dinamitaron, sin ayuda de terceros, el barco con que Greenpeace se proponía obstaculizar sus pruebas nucleares. En fin, incluso los menos suspicaces intuyeron que la mano de los servicios secretos alemanes se había colado en las sendas herméticas de varios miembros de la banda Baader-Meinhoff para facilitar su suicidio.

Los enemigos contumaces de la sociedad abierta y plural, y las ubicuas almas pías, afirman, apoyándose en estos datos, que dicha sociedad es, no obstante su apertura y pluralidad, un foco de iniquidades, y se merece, por lo tanto, las agresiones que los sediciosos traman contra ella. Para estos detractores no existen diferencias, por ejemplo, entre los GAL y la Triple A. ¡Vaya si las hay!

La Triple A fue fundada en las cloacas del gobierno peronista, en 1973, para aniquilar, al margen de la ley, a los terroristas de ultraizquierda que poco antes habían recibido la bendición del general Perón. Congregó a ministros, militares, policías, sindicalistas y pistoleros de ultraderecha, y masacró indiscriminadamente a culpables e inocentes. Eso sí, con la complicidad del versátil Perón. Luego, la dictadura de Videla completó el exterminio en las mismas condiciones de ilegalidad. Pero la Triple A no fue el brazo clandestino de un servicio de inteligencia descarriado, sino la pieza clave de una infernal maquinaria opresora. Sus equivalentes serían, más bien, la Gestapo nazi, el KGB comunista y la policía política y los delatores vecinales de la dictadura cubana. Modelo perverso, este último, con el que siguen comprometidos los savonarolas de IU-IC. Y me pregunto, de paso, ¿sería prudente permitir que un castrista interviniera en el control de los fondos reservados de un Estado democrático?

Los GAL fueron otra cosa. José Luis de Vilallonga los retrató, con singular coraje, en un artículo de la revista dominical de La Vanguardia (4/8/1991) que se titulaba, precisamente, "La chapuza":

Que el Gobierno está metido en el ajo hasta el cuello nadie lo duda. La verdad es que a nadie le importa mucho. Lo que se le reprocha al Gobierno es que la piedra dé tan pocas veces en el blanco (…) Aquí, siguiendo una vieja y entrañable tradición echamos mano de chapuceros como Amedo y Domínguez, que llevan bombas a casa de sus queridas y se juegan los fondos reservados del ministerio del Interior. Los crímenes de Estado han existido siempre y siempre existirán. Cuando están bien ejecutados nadie protesta, entre otras cosas porque nadie se entera.

Estas transgresiones deben ser investigadas por los jueces, cuando salen a luz. Sin olvidar, empero, que las leyes son elásticas.

Quienes idealizaron irresponsablemente a los asesinos del almirante Carrero Blanco, precursores de los que sembraron la muerte en Hipercor y en el resto de España, no fueron procesados por apología del delito. Tampoco se aplica la ley penal a Egin y Herri Batasuna. Y se exhorta a violarla mediante el perdón a insumisos y a etarras arrepentidos. ¿Por qué crucificar entonces a los hipotéticos responsables de una lejana operación ilegal y chapucera contra el santuario francés de ETA? Ante la posibilidad de que una bomba justiciera matase, en Argelia, a su madre, Albert Camus sentenció: "Amo la justicia, pero más amo a mi madre". Si amamos a nuestra civilización, no la entreguemos desarmada a sus enemigos atrabiliarios.

Fin de la transcripción. Si alguien aplica estas reflexiones a lo que se debería haber hecho para evitar el actual desbarajuste, dará en la tecla. Y, puesto que hemos llegado a este punto crítico, pienso que habrá que seguir reforzando la mayoría absoluta del Partido Popular, con las reservas y discrepancias propias de todo ciudadano pragmático, posibilista y libre de ataduras sectarias, para evitar males mayores en un futuro que se anuncia turbulento, con los asesinos en la calle y con un totum revolutum de variopintas facciones secesionistas y de movimientos antisistema alzados contra la convivencia civilizada y contra la sociedad abierta.

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