Lloro por ti, Cataluña

Eduardo Goligorsky

El energúmeno Joan Tardà, diputado de ERC, sentenció que no apoyar el acuerdo de secesión implica "una traició al poble de Catalunya". Responde el periodista Sergi Pàmies ("Qué es España", LV, 13/11):

Este "poble de Catalunya" debe entenderse como un recurso retórico, pero Tardà debe saber que, al decirlo, a algunos se nos activa una sensación de resignación y melancolía. A mí me gustaría formar parte del "poble de Catalunya", pero por la literalidad de la afirmación interpreto que tengo que quedar excluido. (…) Quizás hemos llegado a un punto en el que muchos catalanes ya no podemos aspirar a formar parte del pueblo de Catalunya que, legítimamente, aspira a separarse de España.

Pensamiento racional

Si Pàmies, que nació en Francia, hijo de exiliados durante la dictadura franquista, pero que desarrolló toda su actividad profesional en el espacio catalán de España, debe plantearse esta disyuntiva, sin dejar por ello de opinar sobre los conflictos en los que se siente implicado, ¿qué puedo decir yo, que nací hace 84 años en Argentina y llegué hace 39 a Barcelona?

Vayamos por partes. Tengo doble nacionalidad, argentina y española. Resido en Barcelona. Pero la identidad del individuo que intenta cultivar el pensamiento racional va más allá de la que emana de sus documentos o del territorio donde nació o donde está afincado. No caeré en la frivolidad de decir que soy ciudadano del mundo, porque la mayor parte de este me resulta sentimental y culturalmente ajena. Sí afirmo, en cambio, que en todos los rincones del mundo, y sobre todo en las sociedades abiertas de Occidente, existen conglomerados humanos e individuos a los que me unen los vínculos propios de nuestra civilización.

Eso sí, es obvio que, por razones de proximidad física, pasada y presente, estoy más concernido por lo que sucede en Argentina, en España y, siempre dentro de España, en Cataluña. Incluso me atrevo a confesar que las asocio a las tres cuando me sublevo contra la amenaza de que se contagien a España y su prolongación catalana las lacras del nacionalismo, el autoritarismo, la corrupción y el populismo que, conjugadas en el peronismo, provocaron la decadencia y el aislamiento de Argentina, enmascarados tras aquel himno a la dama de la demagogia: "No llores por mí, Argentina".

Una vez radicado en Barcelona, procuré integrarme en la sociedad catalana, entonces acogedora, desprovista de tics etnocéntricos y ejemplarmente bilingüe. Y evité acercarme al gueto argentino, cuyos centros estaban copados por grupos afines a la guerrilla y el terrorismo castroperonistas. Asistí con un amigo catalán a la Diada de 1977, donde las senyeras no estaban groseramente deformadas por estrellas revolucionarias, y marché en la columna que acompañó la llegada de Josep Tarradellas. Desde 1982 escribí regularmente en La Vanguardia sin disimular mis ideas liberales y mi aversión al nacionalismo, hasta que en el 2000 me despidió el inquisidor José Antich. Escribí un libro que no por casualidad se tituló Por amor a Cataluña. Con el nacionalismo en la picota (Flor del viento, Barcelona, 2003). Desde el 2010 desarrollo la misma crítica al nacionalismo, ahora trocado en secesionismo, en Libertad Digital y La Ilustración Liberal.

Desvaríos nihilistas

¿Se justifica tamaña intromisión en la política española y catalana por parte de alguien que no forma parte del pueblo catalán? Como muy bien explica Sergi Pàmies, la pertenencia o no pertenencia a dicho pueblo es materia de controversia. Sin embargo, pienso que, ahora más que nunca, quien tiene mucho que agradecer a la sociedad catalana por su acogida cordial y solidaria, complementada por la apertura de oportunidades para el trabajo, aun crítico, en la prensa y la industria editorial locales, traicionaría, él sí, a esa sociedad, si no contribuyera a desenmascarar, junto a los más patriotas de sus conciudadanos, la agresión de que está siendo víctima Cataluña desde su misma entraña.

Ya no hay pretextos para escaquearse. Recordemos el escándalo que armaron los secesionistas y algunos promotores de la tercera vía cuando Felipe González comparó el proceso secesionista con lo sucedido en Alemania e Italia en los años treinta. Ahora es nada menos que el gurú Enric Juliana quien ha evocado dos veces (LV, 11/11 y 13/11) el "cuanto peor, mejor" de los comunistas en los años 30 como desencadenante de la tragedia alemana. La comparación ya no es blasfema.

A nadie -y menos todavía a los antiguos convergentes y democristianos moderados- se le escapa que lo que está sucediendo no tiene nada que ver con el nacionalismo ni con la independencia. Artur Mas sólo aspira a satisfacer su megalomanía desmadrada y cuidar las espaldas de su padrino y sus adláteres enjuiciados. Si no lo consigue, enrocándose en la cabina de mando aunque sea con los tiburones mordiéndole los tobillos, la independencia puede quedar relegada para las calendas griegas. Y a los cupaires la independencia como tal les importa un rábano, porque lo que se proponen es convertir los Països Catalans en un campo de experimentación para sus desvaríos nihilistas.

El colmo del esperpento lo pone, como de costumbre, Pilar Rahola ("El germen", LV, 13/11). ¿Quién tiene la culpa de que el procés haya desembocado en una disputa tabernaria entre salvapatrias sin escrúpulos? España, por supuesto. Al cabo de tres siglos de opresión, los catalanes se han vuelto hostiles a toda forma de poder, incluido el propio.

Si cabe buscar, pues, el germen libertario que anida en el alma catalana, tiene que ver con esa autoridad ajena y represiva que difícilmente podía sentirse como propia. (…) Siempre divididos en castas puras, incapaces de tener sentido de Estado.

Ante el fracaso de sus planes descabellados, con la misma arbitrariedad e insolencia con que usurpan la representación de todo el pueblo catalán para embarcarlo en la secesión que es únicamente el horizonte de una minoría de embaucadores, cargan sobre una ficticia alma catalana la culpa de lo que era inevitable que sucediese. Vista la insensatez de los mandamases provisorios, sólo cabe decir, ahora sí con justicia: lloro por ti, Cataluña.

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