Neandertales en Cataluña

Eduardo Goligorsky

Albert Sánchez Piñol, el aclamado autor de la novela Victus sobre la ya muy trajinada guerra dinástica del siglo XVIII, inauguró sus colaboraciones en La Vanguardia (13/1) con un esclarecedor artículo titulado "Catalunya para neandertales". Esclarecedor porque, aunque me equivoque al buscar en su contenido segundas intenciones, lo cierto es que se puede leer como un alegato demoledor contra la política tribal del Gobierno de Cataluña, algo que pocos esperaban encontrar en el texto de un escritor mimado por los popes de la cultura oficial y en el diario donde todavía llevan la voz cantante algunos comisarios políticos del secesionismo. Reflexiona Sánchez Piñol:

Para el buen xenófobo el mundo se divide en grupos humanos estrictamente jerarquizados. En lo alto de la pirámide está el suyo, faltaría más, y en orden descendente todos los otros. Y cuanto más oscura sea la piel de alguien, más abajo acostumbra a encontrarse ese alguien en el escalafón racista. La idea de fondo es muy simple: puesto que nuestro grupo es el mejor, cualquier mezcla será perjudicial. Así pues, ¿para qué tolerar presencias patógenas?

Primitivismo chocante

El autor del artículo lo presenta como una réplica a un tuit de Josep Anglada, líder de Plataforma x Catalunya, pero fuera esa su intención o no, lo cierto es que su argumentación se aplica con igual rotundidad a la política discriminatoria de la Generalitat contra todo lo que esté asociado a España, empezando por la lengua y terminando por las instituciones. Una xenofobia muy peculiar, ya que está dirigida contra los propios compatriotas, a los que se niega la condición de tales.

La clave de la argumentación de Sánchez Piñol se encuentra en la referencia que este hace a la cultura de los palawa, indígenas de Tasmania: desprovistos de herramientas, desnudos, sin chozas dignas de ese nombre, bajitos, encorvados, peludos, su primitivismo era tan chocante que

algunos estudiosos se inclinaban a creer que los europeos habían topado con el último reducto… ¡del hombre del neandertal!

Es al describir las causas de este atraso cuando Sánchez Piñol retrata el ideal del secesionismo -sazonado con las hipérboles que son la licencia de todo buen literato-, aunque él insiste en asociarlo solamente con el ideal de Anglada:

Lo que había convertido a los palawa en unos perfectos bárbaros era su aislamiento. Al ser una isla remota Tasmania no pudo favorecerse de ningún intercambio genético, material o simbólico con otros grupos humanos. Y así perdidos en su magnificente soledad, decayeron, marchitos, hasta el último extremo del salvajismo. ¡Los palawa, esos símiles de los neandertales! El triunfo del ideal angladiano.

Este futuro con neandertales que nos reserva Anglada, pero también el secesionismo, y que será fruto del aislamiento respecto de España, de Europa y de Occidente, lo contrapone Sánchez Piñol, incisivamente, con la riqueza cultural y material que generó en Cataluña el tránsito de gentes de las más diversas procedencias por su angosto corredor geográfico.

Ciudad abierta

Precisamente un día antes de que apareciera el artículo de Sánchez Piñol, el mismo diario publicó una noticia que subrayó el contraste entre el futuro con neandertales y un pasado próximo en el que Cataluña vivió una apoteosis de la creación literaria, apoteosis que fue producto de su apertura al cosmopolitismo y, por qué no destacarlo, del aprovechamiento inteligente de la expansión de una de sus dos lenguas propias: el castellano. Así nos enteramos de que está próxima la aparición de Los años del boom, de Xavi Ayén, galardonado con el Premio Gaziel de Biografías y Memorias. El libro, de casi 1.000 páginas, describe el prodigio cultural al que asistió el mundo de habla castellana en los años 60 y 70 del siglo pasado gracias a la concentración, en Barcelona, de una nutrida pléyade de escritores latinoamericanos reunidos, inicialmente, por la visión profética del poeta y editor Carlos Barral y por la sagacidad para los negocios de la agente literaria Carmen Balcells. Lo explica Sergio Vila-Sanjuán, uno de los jurados del premio (LV, 11/1):

Hay una ciudad que emerge especialmente como protagonista de Los años del boom, y es Barcelona. Aquí es donde se gesta el arranque del boom, donde se instalan sus protagonistas, desde donde se despliegan los tentáculos editoriales que lo consolidan. La Barcelona cultural que vivía un momento de oro, consolidada en su espíritu de grupo por el antifranquismo, y se reafirmaba en su histórico papel -que nunca debería olvidar, y ahora menos que nunca- de ciudad abierta.

"Su histórico papel -que nunca debería olvidar, y ahora menos que nunca- de ciudad abierta". La exhortación es una de las que es necesario entresacar del fárrago de papel sectario para descubrir el pensamiento racional de algunos colaboradores heterodoxos del desnortado somatén mediático. Ciudad abierta. Como la que resucitó fugazmente en el recinto amañado del Born cuando Alberto Fernández Díaz desmontó, una a una, las falacias incrustadas en los mitos secesionistas. Ciudad abierta. Excelente definición que nos recuerda lo que escribió recientemente uno de los astros de aquel boom, Mario Vargas Llosa (El País, 22/9/2013):

Viví casi cinco años en Barcelona, a principios de los setenta -acaso, los años más felices de mi vida-, y en todo ese tiempo no conocí a un solo nacionalista catalán. Los había, desde luego, pero eran una minoría burguesa y conservadora sobre la que mis amigos catalanes -todos ellos progres y antifranquistas- gastaban bromas feroces.

Lo curioso es que en ese mismo artículo Vargas Llosa se adelantó al pronóstico de Sánchez Piñol sobre la resurrección del neandertal. Así, definió el nacionalismo como

un dogma incivil y retardatario que quiere retrotraer al individuo soberano de la cultura democrática a la época antediluviana de la tribu, cuando el individuo no existía y era solo parte del conjunto, un mero epifenómeno sin vida propia. (…) Y por eso el nacionalismo está reñido con la libertad del individuo, la más importante conquista de la historia, que dio al ciudadano la prerrogativa de elegir su propio destino -su cultura, su religión, su vocación, su lengua, su domicilio, su identidad sexual- y de coexistir con los demás, siendo distinto a los otros, sin ser discriminado ni penalizado por ello.

Y no era solo Barcelona. Joaquín Luna pone el acento en el centro turístico de Calafell (LV, 26/9/2012):

Era una corte literaria y estival muy de los años sesenta cuya mera mención invita a reflexionar. (…) Vargas Llosa, García Márquez, Bryce Echenique, Gil de Biedma, Marsé, Octavio Paz, Jorge Edwards, González Ledesma, Cortázar. Y sin embargo esto no es California, porque si ayer un visitante atraído por las menciones a Calafell que todos y cada uno tienen en alguna de sus obras hubiera buscado su huella, se habría desengañado con el cartel de "Cerrado" del municipal museo Casa Barral, el poeta y editor que reinaba en esa corte estival, una personalidad indisociable de Calafell.

Una burbuja de libertad

La evocación de aquellos años excepcionalmente fecundos para el genio creativo de los escritores nativos y visitantes irritó a los maniqueístas enrolados en el secesionismo militante. Oriol Pi de Cabanyes (LV, 7/10/2013) acusó a "los sembradores de ignorancia o confusión" de olvidar que "en aquel tiempo se vivía bajo una dictadura". Poco antes, Joan B. Culla i Clarà (El País, 27/9/2013) había empleado el mismo argumento. Nada mejor para rebatir a estos adoctrinadores del resucitado neandertal que empapelarlos, una vez más, con las atinadas apelaciones a la veracidad histórica del autor de Las armas y las letras. Escribió Andrés Trapiello (LV, magazine dominical, 27/10/2013):

Ha dicho uno que acaso el mejor editor del siglo XX fue José Janés. Hizo de su editorial un modelo literario y tipográfico. Algunos saltarán alarmados. "¿Qué está insinuando? ¿Que el franquismo propició la libertad de expresión y la cultura? ¿Es que nadie va a hacer callar a estos fascistas?". No había dicho eso, pero conocemos la maña que se da el Santo Oficio para enredar con procesos. Lo que uno había dicho es exactamente esto: sí, a pesar de la censura y el Régimen, José Janés había hecho por la literatura y la tipografía españolas más de lo que había podido hacerse en España hasta entonces. (…) Nadie duda hoy de que algunos de los mejores escritores y poetas del siglo XX fueron Claudio Rodríguez o Gil de Biedma, Cunqueiro o Pla. Todos ellos publicaron sus obras, con o sin censura, durante el franquismo.

En síntesis, Barcelona, y con ella Cataluña, pasará a la historia por el papel que desempeñó como crisol de cultura, en torno a la lengua española, cuando creó, dentro de una burbuja de libertad y convivencia, las condiciones ideales para atraer a los pioneros de nuevas fórmulas literarias. El día en que -olvidado el referéndum torticero- los ciudadanos que aman a Cataluña voten democráticamente a sus representantes legítimos les bastará comparar aquel histórico apogeo cosmopolita, por un lado, con la Tasmania tribal aislada de España, Europa y la civilización occidental que están fomentando los Mas, Junqueras y Forcadell, por otro, y seguramente optarán por el salto al futuro y no por la regresión al neandertal.

A continuación