La hipocresía protegida

Eduardo Goligorsky

Después de consumir durante muchas décadas películas de tesis o con mensaje y cine de arte y ensayo, dije basta y me deslicé gradualmente hacia los géneros policíaco y de acción, incluidos los westerns y los temas bélicos. Cambié a Akiro Kurosawa y Bernardo Bertolucci por Quentin Tarantino y Sam Peckinpah, a Dick Bogarde y Marcello Mastroiani por Arnold Schwarzenegger y Bruce Willis. Sin embargo, confieso que hay una forma de violencia, por desgracia demasiado frecuente en esos filmes, que hiere mi trajinada sensibilidad hasta el punto de hacerme cerrar los ojos: no soporto las escenas de tortura. Obligarme a ver Los cien días de Sodoma de Pier Paolo Pasolini equivaldría, precisamente, a hacerme pasar por un refinado método de tormento.

La tortura es, para mí y para muchos argentinos de mi edad, inseparable de los terrores que vivimos cuando los esbirros del hoy sacralizado presidente Juan Domingo Perón la aplicaban, picana eléctrica en mano, en tres dependencias de la policía: Sección Especial, Orden Político y Orden Gremial. Por supuesto, a medida que avanzábamos en edad y experiencia nos enteramos de que la tortura era una práctica común en todos los regímenes totalitarios, donde se aplicaba en una escala que no habríamos podido concebir ni en nuestras peores pesadillas. Y descubrimos también, escandalizados, que se empleaba y se sigue empleando igualmente en tétricos recovecos de nuestras admiradas democracias.

El mal menor

Este descubrimiento nos impone, a quienes hacemos un culto del respeto a los derechos humanos y al sistema de libertades propio de nuestra civilización, el deber de encontrar una respuesta racional a la contradicción que se plantea entre esta cosmovisión liberal y los medios crueles que el Estado emplea, en las situaciones límite propias de la guerra y el terrorismo, para defenderla. Cuando no podemos encontrar dicha explicación ipso facto, la urgencia del caso sólo nos deja el recurso de acudir a la coartada del mal menor. Y, lógicamente, cuando apelamos al mal menor como justificación, las almas caritativas del buenismo y las almas perversas de la barbarie aprovechan la oportunidad para disfrazarse de fiscales acusadores y convertir a los demócratas y liberales en los malos de la película. Sucedió cuando los aliados bombardearon Berlín, Colonia y Dresde y arrojaron las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki durante la Segunda Guerra Mundial; se repitió durante las dos guerras de Irak, se actualizó cuando los Navy Seals eliminaron a Bin Laden, y recrudece ahora cuando la comisión de inteligencia del Senado de Estados Unidos denuncia que la CIA torturó, asesinó y mintió tras el 11-S.

Se entiende que las almas perversas de la barbarie esgriman este informe para sembrar el desaliento y el rechazo en el frente de nuestra civilización, resquebrajándolo, debilitándolo y dejándolo a merced de futuros ataques. Pero es imperdonable la colaboración que el buenismo presta a la operación derrotista, colaboración que además tiene, en muchos casos, un sutil componente de hipocresía. Los hipócritas saben que sus denuncias y clamores no modificarán la política beligerante de los responsables de nuestra supervivencia, y por lo tanto saben que no se desmontarán los medios deleznables que se han empleado hasta ahora para defendernos de la agresión. Los hipócritas pueden desahogar tranquilamente sus acusaciones porque se saben igualmente protegidos, y esto vale tanto para los que redactaron el informe condenatorio como para quienes lo explotan con fines sectarios.

Submundo tenebroso

La tortura seguirá siendo un arma aberrante puesta en manos de individuos afectados por peligrosas patologías sádicas. No se hablará públicamente de ella ni de sus ejecutores porque forman parte de un submundo tenebroso emparentado con el hampa. De allí salieron los mercenarios corsos que De Gaulle hizo reclutar para combatir a la OAS.

Lo más parecido a una descripción documentada de cómo funciona esta maquinaria implacable lo encontramos en la muy premiada película La noche más oscura que dirigió Kathryn Bigelow (2012). Su guión gira en torno de las actividades encubiertas –torturas incluidas– de los agentes de inteligencia que siguen el rastro de Ben Laden hasta encontrarlo y acabar con él. La agente protagonista es una novata que se endurece a medida que avanza la búsqueda, sobre todo después de ver caer a algunos de sus compañeros asesinados por los yihadistas. Esta fue una de las películas que me hicieron cerrar los ojos en las escenas más crudas de los interrogatorios. Pero excepto para los terroristas y sus compañeros de viaje tuvo un happy end: Ben Laden acribillado a balazos.

En mi artículo "Javier Solana, maestro ciruela" (Libertad Digital, 17/5/2011) reproduje los argumentos buenistas que esta alma caritativa declamó, con aires de superioridad, para demostrar su discrepancia con los métodos ilegales que emplearon los expertos en contrainsurgencia para librarnos del crápula yihadista. Acompañado, en su soberbia, por colegas como Adolfo Pérez Esquivel y Baltasar Garzón. Y por Ignacio Ramonet, Noam Chomsky, Julian Assange y Edward Snowden desde las trincheras declaradamente enemigas.

Escudo protector

El Gobierno de Estados Unidos asume las responsabilidades que le corresponden como principal escudo protector de nuestra civilización, con sus puntos oscuros, y soporta las críticas de los ingratos que le reprochan los desafueros que sólo comete una minoría anómala de sus agentes. Y, afortunadamente, no renuncia a su compromiso de salvar a esos ingratos –y salvarnos a todos– de las sanguinarias y ubicuas embestidas de los bárbaros. El presidente Barack Obama confirmó que no habrá juicios ni purgas en la CIA; y, según informa la prensa (LV, 12/12),

el director de la CIA, después de proclamar el patriotismo de los agentes que arriesgaron e incluso perdieron la vida intentando proteger a los ciudadanos estadounidenses, admitió que algunos agentes "cometieron errores abominables", pero lo justificó en el hecho de que la agencia no estaba preparada para afrontar un desafío terrorista como fue el ataque de Al Qaeda en territorio estadounidense.

Sólo hay que objetar, en esta declaración, el aserto de que los agentes de la CIA actúan para proteger a los ciudadanos estadounidenses. Nos protegen a todos los ciudadanos del mundo libre, como lo vienen haciendo desde los tiempos de la Guerra Fría. Mirando el pasado, los españoles tienen que agradecer a la CIA que financiara el Congreso por la Libertad de la Cultura, el cual organizó el histórico encuentro de demócratas españoles que se celebró en Munich del 5 al 8 de junio de 1962 y que el régimen franquista bautizó con el mote peyorativo de "contubernio de Munich". Lo evoqué en mi artículo "Gracias, CIA" (LD, 16/4/2011).

Desconfiemos de los progres

Hoy, tranquiliza pensar que, con su habitual secretismo, los servicios de inteligencia de los países democráticos, encabezados por la CIA, siguen con atención los acontecimientos que se desarrollan en España y tienen planes para enfrentar las nuevas amenazas, como los tenían en tiempos de la Guerra Fría para frenar la sovietización de Italia y Francia. Los movimientos secesionistas, con ramificaciones irredentistas y antisistema, se movilizan para dislocar, desestabilizar y debilitar a un componente clave del conglomerado económico y defensivo europeo, como es España, y un cúmulo de obsesiones retrógradas les hace dirigir todo su encono contra sus conciudadanos mientras allanan el terreno a las infiltraciones yihadistas y a las franquicias de populismos tercermundistas. Sin olvidar que Rusia y China están rediseñando los mapas geopolíticos con la esperanza puesta en quienes pueden facilitar su entrada en el Mediterráneo.

Desconfiemos de los progres, tan hostiles a los agentes de la CIA y del FBI como a los guardias civiles y los mossos d'esquadra. Y confiemos en que los servicios de inteligencia de Estados Unidos, estratégicamente coordinados con los de España y con los de los restantes aliados de la OTAN, soporten las jeremiadas de los hipócritas con el desprecio que merecen y que, haciendo caso omiso de ellas, nos sigan amparando de los peligros internos y externos, porque de su rigor depende nuestro futuro como sociedad abierta.

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