La pregunta del millón

Eduardo Goligorsky

Los ciudadanos de Cataluña tienen que estar agradecidos a los dirigentes de Esquerra Republicana de Catalunya por la franqueza con que formulan la pregunta del millón: "¿Desea una Cataluña independiente? Sí o no". Nada de eufemismos o circunloquios que, como sentenció la portavoz del partido, Anna Simó, serían "un fraude a la ciudadanía". Ellos y sus socios de la CUP saben lo que quieren y no les avergüenza proclamarlo a voz en cuello. Incluso acompañando sus exigencias con toda clase de amenazas, que se traducirían en la bancarrota y el caos de la sociedad cuya independencia reclaman: una semana sin actividad económica, sacar la gente a la calle para una demostración de fuerza. Hasta Albert Rivera, presidente de Ciutadans, les reconoce este mérito (LV, 9/12):

Los republicanos son "coherentes" cuando condicionan su apoyo a los presupuestos a la pregunta de la consulta porque "solo les importa la independencia".

Sólo les importa la independencia, y si esta convierte al nuevo estado en una arruinada y aislada Somalilandia, como pronostican todos los analistas nacionales y extranjeros que no están comprados por la nomenklatura secesionista, tanto peor para los que se tragaron el anzuelo. Los secesionistas tendrán la sartén por el mango y encontrarán la forma de sacarle provecho a su presa antes de la debacle final.

Expertos en chanchullos

Sin embargo, los esquerranos y sus acompañantes del antisistema no pueden desarrollar sus planes con el desparpajo que los caracteriza porque sus socios veteranos, expertos en chanchullos demagógicos, saben que las rupturas escandalosas espantan a los electores prudentes y apegados a la paz social, ya sean trabajadores, profesionales o empresarios, y por lo tanto prefieren los rodeos y las estratagemas envolventes para alcanzar los mismos fines. Esta es la causa de las discrepancias entre los diversos enunciados de la pregunta que los componentes del totum revolutum secesionista proponen para la encuesta imposible. Detalle este último que no hay que perder de vista. Toda la polémica, toda la crispación, toda la fractura de la sociedad y todo el deterioro de la convivencia son producto del empeño que pone una élite endogámica en adueñarse del monopolio del poder mediante una consulta a la que solo se puede definir como imposible.

Aquí es donde aparece lo que Anna Simó, patrocinadora del enfrentamiento cainita, denomina "fraude a la ciudadanía", que consiste en ocultar la palabra independencia sustituyéndola por otras equivalentes aunque menos enfáticas. Empezaron con el eslogan "Cataluña, nuevo Estado de Europa" en la pancarta que encabezaba la marcha de la Diada en el 2012. ¿De Europa? Por supuesto, Cataluña estará en Europa mientras un cataclismo no la desprenda, junto con el resto de España, de la que forma parte, y con Portugal, de esta plataforma continental. Pero lo que querían insinuar los avispados organizadores del evento era que dicho Estado formaría parte de la Unión Europea. Ellos sabían, como hoy tiene que saberlo hasta el más despistado, que esto era y es falso. El hipotético nuevo Estado se pondría, él solito, y conscientemente, al margen de la ONU, de la UE, de la OTAN y de todas las organizaciones internacionales… para mayor regocijo de los fanáticos irredentistas y los antisistema, pero no de los ciudadanos de a pie, que forman la inmensa mayoría de la población.

Piruetas semánticas

Las piruetas semánticas e institucionales encaminadas a eludir la palabra con i (en inglés sustituyen las palabras procaces por su inicial) no tienen fin. "Estado soberano", cuando soberano e independiente son sinónimos en este contexto. "Estado propio"… ¿propio de las cuatrocientas familias que concentran el poder (Fèlix Millet dixit)? Autodeterminación, derecho a decidir, son otros ersatz de la palabra con i.

Los secesionistas más simpáticos, los de la tercera vía, se encubren tras el Estado propio dentro de la España confederada y citan el ejemplo de Suiza. Olvidan que en la Confederación Helvética las consultas abarcan el país íntegro y todos los cantones deben respetar los resultados, ya se trate del servicio militar obligatorio, de los salarios máximos o de la altura de los minaretes.

Desprovisto de ideas frescas, el excorresponsable del desgobierno zapateril, Alfredo Pérez Rubalcaba, sacó de la chistera el Estado federal. Estados Unidos es federal sin atenuantes. Hay estados donde la pena de muerte es legal y en otros no lo es. Lo mismo sucede con el matrimonio homosexual, la eutanasia y el consumo de marihuana con fines terapéuticos o recreativos, legales en unos estados y en otros no. El aborto es legal en todo el territorio y la justicia frena los intentos de ponerle obstáculos. Dicho lo cual, allí el Gobierno no toleraría la existencia de un sistema escolar discriminatorio como el de la autonomía catalana, donde la Generalitat desobedece todas las sentencias judiciales que obligan a utilizar también el castellano, idioma propio de España, como lengua vehicular. En Estados Unidos, cuando el gobernador George Wallace intentó bloquear la entrada de dos estudiantes negros en la Universidad de Alabama, el 11 de junio de 1963, desobedeciendo una ley federal, el fiscal general adjunto, Nicholas Katzenbach, telefoneó al presidente Kennedy y este dispuso la intervención de la Guardia Nacional de Alabama. El general Henry Graham ordenó al gobernador que dejara libre el paso y Wallace se hizo a un lado de mala gana. El episodio pasó a la historia como modelo de un federalismo respetuoso de la Constitución y de los derechos de los ciudadanos. Tome nota Irene Rigau, consejera de Enseñanza de Cataluña, permanentemente insumisa.

Dijo Antonio Garrigues Walker (El País, 5/12): "El sistema autonómico es federal. No lo llamábamos así por pudor". Pérez Rubalcaba debería proponer que no sea anárquico. Federal ya lo es, en exceso. Hasta el punto de que en el ABC del 18 de mayo del 2007 encontramos un titular que dice, citando a quien entonces era su director:

Zarzalejos aboga por reformar la Carta Magna para volver al Estado unitario - Denuncia el "desguace" del modelo constitucional pactado en 1978.

Precisamente porque el conglomerado secesionista es un totum revolutum anárquico, bate records de papelones. Confesó el verborreico Francesc Homs (LV, 4/12):

Si no hay pregunta no hay consulta y si no hay consulta no hay proceso, y si no hay ni pregunta ni consulta ni proceso habremos hecho un ridículo meteórico.

"Cósmico", no "meteórico", corrigió atinadamente Llàtzer Moix (LV, 8/12), pero del ridículo no los salva nadie.

En plan bestia

Un truco útil para formarnos una idea gráfica de la zafiedad de los recursos que los secesionistas emplean para engatusar a los ciudadanos, y del desprecio que sienten por la inteligencia de estos, consiste en comparar sus tácticas con las que un donjuán poco escrupuloso utilizaría para seducir a una jovencita inexperta. Un clon de los agitadores incorregibles de ERC y de los antisistema de la CUP procedería en plan bestia y le espetaría: "¿Quieres follar, sí o no?". O, fiel a los usos y costumbres de sus añorados tiempos feudales, practicaría la coyunda ipso facto sin plantear alternativas. Un clon de los elaboradores de fórmulas inclusivas estilo CDC, o de terceras vías simpáticas como las de UDC o PSC, o de ambigüedades marxistoides pasadas por el filtro de ICV, optaría en cambio por enredarla con halagos sutiles, explicándole que sus padres o su novio sacan provecho de su laboriosidad y sus afanes domésticos, y tal vez planean despojarla de la herencia que le han dejado sus tíos, mientras que él, en cambio, se preocupa por su bienestar y la invita a pasar un fin de semana en Cadaqués. Sin segundas intenciones, claro está, aunque ya se sabe…

Distintos argumentos, distintas sensibilidades, pero el objetivo está siempre camuflado. Cuando se trata de los clones licenciosos de nuestra ficción, su objetivo es follar, con matices de lenguaje, a la jovencita inexperta. Y, cuando se trata de los entes políticos secesionistas que actúan en el mundo real, su objetivo es someter coactivamente a los ciudadanos, o deslumbrarlos amablemente con espejismos tentadores, para hacerlos renegar de los vínculos culturales, económicos, sociales y familiares que los unen a sus compatriotas, y para aislarlos dentro de una burbuja tóxica hostil a los valores del humanismo ilustrado y liberal que tanto costó recuperar al salir de las catacumbas de la dictadura.

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