Los topos del 'Catexit'

Eduardo Goligorsky

Los demagogos que embarcaron al 52 por ciento de los votantes británicos en la loca aventura del Brexit les sorbieron el seso con sus mentiras a cara descubierta, divulgándolas como verdades axiomáticas sin una pizca de vergüenza. Y al día siguiente de consumar la fechoría reconocieron, con el mismo impudor, que habían falseado los datos. El xenófobo Nigel Farage hizo mutis por el foro y el histriónico Boris Johnson vio premiados sus despropósitos con la cartera de Asuntos Exteriores.

Patrañas infumables

Los gestores del Catexit han optado, en cambio, por una vía más tortuosa y cínica para desconectar Cataluña de Europa y convertirla así en su feudo privado. Su táctica taimada imita la de los topos que fueron popularizados por las novelas y películas de espías: en este caso, proclaman a los cuatro vientos su amor y lealtad a Europa al mismo tiempo que escarban subrepticiamente el terreno para provocar el derrumbe de los puentes de unión. No, no enarbolan la bandera de la ruptura con Europa, como los energúmenos Farage y Johnson. Su plan es más sutil pero no menos deletéreo: España forma parte de la Unión Europea, los topos ejecutan la secesión respecto de España y, sin prevenir a los ciudadanos, logran el objetivo deseado, que es el Catexit, el equivalente peninsular del Brexit insular. Separarse de España implica separarse automáticamente de la UE. El catedrático Antón Costas lo confirma (“Los otros Brexits”, LV, 27/):

¿Tienen algo en común el Brexit británico, el independentismo catalán y el trumpismo de Estados Unidos? Aunque parezca que mezclo churras con merinas, tengo para mí que existen similitudes. Es el intento de una parte de esas sociedades de salir de una situación social y/o política que viven como opresiva, indigna, degradante, que daña la condición de ciudadanía. Para escapar a esas situaciones buscan salir de la UE, de España o del orden económico internacional en el caso de Estados Unidos. (…) Pero [los líderes populistas] yerran en las soluciones. Sus propuestas son medidas aparentemente simples y fáciles, pero equivocadas. Consisten en un mix de nacionalismo político, identidad cultural y proteccionismo económico. Es un cóctel explosivo, como muestra la historia de principios del siglo XX.

Lo agraviante, cuando quienes se ocupan del trabajo de zapa son los topos, es que dan por seguro que sus seguidores son idiotas. Piensan que si no lo fueran no se tragarían las  patrañas infumables que les ponen delante de las narices. Y para idiotizarlos nada mejor que masificarlos. Irritada por las tropelías que cometieron unos gamberros durante los Sanfermines, Pilar Rahola escribió una cáustica columna con resonancias orteguianas que se aplica a todas las movilizaciones gregarias, incluidas las que los secesionistas convocan y ella acompaña (“La masa”, LV, 10/7):

No hay nada más patético que un individuo sumergido en el magma del gentío, convertido en un engendro de carne que bebe, grita, micciona y conjuga todo verbo primario sin otro ton que el son de la masa. Cuando ello ocurre, el único trazo de humanidad que resta es el sudor del sobaco.

Terapia de choque

El desprecio que la élite secesionista siente por el nivel de inteligencia de las clases emprendedoras y cultas que en otro tiempo fueron su base de sustentación se reflejó en el congreso fundacional del Partit Demòcrata Català, “último hito de un acelerado proceso de autodestrucción cuyo protagonista estelar ha sido Artur Mas” (José Antonio Zarzalejos, “La refundación, un error”, LV, 17/7).

La lectura de la declaración de principios del PDC certifica que son sus ideólogos, y no las clases emprendedoras y cultas a las que antaño embaucaron, quienes necesitan una terapia de choque para salir de la estulticia. Los gurús comunican a los asociados, como los llaman ahora, que el partido es “demócrata, catalanista, independentista, europeísta y humanista (…) sin renunciar a la vía unilateral” (LV, 11/7).

¿Humanistas, estos endogámicos de rancia ideología völkisch que ni siquiera soportan la convivencia solidaria y fraternal con los millones de compatriotas que viven más allá del Ebro? ¿Europeístas, cuando quienes redactaron la declaración saben mejor que nadie que al trabajar para romper con España también trabajan, encubiertamente, como buenos topos, para romper con Europa? ¿Demócratas, cuando todos sus proyectos de ruptura unilateral dependen del pacto con los acérrimos totalitarios de la CUP? Esto último asusta incluso a algunos cicerones de la hoja de ruta. Escribió Francesc-Marc Álvaro (“Violencia y presupuestos”, LV, 30/5):

Si el proyecto de la independencia depende de un grupo maximalista, purista, alérgico a las instituciones y sin ningún sentido de Estado, Madrid no debe preocuparse. Por eso fue un error la declaración del 9 de noviembre posterior a las plebiscitarias, como lo fue confiar en que los cuperos serían un socio fiable de Junts pel Sí. Los encapuchados que juegan a la guerrilla y los diputados que justifican este festival nihilista son la herramienta más eficaz para frenar una Catalunya independiente.

A Álvaro le dura el canguelo. Persevera en sus esfuerzos por embarcar a su maruja predilecta en la hoja de ruta (“La señora Pérez y la ideología”, LV, 21/7), pero advierte:

El ascendiente de la CUP sobre el proceso ha generado un malestar más que profundo en sectores amplios del soberanismo de orden. También comprueban –como lo hace todo el mundo– que Junts pel Sí es prisionera de los cuperos y que tiende –por ahora– a mirar más hacia la izquierda que hacia el centro.

Por fin, ¿el PDC es catalanista al mismo tiempo que independentista? Sentencia el presidente de Foment del Treball, Joaquim Gay de Montellà (“El retorno del catalanismo”, Economía Digital, 29/7):

Cerca de un millón de votos, desde el año 2012, han venido quedándose huérfanos en Cataluña. En el sostenido proceso que ha dinamitado el mapa de partidos catalanes a lo largo de los últimos, al menos, cuatro años, la oferta del centro derecha catalanista ha sufrido un acoso tan notable que ahora parece hibernada. El arrebato independentista que sacude la Cataluña institucional parece haber ahogado al catalanismo.

Y el exdiputado de CDC Antoni Fernàndez Teixidò ratifica la orfandad (“Congreso: corolario y coda”, LV, 13/7):

Escribo con un punto de tristeza porque capto la orfandad política en que se ve abocada una parte importante del electorado catalán. Puedo estar equivocado. Pienso, sin embargo, en los catalanes y catalanas de centro que no se sienten independentistas, que no se identifican con las izquierdas y no creen que el republicanismo tenga que estar en el punto medio de sus preocupaciones. Son muchos.

Según Inés Arrimadas, Ciudadanos será el nuevo hogar de estos catalanistas moderados.

Timo sectario

Ahora el problema de los topos consiste en que la CUP exige que todos los trabajos de desconexión, con España y por consiguiente con la UE, se realicen con luz y taquígrafos. Los antisistema exhiben sin complejos su hostilidad a la UE y al euro y no toleran que sus socios burgueses los traten como apestados. Provoca repelús que mientras el hereu Puigdemont negocia con los cuperos su supervivencia en el poder mediante el referéndum unilateral que llevará al Catexit, Artur Mas tenga la desfachatez de escribir, desde el fondo de la papelera de la historia adonde lo arrojó esa misma CUP, un galimatías que hiede a timo sectario (“Un nacimiento cambia la vida”, LV, 17/7):

El PDC quiere alcanzar un Estado catalán miembro de la UE y de las Naciones Unidas que sitúe Catalunya  allí donde puede aspirar a estar: entre las democracias de mayor calidad, prósperas, con igualdad de oportunidades, justicia y cohesión sociales.

El huevo del Estado mostrenco, al que las autoridades competentes ya han cerrado las puertas de la UE y la ONU anticipando el Catexit, lo están incubando los chamanes de la ANC y la CUP, con el visto bueno de Puigdemont, de Junqueras (cada día más parecido a Nigel Farage, según Josep Borrell) y del clan pujolista reencarnado en el PDC. Lo han bautizado RUI, referéndum unilateral de independencia. Sintomático: este engendro tampoco convence al curtido Francesc-Marc Álvaro (“Cazar las moscas del RUI”, LV, 18/7):

La cuestión de la fuerza -básica en política- es eludida sospechosamente por todos los que nos cantan las bondades de un RUI, salvo algún crack que sueña una insurrección al estilo irlandés u oriental.

Remata Álvaro, sarcásticamente:

El que no tiene nada que hacer caza con el culo las moscas del RUI. Y alimenta la frustración.

Al leer esto, reconforta verificar que compartimos una parte de la herencia de racionalidad con quienes abordan la sociedad con una óptica distinta de la nuestra. A nosotros, la racionalidad nos aconseja seguir cohesionados en España y Europa mientras los topos languidecen en sus madrigueras, cazando con el culo las moscas del RUI.

A continuación