Los otros madrileños

Eduardo Goligorsky

Uno de los ejemplos más palmarios de la corrupción que el nacionalismo ha conseguido introducir en el lenguaje cotidiano lo encontramos en la naturalidad con que se emplea la palabra inmigrante para designar a los ciudadanos españoles que, llegados a Cataluña desde cualquier otra región de su país, se han radicado en este nuevo hábitat. El término encierra, desde el vamos, una connotación discriminatoria: el nouvingut (otro estigma) es, por antonomasia, un extranjero, al que se puede acoger con benevolencia o con desprecio, y que debe acatar las normas que le imponen sus anfitriones para ser aceptado o tolerado. No rigen, para él, los derechos que son comunes a todos los conciudadanos de un mismo país. Incluso se le puede conculcar el derecho a que sus hijos se eduquen en la lengua propia de España.

Pionero del nacionalcatolicismo catalán

Una vez institucionalizada la categoría de inmigrante, empieza la labor de ingeniería social encaminada a convertir a los discriminados en dóciles súbditos del poder endogámico. Fenómeno este que se repite cíclicamente. Hace cincuenta años, el libro Els altres catalans, de Francesc Candel, se convirtió, como recuerda Jordi Amat (LV, 9/3), en el "superventas del Sant Jordi de 1964". Tomemos nota: un libro en catalán, superventas en 1964 cuando, según cuentan los fabuladores, la dictadura de Franco practicaba un implacable genocidio de la cultura catalana. Explica Amat:

Los ideólogos más realistas del catalanismo de posguerra (Jordi Pujol quizá mejor que nadie) asumieron que la clave de bóveda del futuro del movimiento pasaba por la integración de la inmigración. (…) En esta tesitura hay que ubicar la fascinación y captación por parte del catalanismo de Francesc Candel y la enorme trascendencia que adquirió Els altres catalans, superventas de Sant Jordi de 1964.

Amat recuerda que la idea de encargar el libro fue de Josep Benet, activista forjado en la abadía de Montserrat y pionero del nacionalcatolicismo catalán, con adherencias obreristas. Añade Amat:

No me extraña la definición que Jordi Pujol hizo del libro cuando a mediados de 1964 lo reseñó para [la revista montserratina] Serra d'Or: "Es sin duda, y sin exagerar nada, uno de los tres o cuatro libros más importantes publicados desde 1939".

La recuperación del libro de Candel y de la figura de su autor en beneficio del actual guiñol secesionista indignó a Dolors Camats, dirigente de ICV-EUiA, que fue excluida del homenaje a quien los comunistas consideran, con razón, más afín a su dogma totalitario que a los tejemanejes de la burguesa CiU o al maximalismo asambleario de la imprevisible ERC. Escribe Jordi Gràcia (El País, 22/2):

[Camats] ha calificado de "simplemente zafio" el programa que organizaron a medias la Generalitat y la Fundación Francisco Candel para presentar Els altres catalans 50 años después de su primera edición: media docena de consellers y las primeras autoridades de Cataluña. (…) Hoy Candel es compañero de viaje del independentismo –no sé si lo sería ahora, pero desde luego no lo fue– de la misma manera que se echa mano de otros muertos útiles. (…) Hoy a Candel se le eleva todavía más: Mandela catalán. (…) Es una forma más de propaganda de Estado, esta vez dirigida a sobar y resobar al inmigrante de primera o segunda generación, para que sepa que su causa es, como la de Mandela, la causa de la liberación de un pueblo oprimido bajo un Estado segregacionista. Convertir a Candel en muerto útil a través de una comparación insostenible, y hacerlo por boca del president, equivale a tomarnos a los demás por una especie rumiante.

Ni metecos ni ilotas

De inmigrantes, nada. Ni metecos ni ilotas: ciudadanos españoles que se desplazan dentro de su país. ¿Acaso alguien tendría la desfachatez de tildar de inmigrantes a los catalanes –miles, decenas de miles de catalanes– que se radican y prosperan en Madrid? ¿Al presidente catalán de la CEOE, por ejemplo? Son respetados como ciudadanos españoles que en verdad son, y disfrutan de los mismos derechos que sus compatriotas. Algunos, como Albert Boadella y Félix de Azúa, se han establecido allí huyendo del clima de intolerancia y desobediencia institucional que fomenta la maquinaria secesionista, pero otros han ido sencillamente a trabajar en una ciudad hospitalaria y cosmopolita. Sólo un atrabiliario sembrador de cizaña puede escribir, como lo hace Oriol Pi de Cabanyes (LV, 14/3), tergiversando premeditadamente la realidad:

Por más que continuemos invocando los encuentros de poesía y similares abrazos retóricos de más de medio siglo atrás, ya hace mucho tiempo que se han hundido los puentes del diálogo y no se recompondrán sino en unas circunstancias totalmente distintas a las que hemos conocido hasta ahora.

En febrero del 2010 Josep Maria Flotats volvió a Barcelona –de donde se había ido cuando lo maltrató la familia Pujol Ferrusola– para dirigir y actuar en el Teatre Lliure, y fue muy explícito cuando le preguntaron si se había autoexiliado en Madrid (LV, 24/2/2010):

Ni exilio, ni nada de nada. El exilio comporta ser desgraciado en otro lugar. Y no me siento nada desgraciado. Estoy muy bien en Madrid, con amistad con los actores y los directores, bien recibido y bien tratado. Si tuviera algún sentimiento de exilio y de distancia sería por París, donde estuve veintipico años.

Presunta catalanofobia

El panorama es hoy mejor que nunca, a pesar de que los secesionistas se esfuerzan por convertir sus denuncias de presunta catalanofobia en una self-fulfilling prophecy, una profecía que no tiene fundamento en la realidad y solo se puede cumplir por la voluntad torticera de quienes la formulan. Lo ratifica una extensa nota que publicó La Vanguardia (14/2):

"No es que no haya una fractura, es que no hay ni siquiera una grieta", afirma el director del Lliure, Lluís Pasqual. Y la cartelera teatral madrileña de estos días, de toda la temporada, parece darle abrumadoramente la razón: los cuatro principales teatros públicos de la ciudad programan en estos momentos obras dirigidas por catalanes.

Estos otros madrileños llegados de Cataluña están de parabienes. Entre los directores sobresalen el citado Lluís Pasqual, Carol López (Barcelona, 1969), Alex Rigola, Sergi Belbel, Jordi Galcerán, Oriol Broggi, Xavier Alberti, Sergi López, Josep Maria Mestres, Carme Portaceli y, por supuesto, Albert Boadella. Continúa la crónica:

De hecho, nada menos que tres de las cuatro únicas producciones de la Compañía Nacional de Teatro Clásico de este año las dirigen catalanes. Lluís Pasqual, responsable de El caballero de Olmedo, dice que "es perfectamente normal, pero me gustaría saber qué pasaría si fuera al revés, si yo presentara una temporada en el Lliure con un 75 % de directores de Madrid".

Atizadores de discordias

Pues lo que pasaría está muy claro: la Asamblea Nacional Catalana pondría el grito en el cielo y crucificaría a los culpables de tamaña herejía, con el aval de la Generalitat y de todo el aparato mediático del secesionismo. Aprueban que los otros catalanes se organicen para colaborar con el poder hegemónico, como lo hacen los capitostes de CCOO y UGT, que se desentienden de su compromiso con los trabajadores para amancebarse con los insumisos retrógrados de Òmnium (LV, 25/3), a los que ahora acompañan en la reivindicación nostálgica de la sociedad oligárquica e inquisitorial de hace 300 años. Pero cuidando siempre que ni ellos, ni sus hijos ni la población autóctona se contaminen con la cultura del ficticio enemigo español. Se asombra Lluís Foix (LV, 27/3):

No es normal [que los dos principales sindicatos, CC.OO. y UGT] sean la correa de transmisión de un gobierno.

Los campeones de la intolerancia y el encarnizamiento cainita tienen nombre, apellido y domicilio conocidos. Cada día nos regalan un manifiesto o una declaración con sello oficial. Y no están en Madrid, hoy cosmopolita como Barcelona lo fue en los años 1970 y casi desde sus orígenes. Allí, en Madrid, cualquier catalán puede llegar a ser ministro, empresario, creador de cultura, científico, profesional o simple trabajador, sin que nadie lo discrimine por su origen o su acento. No hay otros madrileños, como no debería haber otros catalanes si no fuera por la intromisión de los atizadores de discordias. Todos españoles, todos europeos, todos abrazados a los valores de la civilización occidental, y aquí paz y después gloria.

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