Los rufianes proscriptos

Eduardo Goligorsky

Urge concertar un Pacto de Salvación Nacional que reúna a todos los partidos políticos y agentes sociales comprometidos con la defensa y el fortalecimiento del régimen constitucional encarnado en la Monarquía parlamentaria, garante, a su vez, de la soberanía y la integridad de España y del bienestar de sus ciudadanos, libres e iguales. Un frente del que están proscriptos los rufianes, con mayúscula y minúscula, cuya ideología atrabiliaria los sitúa en las antípodas de dicho régimen constitucional y los mueve a denigrarlo y sepultarlo.

Precisamente la fraudulenta invocación de los Pactos de la Moncloa como talismán unificador debe recordarnos que estos no incluyeron ni a la franquista Fuerza Nueva, ni a la anarquista CNT-FAI ni a las facciones de ultraizquierda cuya continuadora recauchutada es Unidas Podemos. Un totum revolutum totalitario aglutinado por la hostilidad a la transición hacia la democracia.

Vieja estrategia bolchevique

Lo que está tramando el doctor Sánchez en connivencia con los leninistas de UP no es una actualización de los pactos de 1977 sino un contubernio con los enemigos de España que lo auparon a la presidencia del Gobierno. La búsqueda del aval condescendiente del Partido Popular y Ciudadanos forma parte de la vieja estrategia bolchevique para conquistar gradualmente la hegemonía total mediante alianzas tácticas con la burguesía biempensante. Lenin soportó el interregno del liberal Aleksándr Kerenski hasta que consiguió implantar la dictadura necrófila del Politburó, y los comunistas checos se coaligaron con los demócratas Edvard Benes y Jan Masarik para luego ayudarlos a morir ipso facto –uno por causas aparentemente naturales y el otro por un suicidio burdamente fraguado– apenas los sustituyeron en la jefatura del Gobierno en 1948.

Que la puesta en marcha del Pacto de Salvación Nacional es indispensable no hay quien lo niegue. El problema consiste en que quienes hoy disfrutan del poder para hacerlo funcionar están conjurados para sabotearlo. Pedro Sánchez, el capo de la operación, es un megalómano sin escrúpulos, que no oculta su desprecio por el partido que lo aceptó –a regañadientes– como líder, y por los millones de ingenuos –cada vez menos– que lo votaron, y se ha conchabado con la hez de la política anticonstitucional y antiespañola.

Pablo Iglesias, el compinche sobrevenido de este mamarracho, se ha jactado en la cátedra, en la tribuna, en los medios de comunicación y en las redes sociales de su voluntad de importar a España los modelos de las satrapías latinoamericanas y antioccidentales, incluso con el patrocinio de la dictadura chavista, el quilombo peronista y la teocracia iraní. Ahora, desde la vicepresidencia segunda del Gobierno, ha conseguido infiltrarse en nuestros servicios de inteligencia, con el consiguiente peligro para los secretos de las fuerzas de seguridad españolas y de la OTAN. Y ha embarcado a su partido en la campaña contra la Monarquía parlamentaria, con no menor riesgo para el orden constitucional. Todas estas felonías figurarán como proezas del espionaje y el quintacolumnismo en los manuales de la subversión anticapitalista

Focos de corrupción

La diferencia con los Pactos de la Moncloa no acaba aquí. Los otros socios de la cofradía tóxica ni siquiera son españoles, sino renegados de su nacionalidad de origen que pretenden amputar cuatro provincias del Reino de España para fundar una repúblika étnicamente pura. Este territorio lo gobiernan circunstancialmente dos grupos enfrentados entre sí por su vocación depredadora, pero igualmente ajenos a los intereses de España y al bienestar físico, social y económico de sus ciudadanos. Son los rufianes que están proscriptos en cualquier pacto entre gente civilizada.

Si faltaban pruebas de que estos renegados viven de espaldas a la sociedad y atentos exclusivamente a sus propios intereses y a sus manías supremacistas, las encontramos en plena crisis del Covid-19. Mientras los caciques del procés encabezados por el monigote Artur Mas se dedicaban a recortar la parte del presupuesto destinada a la sanidad pública, los insaciables parásitos de las embajadas apócrifas de la Generalitat –el tenebroso Diplocat– chupaban de ese mismo presupuesto, según las cifras desveladas por el Tribunal de Cuentas, un botín de 417 millones de euros entre el 2011 y el 2017.

Los detalles que aportó El Confidencial (23/7/2019) son espeluznantes. A los gastos astronómicos en sueldos, alquileres y sobornos a políticos, periodistas y mediadores extranjeros, hay que sumarles los fondos despilfarrados en banquetes pantagruélicos como el que agasajó a los 24 miembros del Consejo Consultivo del Diplocat, entre los que se contaban desde la monja sor Lucía Caram hasta la cocinera Carme Ruscalleda, pasando por el dúctil filósofo Josep Ramoneda. Estos focos de corrupción disfrazados de diplomacia siguen difamando impunemente a España, subvencionados con el dinero que los sediciosos sustraen de nuestros bolsillos.

Discurso siempre esclarecedor

La verdad es que las primeras víctimas de la guerra que el energúmeno Torra y sus huestes libran contra España son los sufridos habitantes de Cataluña. Los neandertales prohíben que el Ejército desinfecte el hospital de Bellvitge y las residencias de ancianos donde han muerto más de 1.000 internados, e impiden que la Guardia Civil monte un hospital de campaña en Sant Andreu de La Barca. Visto lo cual, la presidenta de la diputación de Barcelona y alcaldesa de L’Hospitalet, Núria Marín, clama: "Lo de la Generalitat no hay por dónde cogerlo, porque encima los dos partidos que gobiernan la Generalitat están peleados y no se hablan entre ellos". Denuncia que honraría a la socialista Marín si no cogobernara con uno de esos dos partidos: JxCat, el que más obstáculos pone a la ayuda de las Fuerzas Armadas.

Lo dicho: estos rufianes están proscriptos. El Pacto de Salvación Nacional lo deben concertar los partidos políticos y los agentes sociales fieles a la Constitución y al Estado de Derecho, atentos al discurso siempre esclarecedor del Monarca ilustrado.

A continuación