La carcajada del marciano

Eduardo Goligorsky

Un excelente amigo catalán, hombre de exquisita cultura, vive atribulado por el espectáculo, a su juicio basto y tercermundista, que están montando la nomenklatura secesionista y sus bien amaestrados corifeos. "¿Es para reír o llorar?", me pregunta una y otra vez. Le angustia vivir en carne propia la realidad que Antoni Puigvert describió con precisión en un artículo que cito a menudo (LV, 7/6):

Cada vez es más difícil cenar en paz con amigos de ideas políticas diferentes a las tuyas. En Catalunya, en los últimos tiempos, se está imponiendo una nueva ley no escrita: mejor no hablar de política. "¡Pero si todo el mundo habla de política!", me dirán. Sí, pero sólo cuando están seguros de contar con el clima favorable. Se habla de política sólo en los bunkers y trincheras

Otro escándalo

Hago un esfuerzo para disimular mi propia perplejidad, y lo invito a tomar distancia y abordar este guiñol como si no le concerniera. Como si fuera un marciano que contempla las excentricidades de los habitantes de otro planeta. Y si un marciano asistiera a la pantomima secesionista de Cataluña soltaría una carcajada que resonaría hasta los confines del universo. Aunque no somos marcianos, puestos en la disyuntiva es mejor reír y no llorar.

La farsa se ha vuelto tan ridícula que ni siquiera en el somatén mediático pueden contener la risa. Se burla nada menos que el vicedirector, Alfredo Abián (LV, 2/9):

Los ciudadanos de naturaleza angustiosa se preguntan, a nueve días de la Vía Catalana, si esa convocatoria pretende competir con la Vía Láctea o con el último vía crucis que el papa Francisco organizó en Copacabana. Obviamente, ni se pretende ofender a la ciencia ni, mucho menos, al Santo Padre. Los mismos vecinos apesadumbrados temen que Catalunya, después de lanzar su particular Gordo de Navidad, pretenda organizar también el festival de Eurovisión, como si fuéramos Azerbaiyán. (…) Con todo, lo que nos ha dejado mudos es qué intentó sugerir la presidenta de la Assemblea Nacional cuando exigió a los barceloneses que demostraran si querían ser la capital de la futura Catalunya independiente. Para ello, hay que desplazarse en la Diada al sur de Tarragona para cubrir las vías de agua que tienen los convocantes en esa zona.

Más adelante, Abián hace una enigmática referencia a la posibilidad de que Sitges elimine de su callejero toda referencia a Barcelona por 400 votos en una consulta en la que participe el 3,5% del censo. No es broma, sino una alusión a otro escándalo que Francesc de Carreras denunció con pelos y señales (LV, 17/8):

Particularmente grotesco es el caso de Sitges, donde por iniciativa de la CUP se decidió cambiar el nombre de la plaza de España por plaza del Pou de Vedre y el de la calle España por calle Bassa Rodona. Este cambio de nombre fue sometido a consulta popular de todos los vecinos: participó el 3,4 % de un censo de 18.100 habitantes, es decir, 622 ciudadanos. Votaron a favor del cambio 373 (60 %) y en contra 249 (40 %). 17.478 se abstuvieron. ¡Qué gran clamor independentista!

Todo el tinglado secesionista descansa sobre manipulaciones impúdicas como la de Sitges. ¿Acaso no se oye definir todavía al Estatut del 2006 como el producto de la voluntad mayoritaria de los catalanes, cuando sólo recogió el voto del 36,5 por ciento de los ciudadanos inscriptos en el censo? La hipotética consulta inconstitucional descansa sobre bases igualmente tramposas, calcadas de modelos chavistas y kirchneristas. Los timadores sacan de la chistera un criterio ficticio del Consejo de Europa para secesiones imposibles y confiesan (LV, 26/7):

A diferencia de lo que estableció el Tribunal Constitucional canadiense, que exigía un quórum y una mayoría holgada para la independencia del Quebec, el Consell per a la Transició Nacional toma como referencia los criterios del Consejo de Europa, que acepta como "buena práctica" no exigir quórum de participación y aceptar la mayoría simple de votos emitidos como suficientes para aplicar el resultado.

Disciplinados correveidiles

Presa de la curiosidad tras familiarizarse con esta suma de incongruencias, el visitante marciano intentará descubrir las motivaciones de los habitantes de la minúscula porción del territorio que visita. Genéticamente plurilingüe, leerá que la vicepresidenta del Govern de Cataluña, Joana Ortega, ha dicho, refiriéndose a la controvertida Vía independentista (LV, 23/8):

Lo importante es que la cadena aglutine el mayor número de personas posible y que demuestre que este es un país unido.

Otra sorpresa. La señora Ortega milita en el partido Unió Democràtica de Catalunya, que afirma no ser independentista, pero que está aliado a Convergència Democràtica de Catalunya, que sí lo es, visto lo cual UDC no participará en la cadena, cuya organizadora reivindica el independentismo sin concesiones, aunque la señora Ortega, militante de la no independentista UDC, sí irá para demostrar que "este es un país unido".

¿Unido? Nada más lejos de la verdad. Los secesionistas obraron el milagro de fragmentar la sociedad catalana hasta un extremo que no se conocía desde el comienzo de la Transición. Hoy, una camarilla de disciplinados correveidiles, fabricantes de mitos, organizadores de manifestaciones histriónicas, redactores de argumentarios maniqueístas y usufructuarios de pseudoembajadas rentables usurpa el lugar que ocupaba la clase productiva, desplazando a los Fainé, los Gay de Montellà, los Piqué, los Lara. La fractura se ensaña con los partidos políticos, los movimientos sociales, los círculos de amigos, las familias.

Nostalgias del paleoencéfalo

El marciano ya no ríe. Empieza a tener dudas sobre la racionalidad de sus involuntarios anfitriones. ¿Por qué sólo el 36,5% del censo votó aquel Estatut que los independentistas consideraban un hito histórico? ¿Y si en algunas provincias, municipios y barrios se concentran mayorías que rechazan la independencia? ¿Los gobernantes de una hipotética Cataluña independiente, acostumbrados a tildar de traidores a quienes no les siguen la corriente, tolerarán que las provincias, municipios y barrios donde los no independentistas son mayoría ejerzan su derecho a decidir y continúen siendo españoles?

El secesionista Ferran Requejo explica, sin proponérselo, las razones por las cuales sería ilegítimo e impresentable obligar a los catalanes no independentistas a convertirse en súbditos del nuevo Estado artificial creado a la medida de una élite endogámica (LV, 31/8):

En los términos civilizados de una democracia del siglo XXI no resulta legítimo obligar a los ciudadanos de una colectividad nacional a permanecer dentro de un Estado en contra de la voluntad de la mayoría. En términos políticos resulta completamente ilegítimo; en términos morales simplemente impresentable.

Ferran Requejo y sus compañeros de viaje tendrán que acostumbrarse a la idea de que por lo menos las provincias de Barcelona y Tarragona, más los principales centros urbanos de Lérida y Gerona, inmunizados contra las nostalgias del paleoencéfalo, repudiarán la aventura que a ellos los encandila. Puesto que su modelo es, hoy, Escocia, deberán aceptar el hecho de que si las islas Shetland, Orcadas y Hébridas se plantean independizarse de los independizados (LV, 31/7), aquí puede suceder lo mismo.

Se impondrá la sensatez

En cuanto a España… el marciano puede volver a su planeta con la certeza de que finalmente se impondrá la sensatez. Luis María Ansón lo adelantó en su proyecto de "Respuesta de Rajoy a Artur Mas" (El Mundo, 15/8):

Tras 500 años de Historia unida no se puede dejar a la veleidad de una generación, sin las debidas cautelas, la fragmentación de la patria común. Acertaron los constituyentes. El sufragio universal de los siglos también cuenta. No existe el derecho a decidir sobre una parte del territorio nacional, sustrayendo esa decisión a la voluntad de todos los españoles. ¿Dónde empieza y dónde termina el derecho a decidir? ¿Tienen derecho los alaveses a decidir que su provincia no forma parte del País Vasco? ¿Tienen derecho los tarraconenses a decidir la escisión de Tarragona del resto de Cataluña? ¿Tienen derecho los cartageneros a decidir que Cartagena se convierta en un Estado independiente como Austria o Suecia? ¿Tienen derecho los gaditanos a decidir que Cádiz no pertenece a Andalucía, Al Ándalus norte, sino que forma parte de Al Ándalus sur, integrándose en Marruecos?

Mi amigo atribulado puede vivir tranquilo. Es para reír y no para llorar. ¿Acaso no oye la carcajada del marciano que todavía resuena a través del espacio cada vez que recuerda el sainete que presenció en una comarca privilegiada pero mal gobernada del planeta Tierra? Carcajada a la que se suman las muecas de desprecio con que nuestros socios civilizados de la Unión Europea reciben las iniciativas de los insumisos.

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