La alternativa apocalíptica

Eduardo Goligorsky

El eslogan que Isabel Díaz Ayuso eligió para su campaña electoral puso el dedo en la llaga: “Comunismo o libertad”. Pablo Casado lo personalizó: “Sanchismo o libertad”. Vistos los actos de salvajismo que las bandas sanchicomunistas y sus aliados antiespañoles han perpetrado en Alsasua, la Comunidad Vasca, Cataluña y Vallecas, también propuse “Barbarie o civilización”. Sin embargo, los tres podrían sintetizarse en otro que refleja una alternativa igualmente apocalíptica: “Yugoslavia o España”

El modelo calcado

Seamos realistas. El conglomerado que ambiciona usurpar el Gobierno de la Comunidad de Madrid, utilizando todos los resortes de poder y los medios de propaganda que pone a su disposición el politburó de la Moncloa, trae en las alforjas un proyecto que trasciende los límites de una comunidad autónoma. Ya lo han puesto en marcha en los territorios que controlan, y su objetivo final consiste en desguazar el Reino de España, pasando el rodillo sobre la Constitución del 78 y sobre el Estado de Derecho, para engendrar un mosaico de republiquetas étnicas, con rótulos socialistas o comunistas en lenguas dialectales, calcado del modelo de la difunta Yugoslavia.

Bajo la dictadura del mariscal Tito –comunista heterodoxo por sus ínfulas de caudillo, rival de Stalin y Mao, pero comunista al fin–, Yugoslavia mantuvo latentes las divisiones étnicas y religiosas de sus pobladores para ahogar focos de resistencia organizada, pero apenas muerto el déspota se abrieron las compuertas del odio atávico incubado solapadamente y se desencadenó una sucesión de guerras feroces de todos contra todos.

Contenidos irracionales

El Armagedón yugoslavo, tan impregnado de contenidos irracionales como los choques entre India y Paquistán, o entre las naciones balcánicas, o entre las tribus africanas, o entre las sectas islámicas, nos da la voz de alerta. España ya vivió su propia guerra incivil, corolario de otras anteriores, y esto convierte la convocatoria del 4 de mayo en una prueba de supervivencia mucho más trascendente que una rutinaria contienda electoral.  

Isabel Díaz Ayuso deja de ser la candidata de un partido político rico en virtudes y defectos para convertirse en la campeona encargada de batir al Frankenstein totalitario. ¡Vaya responsabilidad la suya, la de quienes la rodean y la de los ciudadanos que deben depositar su papeleta en la urna! Porque enfrente están los émulos retrógrados de serbios, croatas, bosnios, montenegrinos, macedonios y kosovares agazapados tras falsas pancartas progresistas. Aunque enrolados en distintos partidos que parecen competir entre sí, a la hora de la verdad se unirán en la Asamblea para acabar con las libertades de los madrileños y someterlos al régimen de rupturas cainitas plurinacionales. Una vez consumadas estas, llegará la hora de los enfrentamientos entre las satrapías totalitarias desprendidas de la patria común. Como en Yugoslavia.

Mascarón de proa

Se engañan –y nos engañan– los opinadores que, con la pretensión de ser objetivos, acusan a Ayuso de haber exagerado al elegir su eslogan polarizado. Argumentan que, al fin y al cabo, el candidato del PSOE, Ángel Gabilondo, soso y formal, ha prometido que no pactará con “este Iglesias”. Veamos.  

1) ¿Gabilondo es o no es candidato del partido que cogobernó España hasta ayer mismo con este Iglesias, y que la sigue gobernando acompañado por una vicepresidenta tercera y tres ministros con carnet de comunistas que Iglesias eligió a dedo? 2) ¿Cuando Gabilondo rechaza a “este Iglesias” nos da a entender que se abrazaría, como su jefe Pedro Sánchez, con el otro Iglesias, el que hizo profesión de fe leninista y se emocionó cuando vio que uno de sus sicarios, encapuchado, pateaba a un policía caído en el suelo? 3) ¿Por qué Gabilondo no informa con quiénes sí se propone pactar para reunir la mayoría necesaria, una vez descartado Iglesias? 

Gabilondo sabe que no es más que el mascarón de proa desechable de una operación encaminada a conquistar arteramente Madrid para sumarla al botín que se están repartiendo, entre tiras y aflojas tabernarios, socialistas, comunistas, secesionistas, albaceas de los asesinos etarras y nihilistas antisistema. Pedro Sánchez está en el puente de mando. Pablo Iglesias es el contramaestre encargado de las labores de alcahuetería con los rufianes hispanófobos y la escoria del terrorismo. Y la nave va… hacia los arrecifes, siguiendo el derrotero de Yugoslavia.

Defensa de los valores

Isabel Díaz Ayuso no es la candidata de una parcialidad política en un distrito electoral específico. Las circunstancias han querido ponerla al frente de un movimiento que  trasciende los límites de una comunidad autónoma y que asume la defensa de los valores de nuestra sociedad de libres e iguales, garantizados por la Constitución del 78 y por la Monarquía parlamentaria. Es la muralla contra la que se estrellará la embestida del comunismo, la barbarie y el guerracivilismo clasista e identitario con reminiscencias yugoslavas.

El Reino de España no es ni será la reencarnación de la República Federativa Socialista de Yugoslavia.

PS: Vale la pena releer el libro La Nueva Clase (1956), de Milovan Djilas, por lo que  nos enseña, viajando en el tiempo, acerca de la semejanza entre los privilegios sociales y económicos de los que gozaba entonces la élite del comunismo yugoslavo y aquellos  de los que disfruta ahora la casta sanchicomunista española, con sus vuelos en Falcon, sus casoplones, sus buenos negocios clientelares y sus patrimonios millonarios. Djilas fue un alto jerarca del Gobierno comunista de su país hasta que se desilusionó al presenciar el fariseísmo de sus camaradas y lo desenmascaró, sin renegar por ello del marxismo. Pagó cara su disidencia: pasó diez años en la cárcel hasta 1966.

Aviso para los compañeros de viaje tibios del sanchicomunismo oficial. Si este refuerza su poder, los recluirá también a ellos en el Gulag local junto a los demócratas constitucionalistas. Espabilen ya, votando, como la mayoría racional, por la alternativa salvadora en cuya papeleta confluyen la libertad, la civilización y la unidad de España.

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