Los secesionistas lo saben

Eduardo Goligorsky

Los secesionistas lo saben. Me refiero, claro está, a sus dirigentes, ideólogos y escribas, no a sus miles –que no millones– de seguidores. Son gente espabilada que ha urdido, durante décadas, planes de largo alcance, como lo es sacar de la chistera una nación flamante, que nunca existió, pero a la que le fabricaron una mitología seductora, todo ello con un fin: apropiársela para su usufructo y el de su dinastía. Hoy, esa élite privilegiada tiene la perspicacia suficiente para saber que su proyecto va a fracasar. Lo dijo su profeta en la Tierra: "La feina mal feta no té futur", y el trabajo lo han hecho mal. Muy mal. Zarparon rumbo a Ítaca sin consultar la carta de navegación y descubrieron que un arrecife inmenso, llamado Unión Europea, les cerraba el paso. Menudo error que cometieron por vivir anclados en los tiempos de Wifredo el Velloso, de los almogávares, del colonizador Jaime I o de los resistentes austracistas de 1714, cuando nadie soñaba con la convivencia entre naciones unidas en torno a valores compartidos. Hoy, la feina ben feta consiste en unir, no en desguazar.

La fuga hacia adelante

Cuando el arrecife llamado UE todavía estaba en un horizonte lejano, Artur Mas lanzó un primer desafío temerario (LV, 9/11/2012):

Si llegamos a la conclusión de que si Catalunya tiene un Estado propio nos quedaremos fuera de la UE, nuestro país tendrá que hacer una reflexión final sobre si seguimos el camino iniciado o no, y yo personalmente soy partidario de hacer en cualquier caso el camino.

Hoy proliferan los testimonios irrefutables de que una Cataluña independiente no sería otra Holanda sino "un Estado fallido como Somalilandia", según el diagnóstico del catedrático Francesc Granell, Creu de Sant Jordi y primer jefe de Artur Mas en la Generalitat (El País, 1/10). Es significativo que José Antonio Zarzalejos, columnista del somatén mediático que procura transmitir mensajes de cordura a la nave de los locos sin perder la equidistancia, reuniera en un artículo titulado "El derecho a saber" (LV, 13/10) el meollo de tres impugnaciones a la fantasía secesionista, asociándolas a

un discurso más enérgico que, como intentará el Gobierno, va a discurrir sobre el efecto de marginación internacional (ONU, Unión Europea, OTAN) que conllevaría la independencia. Declaraciones como la de Francesc Granell ("Catalunya sería un Estado fallido"), como las de Santiago Niño Becerra ("La independencia de Catalunya no tiene ningún sentido económico") o apreciaciones como las del catedrático Joaquim Muns ("Ignorar los condicionamientos políticos y económicos del mundo que nos rodea sólo puede conducir al desprestigio de Catalunya"), los tres catalanes, forman parte de la munición del gubernamental “derecho a saber”.

Los secesionistas saben que los tiempos que se avecinan serán fatales para sus planes y que los ciudadanos les exigirán una rendición de cuentas, como se las exigen a quienes les endilgaron preferentes e hipotecas basura. Pero el único recurso al que atinan a echar mano es la fuga hacia delante. Se burla Lluís Foix (LV, 8/10):

[El conseller de Presidència Francesc] Homs ha declarado a ACN que las elecciones europeas serán un ensayo general de la consulta y la siguiente cadena humana. Me temo que no se va a debatir sobre los grandes y pequeños temas que preocupan a más de quinientos millones de europeos. No, aquí hablaremos del único tema que interesa a Francesc Homs.

El novelista Jordi Soler termina de desenmascarar la inconsistencia del argumentario secesionista (El País, 15/10):

El palo que la cruda realidad pega al proceso independentista es respondido con una potente carga de ficción diseminada por políticos, locutores y tertulianos, que busca anular, o siquiera disimular, el palo. Cuando la UE dijo, de manera oficial, con todas sus letras y sin margen a interpretaciones, que Cataluña fuera de España quedaría automáticamente fuera de Europa, gobernantes y tertulianos salieron en tromba a matizar esa información. ¿Y cómo puede matizarse semejante pedazo de realidad?

Cambio de chip

Creo que Zarzalejos y Soler dan la pista acerca de cuál debería ser el cambio de chip más apropiado para desmontar las mentiras del secesionismo. Es indispensable reivindicar el imperio de la Constitución, del Estado de Derecho, de la solidaridad y de las conquistas de la Transición. Pero hoy el punto más vulnerable del frente secesionista reside en sus analogías con la ultraderecha antieuropea. No fue por casualidad o desinformación que el día de la cadena humana los diputados de la Liga Norte se presentaran en el Parlamento italiano disfrazados con la camiseta amarilla de la Vía por la Independencia. Tampoco es casual que la xenofobia del Frente Nacional francés encuentre su equivalente, agravado, en la fobia contra los compatriotas españoles que fomentan, incluso entre los niños, los medios oficiales de la Generalitat y los que esta subvenciona. Ni que los aficionados se resignen a ver la bandera catalana de la camiseta del Barça contaminada por el emirato salafista y, hoy se sabe, esclavista de Qatar.

El frente secesionista tiene su vanguardia antieuropea en la CUP, irredentista y antisistema, y en la secta retrógrada de la monja Teresa Forcades. Y, como señalé en mi artículo "La commedia è finita" (LD, 3/10), el independentista Ferran Requejo ya apuntó su artillería contra la Unión Europea (LV, 30/9).

Sí, la feina mal feta no té futur. No tiene futuro en Europa y tampoco en Cataluña. M. Dolores García afirmó con rotundidad bíblica (LV, 8/10):

La celebración de una consulta sobre la independencia de Catalunya es más difícil que hacer entrar un camello por el ojo de una aguja.(…) Hete aquí que la semana pasada se le escapó a Lluís Corominas, vicesecretario de CDC, que no habrá consulta.(…) Rajoy y los suyos han llegado a la conclusión de que la mejor estrategia es esperar a que Mas se estrelle al final del callejón sin salida en que se ha metido.

La imagen del callejón sin salida donde se estrellará el líder se ajusta más a la realidad que la del choque de trenes. No viene un tren en dirección opuesta: el callejón termina en un muro llamado Europa.

Influye el miedo

"El mapa electoral catalán de la transición se hace pedazos", clama el titular de La Vanguardia del 6/10. Pero de la lectura atenta de la encuesta no se desprende que de las ruinas se eleve una secesión triunfante. Sumados los porcentajes de votos de CiU, ERC y CUP, el total asciende al 53%, pero esto incluye los de Unió, que no se decantan por la independencia, e igualmente no estamos ante la mayoría excepcional que necesita la secesión. Lo confirma el hecho de que menos de la mitad de los consultados (49,8%) declare que en un referéndum votaría a favor de la independencia. El 54,6% habla indistintamente en castellano y catalán o mayoritariamente en castellano.

Lo más importante para poner en práctica el derecho a saber es que el 51,6% opina que el riesgo de salir de la UE influirá sobre el apoyo a la opción independentista, en tanto que el 56,2 % sabe que la Unión Europea y el resto de la comunidad internacional no apoyarán la independencia de Cataluña. Estos porcentajes aumentarán sensiblemente cuando los ciudadanos tengan acceso a la información verídica que la Generalitat y sus satélites mediáticos ocultan. Con un añadido: existe un factor que distorsiona los datos sobre intención de voto al PP y Ciutadans. Este factor es el miedo. Todavía influye el miedo a descarriarse del rebaño delante de encuestadores desconocidos.

Después, el diluvio

La consigna de los jerarcas secesionistas consiste en marear la perdiz, ganar tiempo y disfrutar al máximo de las prebendas del poder, hasta que arraigue en los ciudadanos la convicción de que la consecuencia automática de la ruptura con España será la salida de la ONU, la UE, la OTAN y el euro. Su lema es: después de nosotros, el diluvio.

Artur Mas, incansable promotor de manifestaciones, se esmera por distraer la atención del hombre-masa (LV, 15/10):

Un debate de estas características "no se puede dilucidar en la calle a base de manifestaciones. Las manifestaciones van creando el debate sereno, constructivo, positivo y no alarmista", explicó Mas, "pero ahora sólo se puede resolver en las urnas, contando votos, con un referéndum".

Dos falacias. No son las manifestaciones las que ayudan a crear el clima apropiado para el debate, sino los aportes de informaciones veraces y contrastadas, que en este caso serán inevitablemente alarmistas porque anunciarán la salida de la ONU, la UE, la OTAN y el euro. Y en un sistema democrático y parlamentario los votos que se cuentan en las urnas no son las octavillas del y el no de un referéndum, sino las papeletas de los partidos políticos que representan las distintas opciones en liza.

A la sociedad catalana, sensata e ilustrada, no la ahogará el diluvio. Ningún iluminado la inducirá a desprenderse del manto protector que brindan España, Europa y el Occidente civilizado para optar por la decadencia y el aislamiento en aras de un pasado mítico y de la pureza identitaria.

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