Miedo a las urnas

Eduardo Goligorsky

Derecho a decidir. Referéndum. Consulta. Autodeterminación. Estado propio. Declaración unilateral de independencia. Elecciones plebiscitarias. Vía por la independencia. Cadena humana. Manifestaciones. El laboratorio secesionista está bien provisto de pócimas esotéricas. Pero le falta un elemento que costó mucho recuperar tras la larga noche de la dictadura, pródiga también en manifestaciones de apoyo al Caudillo: la democracia sin deformaciones ni mecanismos espurios.

Tapaderas del totalitarismo

Es cierto que, como subraya el profesor José Luis Álvarez (LV, 9/9):

Artur Mas ha legitimado repetidamente el derecho a decidir en, literalmente, una democracia "radical", forma política opuesta a las clases medias, líderes por décadas del catalanismo, de las que CiU es el agente electoral (…) Y la radicalidad del soberanismo anuncia un Estado catalán con tenue división de poderes, hiperpresidencialista, con estructuras estatales y medios públicos al servicio de parte, donde muchedumbres y no votos marcan agendas políticas y en el que, pobres empresarios, hasta las empresas están al servicio del nacionalismo.

Democracia radical con el secesionismo. Democracia orgánica con el franquismo. Democracia popular con el comunismo. Simulacros de democracia que son tapaderas del totalitarismo puro y duro. Con un denominador común que el profesor Álvarez desenmascara sin eufemismos: "Muchedumbres y no votos marcan agendas políticas". Como en el kirchnerismo y el chavismo. Volvamos a las fuentes. Escribió José Ortega y Gasset en La rebelión de las masas (Espasa, 2012, edición facsimilar):

La masa -¿quién lo diría al ver su aspecto compacto y multitudinario?- no desea la convivencia con lo que no es ella, Odia a muerte lo que no es ella.

Y ahí está el demagogo para poner a la masa al servicio del apetito de poder de su círculo privilegiado que, en el caso del secesionismo, es además involucionista y endogámico. Acota Ortega en el prólogo a la edición francesa de su libro:

Los demagogos han sido los grandes estranguladores de civilizaciones. La griega y la romana sucumbieron a manos de esta fauna repugnante.

Hinchazón de las cifras

Las muchedumbres y no los votos son los ejes alrededor de los que gira la estrategia secesionista. Por eso sus correveidiles se esmeran en falsificar las cifras de concurrencia a las manifestaciones, y lo hacen con tanta falta de respeto por la inteligencia de los ciudadanos que sus exageraciones superan los límites del ridículo. Fue la inexperiencia la que cifró en un millón de personas el número de asistentes a la histórica Diada de 1977. El experto en demoscopia Carles Castro corrigió el error mucho más tarde (LV, 9/9/2012): "En la superficie que ocupaba la marcha sólo cabían 270.000 personas".

La ofensiva secesionista ha convertido la hinchazón de las cifras en un fraude rutinario. Javier Toledano cita dos ejemplos en el boletín de la Asociación por la Tolerancia (abril 2013). Si en la manifestación preventiva del 10-J del 2010 contra la sentencia del Tribunal Constitucional sobre el Estatuto de Cataluña hubiera habido un millón y medio de personas, como informó la prensa adicta, se deberían haber comprimido 16,7 personas por metro cuadrado en los 90.000 metros cuadrados del Paseo de Gracia. Ni que fueran todos castellers. Y si en la manifestación del 11 de septiembre del 2012 hubiera habido dos millones de personas en los 140.000 metros cuadrados que ocuparon, el promedio habría sido de 14,3 personas por metro cuadrado.

Estos dos millones del 2012 sufrieron luego curiosos procesos de encogimiento. El gurú del somatén mediático, Enric Juliana, escribió (LV, 12/9/2012):

Un millón y medio de personas (toda la población censada de Barcelona) es un océano humano que hoy no está al alcance de ninguna fuerza política. Que la Delegación del Gobierno en Catalunya reconozca, citando fuentes de la Policía y la Guardia Civil, la cifra de 600.000 manifestantes da cuenta de la magnitud del evento y de su impacto.

¿Dos millones? ¿Un millón y medio? Juliana parece conformarse con 600.000. Por poco tiempo. El editorial del somatén (LV, 8/9) pavimenta la Vía de este año recordando que "cerca de un millón de personas se manifestaron el año pasado en Barcelona elevando el listón de la reclamación catalana". Tres días más tarde, José Antich evoca aquella concentración y vuelve a las andadas: "Se cifró el número de asistentes en 1,5 millones de personas". Saltan en tres días de "cerca de un millón" en el editorial a “1,5 millones de personas” con la firma ológrafa del director. Se cachondean de los lectores.

El cachondeo continúa. El 12 de septiembre, el titular de La Vanguardia estaba desbordado por la presencia de 1,6 millones de personas en la Vía por la Independencia. El editorial daba por buena la cifra, "según datos del Govern". Pilar Rahola estaba de rebajas y se regocijaba (LV, 14/9) porque un millón y medio de personas habían respondido a la convocatoria. Pero Juliana volvió a meter la pata (LV, 13/9) cuando se refirió a "un millón de personas desplegadas a lo largo de 480 kilómetros pidiendo la independencia de Catalunya". No es poca cosa perder 500.000 o 600.000 cofrades por el camino y sumar 80 kilómetros al trayecto prefijado.

Los secesionistas pretenden marear a los ciudadanos con el baile de cifras trucadas. Son maestros en estos menesteres. Por eso recurren a las manifestaciones de estirpe totalitaria, que son lo más parecido a los pucherazos, y no a los votos.

Papelón en París

El filósofo Josep Ramoneda, el mismo que hizo un papelón en París (LV, 8/6) cuando se conchabó con la pseudoembajada catalana para llevar el discurso secesionista a los universitarios franceses, pregunta al Gobierno del PP y al PSOE (El País, 12/9):

¿Legalidad o miedo? ¿No se sienten capaces de competir con éxito en un referéndum en Catalunya?

Su desplante lo baja del rango de humanista liberal que ostentó durante muchos años con sobrados méritos y lo coloca a la altura del agitador convergente Josep Rull, que fanfarroneó (LV, 13/9): "Parece que topamos con el muro del tener miedo a perder". Mienten premeditadamente los dos. Son los aprendices de salvapatrias los que tienen miedo a las urnas, y lo disimulan apelando a alternativas totalitarias.

Juan José López Burniol confiesa (LV, 14/9) que se equivocó al escribir en agosto que después de la Diada independentista que se celebraría un mes más tarde Mas no tendría "más salida -tras haberse cargado táctica y calculadamente de razones- que disolver el Parlamento catalán y convocar nuevas elecciones autonómicas".

Ni soñar con elecciones democráticas. Las urnas les inspiran pánico, porque saben que aunque los partidos secesionistas sumen la mayoría absoluta en el Parlamento, esa mayoría jamás será suficientemente representativa para proclamar la independencia. Dichos partidos jamás contarán con el voto de la mitad más uno de los 5.400.000 ciudadanos inscriptos en el censo, y menos aun con la mayoría excepcional -digamos el 60 por ciento de los inscriptos- que estipula la legislación modélica de Canadá.

En resumen: el Parlamento con mayoría independentista pero desprovisto de suficiente representatividad debería ceñirse, si existiera, a la resolución de los graves problemas que afectan, hoy mismo, a los catalanes: sanidad, educación, paro, seguridad. Problemas de los que los sectarios obsesivos se desentienden por falta de interés y conocimientos, como demuestran en el actual Parlamento. Ni siquiera atinan a aprobar los presupuestos. Para pagar a funcionarios y proveedores seguirán recurriendo al Fondo de Liquidez Autonómico. O sea, a Madrid.

En una encuesta municipal para urbanizar terrenos basta cualquier mayoría. Aquí se trata de dividir un país en dos, y de aislar a 7 millones de personas respecto de otros 40 millones de compatriotas que se convertirán en extranjeros. Lo cual implica segregar a conciudadanos, familiares, amigos, conocidos, colegas, condiscípulos, socios, patronos, empleados, proveedores, clientes, acreedores, deudores… y despedirse de la Unión Europea. Sólo a una élite privilegiada y endogámica que vive del cuento se le ocurre satisfacer su desmesurado apetito de poder a costa de esta agresión contra la convivencia, los sentimientos humanos y el bienestar general.

Una vez más, el aguafiestas Carles Castro maneja cifras reales para sacar de su embeleso a la muchedumbre de despistados que se encadenan (LV, 15/9):

El apoyo a la ruptura con España supone sólo el 33% del censo de ciudadanos catalanes mayores de 18 años (…) Los teóricos tres millones de votos favorables a la secesión quedan a una distancia sideral de los que suman en la práctica las fuerzas explícitamente soberanistas (1.800.000).Y esa distancia apenas se atenúa incluyendo la totalidad de los votantes de ICV (lo que supondría un cómputo de casi 2.200.000 y un desfase de 800.000 entre las proyecciones y las realidades).

Repito: jamás serán más de 2.700.000. ¿Queda claro por qué los secesionistas se aferran a artimañas totalitarias y no quieren ni oír hablar de elecciones democráticas?

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