Las cuentas claras

Eduardo Goligorsky

La ambición de mi padre era que yo fuese, como él, ingeniero. Mi despiste total para las matemáticas frustró sus sueños, pero ni él ni yo imaginamos que un día los secesionistas catalanes me obligarían a aproximarme a esa ciencia, aunque sólo fuera en sus rudimentos más elementales. Sin embargo, la tenacidad con que sus catecúmenos se obstinan en hacernos pasar gato por liebre al amañar las cifras de su popularidad me ha obligado a hacer mis pinitos en el abstruso mundo de los porcentajes, para tener las cuentas claras y no dejarme engañar.

Mintieron al prescindir del censo electoral cuando inflaron el apoyo que recibió el Estatut (sólo el 36,5%) definiéndolo como mayoritario, y repitieron la omisión y el fraude cuando ocultaron que los partidos secesionistas apenas obtuvieron el respaldo del 34% de dicho censo en la elección del 25-N. Ahora insisten en la estratagema para tergiversar el resultado de la votación en el Congreso que rechazó la resolución tramposa de CiU e ICV, encaminada a abrir las compuertas del proceso secesionista, con la complicidad de los diputados del PSC que la apoyaron y de la diputada del mismo partido que no la rechazó. Según el somatén mediático (LV, 27/2):

La suma de los votos del PSC a los más habituales de CiU e ICV representaba 2.458.000 votos, el 77,49 % de la expresión democrática catalana en los comicios de 2011.

Con un titular no menos provocador:

El Congreso dice no al 75 % de los diputados de Cayalunya. La Cámara vive el choque de legitimidades democráticas.

Disciplina de borregos

Vaya cuento chino. Mis escasos conocimientos de matemáticas, o por lo menos la pantalla de mi calculadora, me dictan que la cifra que publica el diario representa solamente el 45% del censo electoral, única base sobre la que se puede descubrir "la expresión democrática catalana". Esto, sin entrar en detalles subsidiarios. Por ejemplo, es un abuso grosero del cronista atribuir a los diputados de ICV y del PSC, e incluso de la U de CiU, la representación de todos los votantes de estos partidos en lo que concierne a algo tan trascendente y delicado como lo es el comienzo de un proceso encaminado a balcanizar España, a fragmentar –más de lo que ya está– la sociedad catalana, a aislarse de la Unión Europea, a ahuyentar a los inversores españoles convertidos en extranjeros y a los extranjeros de siempre... y así hasta el infinito.

Es evidente que el 75% de los diputados de Cataluña votaron con disciplina de borregos incluso cuando se indisciplinaron, como en el caso del PSC: todos optaron por cerrar filas bajo el techo de la Casa Gran de Artur Mas. Pero los ciudadanos no se agrupan en rebaños ni se cobijan bajo los techos lucrativos del poder. Sus razonamientos, sus sentimientos y sus intereses marchan por un derrotero muy distinto del que siguen las nomenklaturas privilegiadas y sectarias: tienen familiares y amigos en el resto de España y del mundo, procuran estudiar y vivir de su trabajo, montan empresas, forman familias, disfrutan tanto como pueden del ocio. Los diputados los representan cuando atienden a estas necesidades vitales y los traicionan cuando se van de viaje a Ítaca para edificar castillos de arena sobre las ruinas de hace 300 años. Los traicionados, que son cientos de miles, se cobrarán la deuda en las próximas elecciones.

Al carajo la legalidad

Si los diputados del PSC quieren corroborar a quién benefició su cambio de chaqueta, no deberán buscar la respuesta en los ojos de sus electores, donde casi siempre leerán reproches o algo peor, sino que tendrán que aprender a familiarizarse con los halagos que les tributan los astros del firmamento identitario, los mismos que hasta ayer los denigraban. Al día siguiente de su trastada les llueven flores desde las páginas de La Vanguardia (28/2). Pila Rahola se entusiasma:

Y el PSC acaba de sorprendernos mucho. La nobleza obliga, pues, a elogiar la entereza y autoridad que ha demostrado el PSC ante un PSOE que, en estos temas, no se anda con chiquitas.

Francesc-Marc Álvaro también aprueba, aunque sin olvidar el discurso maximalista:

El PSC parece que ha dicho basta al sucursalismo. Vivimos una época que exige cambios y nuevas miradas. Los dioses de Madrid han sido desafiados por aquellos que, durante décadas, decían "sí, señor". Es la hora de asegurar los grandes consensos en Catalunya, con inteligencia.

Recuerda, empero, que el PSC no ha renunciado a un último compromiso con "la legalidad", pecado este que todavía debe expiar:

CiU, ERC e ECV, en cambio, han votado solemnemente que el pueblo de Catalunya es un sujeto político soberano y que, si el Gobierno cierra todas las vías posibles para realizar la consulta, esta deberá hacerse igualmente, creando una nueva legalidad sobre la marcha, que supere las constricciones del ordenamiento constitucional.

Más claro, imposible. Álvaro copia el discurso con que Hugo Chávez, Cristina Fernández de Kirchner, Rafael Correa, Daniel Ortega, Beppe Grillo... y Artur Mas, que lo ha repetido una y mil veces, mandan al carajo la legalidad de sus respectivos países.

Condimento izquierdoide

Todavía falta una pizca de condimento izquierdoide para sazonar el giro del PSC. Aparece, faltaría más, en El País (28/2), y lo aporta, como es natural, Josep Ramoneda:

La ruptura de la disciplina de voto socialista es un síntoma del resquebrajamiento de los pilares que han sostenido el Estado de las autonomías. El PSC ha jugado un importante papel de partido bisagra en Cataluña, hasta que falto de ideas y obsesionado en la centralidad perdió la voz: "Hechos, no palabras". La incapacidad de percepción de los cambios de la sociedad catalana le han ido dejando fuera de juego. (...) Si el PSC quiere seguir jugando un papel en Cataluña puede no estar a favor de la independencia, pero no puede situarse rotundamente en contra de ella y menos de los procedimientos democráticos.

Es curioso. El mismo crítico que denuncia que "la incapacidad de percepción de los cambios de la sociedad catalana le han ido dejando [al PSC] fuera de juego" y que lo intima a "no situarse rotundamente en contra" de la independencia confesó (El País, 27/11) inmediatamente después de producirse el descalabro del secesionismo el 25-N:

Aquí los medios de comunicación, los institutos de opinión, los académicos y los que nos dedicamos a opinar y escribir de estas cosas tendríamos que hacer una reflexión, porque es preocupante el desconocimiento de la realidad del país que hemos demostrado. (...) No he leído un solo artículo que contemplara la posibilidad de que en estas elecciones se diera un batacazo de esta envergadura. La sociedad catalana ha resultado opaca. ¿Por qué? Por muchas razones, pero principalmente dos: las brumas de las hegemonías ideológicas y de las fantasías políticas contaminaban demasiado el espacio mediático, y nos las acabamos creyendo todos: políticos y periodistas. Y la realidad es insoslayable.

Juegos improductivos

La realidad es insoslayable. Y las cuentas deben ser claras. Cada vez que hacemos números, la mayoría excepcional que debe aparecer reflejada en el censo electoral allí donde las legislaciones permiten referéndums se transforma, en Cataluña, en una clamorosa minoría. Las camarillas sectarias se están organizando para repetir la experiencia dentro de equis años, ensanchando las grietas que dividen a la sociedad española y dentro de ella a la catalana; provocando un irresponsable despilfarro de energías, tiempo y dinero que deberían invertirse en la superación de la crisis económica, en la creación de empleo y en la educación y formación de las nuevas generaciones en un marco de solidaridad y superación de barreras identitarias; y socavando las leyes y las instituciones sobre las que descansa la sociedad abierta. Existe una élite tribal que puede permitirse estos juegos improductivos. Que los practiquen en la Play Station. Y que a los ciudadanos nos dejen en paz.

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