La convivencia malherida

Eduardo Goligorsky

La mal llamada primavera árabe fue mostrando su verdadera cara a medida que los presuntamente moderados Hermanos Musulmanes consolidaban sus alianzas con los ortodoxos salafistas. Los fanáticos siempre cogen la batuta cuando se les otorga un mínimo de confianza y transforman las primaveras de la convivencia en los inviernos de la sharia. En Cataluña la sharia está circunscripta, por ahora, a una minoría de inmigrantes, pero se ha forjado otra alianza en la que los fanáticos secesionistas pretenden atrasar trescientos años el reloj de la historia para imponer su propia ley, incompatible con nuestro marco constitucional y con los pactos fundacionales de las sociedades española y europea. Aquí, como en todos los ámbitos donde los fanáticos intentan materializar sus dogmas y obsesiones, la convivencia está malherida y el totalitarismo asoma su fea cabeza.

Cuando se producen fenómenos de esta naturaleza, se activan también los anticuerpos de la racionalidad, cuya eficacia depende de la receptividad que encuentran en el sentido común de los ciudadanos. De esos ciudadanos que forman las mayorías silenciosas, pacíficas y productivas, que desprecian a los demagogos y no se lucran, como éstos y sus acólitos, con la conflictividad y el desorden sistemáticamente planificados. Afortunadamente, hoy Cataluña es escenario de esta catarsis terapéutica.

Camarilla retrógrada

Los testimonios de que la convivencia está malherida proceden no sólo de las víctimas directas de la discriminación y la intolerancia, sino, inesperadamente, de algunos de los imprudentes que han echado leña al fuego y hoy se sienten chamuscados. Antoni Puigvert, tenaz divulgador de las tesis secesionistas, pero sensible a los argumentos de quienes las impugnan, describe en dos artículos (LV, 7/1 y 14/1/2013) la reacción intemperante con que los guardianes de las esencias recibieron su tibia tentativa de ser ecuánime:

No hablé de las complicaciones que el proceso soberanista tendrá a lo largo de este año y del otro. Tampoco hice mención de las tensiones que causarán, en el infernal contexto económico, los nuevos recortes que ha anunciado el Govern. Sólo hablé del peligro de división interna que se está produciendo en nuestra sociedad. El proceso iniciado en nombre de la libertad catalana pone en riesgo un bien que considero superior: la unidad civil catalana.

Cuenta Puigvert que uno de sus cofrades, "hombre inteligente y preparado", calificó su argumento con una sola palabra: "Apocalíptico". Y un tertuliano, "joven profesor de periodismo, uno de los valores emergentes de la opinión soberanista", le espetó: "Estás deslegitimando el proceso". Y una semana después, todavía bajo los efectos del shock, Puigvert escribió, con su habitual amago de ecuanimidad:

En un mundo cada vez más mezclado, resulta que los catalanes tenemos gran experiencia en equilibrios. Estos equilibrios se están rompiendo en los espacios privados. Son muchas las anécdotas que se cuentan de amigos, parientes, conocidos y saludados que, acostumbrados a ceder, ahora chocan y se enojan. ¿Qué quiero decir con esto? ¿Qué los que quieren avanzar hacia la ruptura se refrenen? Sólo pongo sobre la mesa un hecho: la evolución de la política catalana lleva, inevitablemente, a una confrontación interna que la mayoría no buscaba.

Fin de la ecuanimidad. Después de confesar, con otras palabras, que la convivencia está malherida, Puigvert exige a los "españolistas" que "abran nuevos pasillos de salida al conflicto político", lo cual implicaría dejar a sus conciudadanos a merced de la camarilla retrógrada. La misma que lo está acosando por su tibieza.

Cualquier referencia a la fractura de la sociedad catalana saca de sus casillas a quienes la usufructúan. Recordemos que, entrevistado por el somatén mediático dos días antes de las elecciones, Artur Mas exclamó (LV, 23/11):

Lo único que me molesta son los gritos de guerra como este de Aznar: "Si quieren romper España, antes tendrían que romper Catalunya". ¡Es imperdonable! Los catalanes tenemos orígenes muy diversos, apellidos diversos, hablas diversas... e intentar dividirnos por ahí, ¡eso me indigna!

Dos años de decadencia

En el apogeo de la escalada secesionista, la división entre los ciudadanos que somos las víctimas de este fenómeno regresivo –división entre los amigos, parientes, conocidos y saludados que enumera Puigvert– aumenta día a día, cualquiera sea nuestra opción. Y la sola idea de que esta situación de crispación y desgarro puede prolongarse durante dos años, como prometen sus gestores, alarma y moviliza a todos los estamentos productivos y responsables de la sociedad catalana, convencidos de que no sólo la convivencia está malherida: también la economía naufragará sin remedio.

Mientras CiU (cuya grave fractura interna es un fiel reflejo de la que padece Cataluña, mal que le pese a Mas) y ERC preparan el terreno para los dos años de decadencia y aislamiento, y mientras los postcomunistas de ICV desempeñan su función de celestinazgo entre las cada día más raleadas filas de un PSC desquiciado, las patronales catalanas piden crear "un clima de diálogo y pacto" entre los Gobiernos (LV, 11/1) y el presidente de la patronal Foment de Treball, Joaquim Gay de Montellà, fue contundente (LV, 18/1):

No queremos un choque de trenes. Ni una sociedad catalana fraccionada.

Francesc de Carreras describió con precisión el clima imperante (LV, 5/1):

En definitiva, los empresarios están más que nerviosos, tanto los grandes como los pequeños. Han hecho cálculos y lo de la independencia les perjudica mucho. Han visto el programa social y económico del nuevo Govern y no lo reconocen como suyo, sino que lo ven como contrario a sus intereses. De "amigo de los empresarios" Artur Mas está pasando a ser el enemigo a batir.

Esto es un quilombo

Para describir el aquelarre que han organizado Mas y su tutor Junqueras debo recurrir a un término del argot argentino que últimamente se está popularizando, por necesidad, en la prensa española: esto es un quilombo, o sea un burdel, pero un burdel donde impera el desorden. Un burdel donde no faltan los compadritos de la CUP, que ambicionan anexarse los míticos Països Catalans. Desde uno de éstos, Valencia, ironiza un leal compañero de viaje del somatén mediático, Josep Vicent Boira (LV, 16/9):

Quien conozca mi tierra, sabrá que deberán pasar generaciones para que los valencianos sigan a los catalanes por esta senda, si es que lo hacen. El lento y aburrido Plan A (el pacto fiscal, el corredor mediterráneo, la exportación y modernización productiva, el respeto por la lengua, la pluralidad estatal...) se podía entender en Valencia. Permitía alianzas. Sin embargo, el energético-turbo Plan B de Mas dejará a muchos en la luna de Valencia.

No hay que ser muy listo para saber que ni Valencia, ni Baleares ni el Rosellón francés caerán en las trampas cazabobos que arman los secesionistas retrógrados. Lo importante es comprobar que tampoco caerán en ellas los ciudadanos de Cataluña. Carles Castro, experto en demoscopia, nos tranquiliza periódicamente con sus cálculos. Ahora analiza las perspectivas del referéndum ilegal (LV, 21/1):

La duda es si ese intento no supondrá un nuevo ejercicio de sonambulismo, condenado a despertar en la cruda realidad tras consumir no pocas energías. Y esa duda se sustenta en los resultados del 25-N. En esa cita, las fuerzas partidarias de un Estado catalán en el marco europeo sumaron el 49,1% de los votos emitidos. Y ese resultado se produjo en unas autonómicas que registraron una participación récord, cercana al 70%. (...) Y la particularidad de esa cifra es que recuerda el desenlace de los referéndums celebrados en la provincia canadiense de Quebec.

(...)

El voto soberanista, sumadas las papeletas de CiU, ERC, CUP y SI, se impuso en 33 de las 41 comarcas (con porcentajes superiores al 60% en doce de ellas, y superiores al 70% en dieciséis). En cambio, sumó menos del 50% de los votos en ocho comarcas, y también en el cómputo global, de modo que su aplastante dominio territorial se vio neutralizado por el peso de una demografía concentrada en media docena de demarcaciones comarcales.

Esas demarcaciones comarcales son las que, tras una hipotética secesión, se secesionarían a su vez para volver a unirse a España y Europa. Para decirlo sin eufemismos: los núcleos rurales menos poblados y más alejados de la civilización urbana son los más proclives a dejarse engatusar por los discursos identitarios y simplistas de los demagogos. ¿Por qué seguirlos? Con un añadido: los secesionistas ya son minoría, pues no alcanzan el 50% de los votos emitidos, pero esa minoría se vuelve insignificante cuando se piensa que suman sólo el 34% del censo electoral.

La convivencia está malherida, la sociedad está fracturada, la crisis económica y el paro nos abruman, los capitostes secesionistas se disputan el control del codiciado botín intercambiando puñaladas traperas y una élite privilegiada se confabula para prolongar la agonía durante otros dos años. Es hora de decirles: Prou! Stop! Arretez! ¡Basta!

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