La pandilla del trágala

Eduardo Goligorsky

Uno de los recuerdos imborrables de mi adolescencia gira en torno al fin de la Segunda Guerra Mundial en 1945, con la derrota de Alemania y Japón. En Argentina, mi país de origen, la dictadura militar, cuyo cerebro era el futuro presidente Perón, simulaba cortar los vínculos con los vencidos que habían sido sus patrocinadores, aunque seguía dando la bienvenida a jerarcas y capitales nazis. En los círculos de la oposición democrática se festejaba que los aliados hubieran exigido la rendición incondicional de los vencidos, rechazando sus ofertas de entablar negociaciones por separado con las potencias triunfantes. Desde entonces la fórmula rendición incondicional quedó asociada en mi memoria a la intransigencia con los enemigos de la convivencia civilizada.

Suturar los desgarros

Nada que ver, por supuesto, con los remedios que habrá que emplear para suturar los desgarros que dejará en Cataluña la tentativa de insurrección que puso en marcha un clan de supremacistas codiciosos. Aquí no ha habido, afortunadamente, tropas enemigas ni choques bélicos, aunque los alzados no se recataban de exacerbar rencores guerracivilistas ni de tratar a la mayoría desafecta como si de rehenes extranjeros se tratara. Pero no es a los dos millones de conciudadanos que mordieron el anzuelo de la mitología etnocéntrica a quienes se les debe exigir la rendición incondicional. La sutura, con ellos, se hará mediante la apelación al diálogo sobre bases racionales encaminado a la reconciliación. Son, repito, nuestros conciudadanos por encima de todo.

¿Por qué vuelve entonces a mi memoria la fórmula de la rendición incondicional? Vuelve porque el Estado Mayor de la intentona golpista y sus aliados políticos y mediáticos van a agotar el abecedario bautizando los planes que traman para recuperar el poder. Ya van por el Plan D, con el caduco Ernest Maragall en el escaparate. Son profesionales del trágala. Y es a ellos a los que la comunidad organizada no les puede hacer concesiones ni aceptar condiciones. Los 3.550.000 ciudadanos que completan el censo electoral pueden y deben llegar a acuerdos con los dos millones de compatriotas engañados. Con la pandilla del trágala, no.

Siguen conspirando

La farsa podría haber concluido cuando el prófugo Puigdemont le confesó a su compinche Toni Comín, en la equívoca intimidad del móvil: "Esto se ha terminado. Los nuestros nos han sacrificado. El plan de la Moncloa triunfa". Pero la farsa continúa porque sobran, entre los sediciosos, los aspirantes a ocupar el trono vacante de la república mostrenca. Y aunque derrotados, tienen la desfachatez de ser ellos quienes ponen condiciones para fingir el retorno a la legalidad que aborrecen y contra la que siguen conspirando jactanciosamente. Por eso su prioridad máxima es la derogación del artículo 155, que el constitucionalismo debe convertir en una barrera infranqueable contra la marabunta totalitaria.

La táctica para montar el nuevo golpe consiste en recuperar lo antes posible los puestos de mando en la Generalitat, y los más astutos buscan un candidato leal a la causa y libre de imputaciones judiciales para ponerlo al frente del proceso reciclado, con los presos y los prófugos en la calle, arengando a la masa nuevamente movilizada. Otra vez el desmadre que nos asfixiaría si no nos protegiera el artículo 155.

Lo más irritante es que se complacen en proclamar a los cuatro vientos que este es el trágala que están cocinando para asaltar las instituciones y completar la depredación social, cultural y económica que iniciaron bajo la férula de la dinastía Pujol.

El paladín Francesc-Marc Álvaro lo planteó a cara descubierta ("President de choque", LV, 22/3):

Hay que acertar en la detección del mal menor, que es lo que toca cuando ninguna carta es buena. A mi entender el mal menor es hacer gobierno y recuperar inmediatamente la gestión de todos los departamentos de la Generalitat.

Propensos a las claudicación

El 1 de abril, Pere Aragonès, nuevo hombre fuerte de ERC en ausencia del penitente Oriol Junqueras, entrevistado por La Vanguardia, conmocionó a la pandilla del trágala cuando dijo: "Habrá que sentarse a dialogar con Rajoy". Los volatineros del PSC y otros correveidiles propensos a la claudicación lo interpretaron como un giro hacia la concordia. Falso. El paleoencéfalo de los supremacistas está inmunizado contra la concordia y Aragonès lo confirmó en sus respuestas:

Hace falta una nueva estrategia independentista. Necesitamos mayorías consolidadas, la recuperación de las instituciones de autogobierno, ganar más apoyos internacionales y fortalecer la sociedad civil para poder dar respuesta a las ofensivas del Estado. (…) La república se tiene que implementar sin fechas. En estos meses hemos hecho todo un aprendizaje. Hemos llegado más lejos que nunca y ahora lo que hace falta es acumular fuerzas y adaptar la estrategia para seguir avanzando.

Gracias por la franqueza.

Toque esperpéntico

El 2 de abril, Francesc-Marc Álvaro vuelve a la carga, citando a Aragonès, Turull y Torrent como expertos en engañar a bobos sin renunciar al trágala ("Héroe de la retirada"):

Según Clausewitz, la retirada es la operación más difícil de todas. También las retiradas tácticas. (…) Acude a mi cabeza la figura del héroe de la retirada. Si alguien de la cúpula soberanista quisiera asumir este papel, debería hacer lo que nadie ha querido hacer desde el 27 de septiembre del 2015: hablar sin miedo de provocar decepciones y recibir un alud de reproches y descalificaciones. Y con capacidad para convencer de la necesidad de una nueva estrategia.

El toque esperpéntico de esta nueva estrategia lo puso, como era de prever, el mamarracho Artur Mas, que se asomó sobre el borde de la papelera de la Historia adonde lo arrojó la CUP para descartar a su gemelo Puigdemont y pedir, precisamente él, desde su estulticia, "inteligencia política" (LV, 2/4):

Artur Mas en declaraciones a RAC1 (…) consideró que en estos momentos la prioridad es "rearmarse" y, desde la "paciencia, constancia e inteligencia política", constituir un gobierno para "plantar cara y tirar hacia delante" (…) "Investir ahora a Puigdemont comportaría abrir más procesos penales contra más personas, lo que se ha de valorar es si vale la pena".

Jordi Juan, astro emergente en la constelación mediática del conde Godó, nos recuerda que el cambio en la hoja de ruta es de forma pero no de fondo ("Llamar a las cosas por su nombre", LV, 2/4):

Frente a esta tesis [de la confrontación por la confrontación], otros sectores defienden que es mucho más inteligente moderar el discurso y ampliar la base catalanista para volver al ataque en un futuro. Quizás es bueno que lo expliciten abiertamente y se digan las cosas por su nombre sin tantos eufemismos. Aragonès ha dado el primer paso.

Evitar la reiteración delictiva

"Para volver al ataque". Estas cuatro palabras sintetizan el objetivo solapado de todos los simulacros de moderación y pragmatismo con que la pandilla del trágala bombardea a la opinión pública desde que tomó conciencia de que debía cambiar la forma, ya que no el fondo, de su hoja de ruta balcanizadora. Llamemos a las cosas por su nombre, como pide Jordi Juan: "Volver al ataque" es, ni más ni menos, el equivalente de la "reiteración delictiva" que el juez Llarena quiso evitar cuando dictó la prisión preventiva de los conjurados.

Aquí no se exigirá la rendición incondicional a los culpables de la voladura de la convivencia, la cultura y la economía de la sociedad catalana, aunque merecen ese castigo ejemplar por el daño que han causado. Pero tampoco se irán de rositas. Si los profesionales del trágala logran ponerse de acuerdo para formar un gobierno a su medida, los tribunales de justicia y el artículo 155 de la Constitución seguirán en pie para frustrar la reiteración delictiva que traen entre manos. Ni un paso atrás en el frente constitucionalista.

PD: Fiel a mis convicciones liberales, critico el hecho de que cuatro ministros cantaran "Soy el novio de la muerte" en el acto de la Legión, en Semana Santa. Pero me repugna el cinismo de quienes, al mismo tiempo que formulan esas críticas, adoptan como himno Els Segadors, con su "buen golpe de hoz" al adversario, o entonan La Internacionalcon el puño en alto, agraviando la memoria de los cien millones de víctimas mortales del comunismo.

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