La manía de prohibir

Eduardo Goligorsky

La manía de prohibir se transmite por las vías más insólitas. Lo lógico sería que si un colectivo padece los rigores de la persecución, contraiga un compromiso solemne con el ideal de libertad y lo ponga al servicio de otros oprimidos cuando conquiste su propia emancipación. Pues no. Con demasiada frecuencia estas víctimas se contagian de los vicios de sus victimarios y utilizan pretextos inverosímiles para ensañarse con sus prójimos indefensos apenas cogen el mango de la sartén.

Por su propia voluntad

Leí complacido un titular promisorio: "Asedio a la intolerancia" (LV, 2/8), hasta que el subtítulo me devolvió a la deprimente realidad: "El Reino Unido prohibirá los tratamientos de `curación´ de homosexuales". Al lado, otra noticia destacada: "España tramita una ley para vetar las terapias", por iniciativa de Unidos Podemos. Prohibir, prohibir, prohibir.

¿De qué estamos hablando? En 1973 la American Psychological Association retiró la homosexualidad de su lista de enfermedades y en 1990 la Organización Mundial de la Salud (OMS) hizo otro tanto. Si no están enfermos, los términos "curación" y "terapia" no se pueden aplicar a las técnicas utilizadas con la intención de modificar las preferencias sexuales y pautas de conducta de los homosexuales que lo solicitan por su propia voluntad. Condición sine qua non: por su propia voluntad. Los intolerantes no son quienes facilitan esta conversión deseada sino los guardianes de la corrección política que amenazan con prohibirla. Estos son los nuevos inquisidores que niegan el derecho de los ciudadanos a elegir libremente su forma de vida.

Traición o deserción

Vivimos en una época en que cada individuo goza del derecho a cambiar de sexo si descubre en algún momento de su vida que su tendencia sexual no es la que le marcan sus documentos, sus órganos y sus rasgos físicos. El Estado le brinda su apoyo en forma de asistencia psicológica, clínica, quirúrgica y social.

Y si el homosexual descubre que no está cómodo -física, psicológica o socialmente- con su forma de vida y desea cambiarla, ¿a quién recurre en busca de asesoramiento cuando se proscribe a quienes se lo pueden dar? Precisamente dos representantes de entidades defensoras de los derechos LGTB reconocen en los artículos arriba citados la existencia de esta contradicción, y lo hacen con un lenguaje que deja a la vista sus propios prejuicios:

Es muy difícil perseguir las terapias de conversión porque a menudo son las mismas víctimas (sic) quienes acuden de forma voluntaria para curarse (sic). "Sienten rechazo hacia ellas mismas por culpa de presiones del entorno familiar, social o religioso y creen que se curarán (sic) si se someten a ellas", explica Eugeni Rodríguez [presidente del Observatori contra l´Homofobia].

El heterosexual que desea cambiar de bando tiene a su disposición todos los medios e incentivos para conseguirlo, en tanto que al homosexual que desea recorrer el camino inverso se le cierran las puertas. La impresión que recibe el observador neutral es que la sociedad actúa como si el primero tuviera el mérito de reencontrarse con su auténtica naturaleza, en tanto que el segundo es culpable de un delito de traición o deserción contra el colectivo al que está destinado a pertenecer orgullosamente durante el resto de su vida.

Un surtido de pecados

Lo que corre peligro de desaparecer si se aprueban estas leyes no es la curación ni la terapia, que no son tales porque no existe una enfermedad, sino el derecho a contar con los medios para modificar los gustos y tendencias del implicado. Al fin y al cabo, si existe un clima de libertad ilimitada para contratar servicios de cambios corporales que van desde la cirugía estética hasta la implantación de piercings y la decoración de la piel con tatuajes, ¿cómo se justifica la súbita concertación de iniciativas para bloquear los cambios de los homosexuales?

Es obvio que las personas e instituciones que presten su asistencia a los homosexuales que la soliciten deberán tener acreditada su solvencia profesional. Y que deberá existir un control estricto para evitar coacciones externas. Sin embargo, todos los patrocinadores de la legislación represiva ponen énfasis en la denuncia de que las organizaciones religiosas practican esta coacción sobre aquellos fieles homosexuales que no abandonan su estilo de vida. Y esta es una injusticia de difícil solución.

Es verdad que las religiones monoteístas anatematizan la homosexualidad. Una buena amiga evangélica no se cansa de repetir que tenemos el deber de obedecer a rajatabla la Palabra del Señor tal como figura en la Biblia. Y esto implica abominar no solo de la homosexualidad, el aborto, el divorcio, el adulterio y un surtido de pecados capitales y veniales, sino también, implícitamente, de los descubrimientos de la ciencia que contradicen dicho texto. Finalmente, son los fieles implicados en el dilema quienes deben decidir cuál es su opción.

Resabios del oscurantismo

Los creyentes, que son cientos de millones, se las ingenian para hacer compatibles sus mitos arcaicos con su existencia en el mundo moderno. No podemos ilegalizar sus creencias, ni prohibirles que las prediquen a quienes quieran escucharlos. Esto lo intentaron los regímenes comunistas monolíticamente ateos, y sus crímenes hicieron palidecer los de las inquisiciones y las guerras de religión. Además, fracasaron en sus propósitos y engendraron nuevos engañabobos populistas, nacionalistas y esotéricos para las masas ávidas de panaceas mágicas.

Una de las virtudes de la sociedad abierta, laica y plural que hemos consolidado trabajosamente consiste en que nos hemos acostumbrado a convivir con quienes profesan ideas diametralmente opuestas a las nuestras… siempre que ellos sean tan tolerantes como nosotros. La armonía se rompe cuando un grupo pretende imponer su concepción del mundo a la totalidad convirtiéndola en ley. Mientras tanto, los herederos de la Ilustración seguiremos confiando en que el empleo de la razón sea el instrumento apropiado para disipar los resabios del oscurantismo sin sacar del osario el verbo prohibir.

Y la razón aconseja que cuando el heterosexual que marcha voluntariamente hacia la homosexualidad se cruza en el camino con el homosexual que marcha voluntariamente hacia la heterosexualidad, ninguno de los dos encuentre obstáculos y ambos se saluden civilizadamente.

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