Mas pide auxilio

Eduardo Goligorsky

Este título no es el fruto envenenado de una retorcida lucubración descalificadora sino el encabezamiento de la noticia más destacada que publicó el siempre acomodaticio diario La Vanguardia el 3 de enero del nuevo año. Reza así, textualmente, con la torpe redacción de la defectuosa versión en castellano para lectores metecos:

Mas pide auxilio de los líderes de la UE al "proceso democrático catalán".

Exóticos experimentos totalitarios

Se trata, por supuesto, de la carta con que el presidente de la Generalitat de Cataluña hizo el ridículo ante los primeros ministros y algunos presidentes de países de la Unión Europea, a los que ofendió colocándolos en el nivel de credulidad y desinformación que exhiben las minorías gradualmente decrecientes que aún le votan. Todos esos gobernantes saben, gracias a sus canales diplomáticos y a los medios de comunicación, que bastaría convocar nuevas elecciones al Parlamento de Cataluña para que los ciudadanos pudiesen ejercer sus derechos y elegir democrática y libremente a sus representantes, amparados por la Constitución y los poderes públicos. Los gobernantes en cuestión conocen, mejor que los propios ciudadanos de Cataluña saturados de propaganda sectaria, los intríngulis del referéndum amañado, con sus preguntas torticeras que lo convierten en un pobre remedo de exóticos experimentos totalitarios.

Artur Mas cae en la incongruencia de pedir auxilio a los gobernantes europeos para que estos colaboren en un proceso que, si desembocara en su anhelado objetivo de levantar un muro entre los siete millones de catalanes y sus cuarenta millones de compatriotas, implicaría también la salida automática de la Unión Europea. La salida, no la expulsión. España quedaría dentro y los desertores secesionistas fuera. Precisamente el 9 de noviembre del 2014, cuando se cumplirán 25 años de la caída del muro de Berlín.

¿Mas pide auxilio a los guardianes de la UE para que lo ayuden a desertar de esta?

Hasta hace poco tiempo, los secesionistas se esforzaban por ocultar a sus seguidores que una Cataluña independiente quedaría fuera de la UE, a pesar de que tanto todas las autoridades de Bruselas como todos los expertos internacionales y españoles reiteraban públicamente que este sería el desenlace inevitable. De todos modos, el líder mesiánico no se privaba de fanfarronear. Proclamó Artur Mas (LV, 9/11/2012):

Si llegamos a la conclusión de que si Catalunya tiene un Estado propio nos quedaremos fuera de la UE, nuestro país tendrá que hacer una reflexión final sobre si seguimos el camino iniciado o no, y yo personalmente soy partidario de hacer en cualquier caso el camino.

En eso estamos. Así reseñó la entrevista a Mas en La Repubblica La Vanguardia (28/12/2013):

[Mas] añade también que dejar el club de los Veintisiete "sería una lástima, porque nosotros queremos seguir en la UE", pero asegura que, en todo caso, Catalunya solicitará el reingreso, ya que quiere estar en el euro, en la UE, en el espacio Schengen y en la OTAN. (…) "Sería necesario encontrar un régimen transitorio para evitar la expulsión de la UE".

Nuevamente el trampantojo: calificar de expulsión lo que sería una deserción premeditada con plena conciencia de los efectos perjudiciales.

El hazmerreír de todos

Es significativo que este cúmulo de disparates haya tenido la magnitud suficiente para provocar la reacción indignada de un periodista que si por algo se caracteriza es por su moderación y sus esfuerzos por parecer ecuánime incluso cuando no lo es. Fernando Ónega aprovechó, además, el prudente viraje de La Vanguardia hacia un simulacro de equidistancia para escribir (28/12/2013):

El president de la Generalitat (…) al fin tuvo que decir la verdad: una Catalunya independiente se tendría que poner a la cola para volver a la UE. (…) Lo que interesa es que Catalunya se ha de disponer a un largo periodo fuera de las instituciones europeas y sus tratados. Y eso, se mire por donde se mire, es un desastre para un país. Y algo censurable desde el punto de vista ético: los conductores del sueño soberanista lo han ocultado, lo han negado cuando lo dijeron las autoridades españolas y europeas y, por tanto, han conducido a la sociedad a un estado de opinión con un falso señuelo de prosperidad.

Para medir hasta dónde llega el hartazgo de los observadores racionales con el esperpento secesionista, es ilustrativo reproducir parte del comentario sarcástico de Ónega sobre el mensaje de fin de año de Artur Mas (LV, 2/1/2014):

Resulta emocionante su forma de relacionarse en el futuro con el Estado: "Que no nos vea como un adversario ni mucho menos como un enemigo". ¡Qué gran sentido de la fraternidad y de los lazos culturales e históricos! ¡Lástima que también unos días antes el mismo Mas haya comparado al mismo Estado con un propietario que tiene alquilada la vivienda en condiciones inaceptables! ¡Lástima también de aquella lista de agravios que presentó! ¡Lástima de simposio titulado "Espanya contra Catalunya", ejemplo de intención amistosa y patrocinado y promovido por la Generalitat que preside!

Y lo más enternecedor, casi al final: "Queremos ser y podemos ser en el futuro un aliado, un buen aliado". Es decir, que la propuesta es romper la alianza para aliarnos después. La aportación es original y brillante. No sé cómo no la entienden en el Estado español. No están preparados para tanta profundidad ni para tanta innovación.

Nada más ridículo que la tentativa de engatusar a los gobernantes de los restantes países de Europa para asociarlos a la exhumación de identidades hipotéticamente milenarias y a la reencarnación de fantasmas dinásticos del siglo XVIII, cuando esos países disfrutan de leyes e instituciones sólidas y añejas, y sus ciudadanos han aprendido las lecciones que les dejaron guerras apocalípticas y revoluciones fratricidas. Quien intente arrastrarlos a aventuras insensatas será el hazmerreír de todos. Ya lo es. Ónega, que acumuló mucha bilis bajo el régimen disciplinario del comisario político José Antich, también aprovecha el sainete de las cartas para descargarla (LV, 4/1):

La iniciativa del señor Mas de dirigirse a los jefes de Gobierno de la Unión Europea y a otros 18 mandatarios es una jugada de alto riesgo para su política; una jugada de un alto nivel de ingenuidad. Como mecanismo de comunicación de intenciones, puede valer. Como petición de ayuda para un proceso de secesión, me temo que resulte estéril y contraproducente. (…) Quien más quien menos tiene su problema de cohesión territorial y huye del respaldo a cualquier movimiento secesionista.

(…)

Si se obtiene el respaldo, será un éxito de la internacionalización del conflicto. Pero, si no se obtiene, se convierte en el gran fracaso del proceso. Las respuestas de los gobiernos a que se apela son conocidas después por las opiniones pública y publicada, y hay todo un ejército de escopetas cargadas para dispararle al president el veredicto de la soledad.

Cicatrizarán las heridas

Poco a poco, a medida que se disipen las falsas ilusiones de inexistentes apoyos externos y cuando el frente interno asista al derrumbe de los castillos de mentiras, irán raleando las prietas filas de quienes se jactaron de formar cadenas humanas, se recuperarán los valores de la solidaridad y la racionalidad y cicatrizarán las heridas que la élite secesionista abrió en la sociedad catalana, como recordó, una vez más, el ministro del Interior, Jorge Fernández Díaz. Sólo cabe desear que el desenlace de este proceso de recuperación esté próximo.

¿Y el referéndum del 9 de noviembre? Intuyo que sucederá lo mismo que con las fechas que los Testigos de Jehová y los Adventistas del Séptimo Día fijaron, desde el momento de su fundación, para el Juicio Final. Las iban aplazando a medida que se cumplía el plazo y no pasaba nada. Todavía están esperando. Los acólitos de Oriol Junqueras y de su lugarteniente Artur Mas tendrán que resignarse a ser igualmente pacientes.

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