La clave esotérica del secesionismo

Eduardo Goligorsky

Allá por el año 1949, cuando tenía 18 años, visité en Buenos Aires al diputado radical Emir Mercader, brillante orador y combativo opositor al totalitarismo peronista, para pedirle que me despejara algunas dudas acerca del programa de su partido, en el que yo empezaba a militar. Me acompañaba mi mejor amigo, precoz intelectual comunista, que estaba empeñado en captarme para su redil. Indiferente a mis dudas, el oráculo sentenció solemnemente: "La Unión Cívica Radical encarna la esencia telúrica de la patria". Faltó poco para que la comparación entre la nebulosa metafísica de la esencia telúrica que idealizaba el diputado y la tentadora contundencia del materialismo dialéctico que esgrimía mi amigo me hiciera cambiar de bando. Afortunadamente encontré argumentos más racionales para seguir afiliado al radicalismo hasta que… Pero esa es otra historia, que relato en "La forja de un liberal".

Espacios herméticos

¿A qué viene esta evocación autobiográfica? El episodio, que ya había relegado a un oscuro rincón de la memoria, afloró imprevista y repentinamente cuando leí el consejo que vertió José Antonio Zarzalejos en su artículo "Catalunya y el fracaso" (LV, 5/10):

Hablemos, pues, de la ley; pero indaguemos también en las abisales profundidades de la psique colectiva catalana. De lo contrario, no habrá solución.

¡Las abisales profundidades de la psique colectiva catalana! A menudo he elogiado muchos de los argumentos cargados de racionalidad con que Zarzalejos ha denunciado lo que en este mismo artículo define como "la incansable maquinación nacionalista –'ahora paciencia, luego independencia'–", y este es el motivo por el que me dejó atónito que se enrollara con una entelequia no menos absurda que la esencia telúrica de la patria con que un político admirado quiso encandilarme en mis años juveniles. Si en verdad la solución consistiera en explorar esos espacios herméticos de matriz jungiana, no serían ni los políticos, ni los jueces ni los sociólogos quienes deberían encargarse de desentrañar el misterio, sino Iker Jiménez y su equipo de expertos en fenómenos paranormales. Pero no, el diagnóstico más realista lo dictó un secesionista veterano que sabe muy bien con qué bueyes ara: lo que presenciamos en Cataluña es un "psicodrama tribal" (Francesc-Marc Álvaro, LV, 5/6).

Vale la pena subrayar, además, que la inasible esencia telúrica de la patria que postulaba el diputado argentino en 1949 está emparentada con las abisales profundidades de la psique colectiva catalana que reivindica Zarzalejos en la actualidad. Josep-Lluis Marfany lo demuestra, sin proponérselo, en su desmitificador ensayo La cultura del catalanisme (Empúries, 1995), donde reproduce y analiza textos reveladores de comienzos del siglo XX. Marfany comenta uno, firmado por Bonaventura Riera:

La patria catalana es "este trozo de tierra que la Naturaleza ha colocado bajo un mismo cielo y a orillas de un mismo mar, que hace hablar a sus hijos una misma lengua, que los hace vivir con las mismas costumbres y los hace trabajar con el mismo afán". Hay catalanes, pues, porque hay una tierra catalana, no al revés. (…) Si los catalanes, entonces, son una nación, es porque viven en una tierra determinada que los ha hecho como son y diferentes de todas las otras naciones. La cuestión de cómo se opera esta acción de la tierra se resuelve en términos vagos e irracionales. Lo más habitual consiste en postular, simplemente, la nación como una emanación directa o por intermedio de un espíritu o alma nacional que en realidad no se puede distinguir de la misma nación, como en la conocida fórmula maragalliana: "El alma de un pueblo es el alma universal que brota a través de un suelo".

Usurpación de voluntades

La hipótesis que sustenta ahora Zarzalejos –y que los secesionistas comparten– consiste en que los habitantes de Cataluña protagonizan, por el solo hecho de serlo, un fenómeno que los despersonaliza y los convierte en una especie de ameba gigantesca, en una masa homogénea interconectada en las profundidades abisales de la psique colectiva, por lo que su sociedad ya no la componen individuos dotados de la condición de ciudadanos. Esta hipótesis encierra un agravio imperdonable y, además, injusto. Sin embargo, la política secesionista descansa precisamente sobre la base de esta concepción totalitaria de la sociedad masificada y subordinada al pensamiento único. Para los secesionistas no existen siete millones y medio de catalanes. Curtidos en la usurpación de voluntades, tienen el descaro de afirmar que hablan en nombre de "los catalanes" o de "el pueblo catalán" cuando lo cierto es que movilizan, con todos los recursos del poder, a seiscientos u ochocientos mil adictos en las manifestaciones y los pseudoreferéndums amañados y al 36 por ciento del censo electoral cuando hay comicios.

La realidad, afortunadamente, no da tregua. La singularidad que hoy reclaman, con distintos argumentos, los secesionistas, los federalistas y los eurófobos es la versión actualizada y mal maquillada de la xenofobia y el racismo más añejos. La psique colectiva, engendro del irracionalismo jungiano que el nazismo explotó ferozmente, no existe. Ni la catalana ni ninguna otra. Lo que sí existe en Cataluña, como en todas las sociedades abiertas, es un conglomerado de individualidades ciudadanas, con ideas, intereses, valores, virtudes y vicios distintos y contradictorios. Y sus míticas profundidades abisales están tan fracturadas como su epidermis visible, donde las grietas se hacen cada día más notorias. Ni siquiera los apóstoles de la secesión logran conservar la imagen de monolitismo que cultivan como fachada. Sus ambiciones, sus rivalidades, sus mezquindades, sus intrigas afloran a la hora de la verdad.

Los intríngulis del proceso

Isabel Garcia Pagan, que por su posición en el somatén mediático conoce bien los intríngulis del proceso, no pudo ocultar que cuando el contubernio de partidos secesionistas se reunió en el Palau de la Generalitat para acordar una estrategia post 9-N ese cacharro de "porcelana fina" (Artur Mas dixit) se resquebrajó visiblemente (LV, 5/10):

La procesión va por dentro y a velocidad desconocida. (…) La dificultad de encajar los discursos de unos y otros dejó claro para muchos que la tan celebrada unidad "pende de un hilo" y el horizonte de llegar juntos al 9-N se considera una quimera para algunos de los participantes en el encuentro.

Al fin y al cabo, no será necesario que Iker Jiménez y su equipo de expertos en fenómenos paranormales investigue las abisales profundidades de la psique colectiva catalana que tanto preocupan a Zarzalejos. Bastará con hacer un balance objetivo de los intereses en pugna para llegar a una conclusión tan esclarecedora como la que enuncia Valentí Puig en "Desencuentros en el frente soberanista" (El País, 22/9):

Del business friendly al colectivismo, del valor de la propiedad a su desprestigio, de distintas concepciones de la libertad y de la vida económica, incluso con categorías muy diversas de populismo, el frente secesionista puede tener los días contados.

Todo parece indicar que, cuando la burbuja secesionista corra igual suerte que la inmobiliaria, la buena gente que se embarcó en la nave rumbo a Ítaca descubrirá que el capitán y sus lugartenientes han abandonado a los pasajeros para disputarse los restos más lucrativos del naufragio. Y no es precisamente a las abisales profundidades de la psique catalana adonde los responsables del desbarajuste irán a buscar esos restos, sino a territorios más accesibles y prosaicos. El clan Pujol fue pionero.

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