Izquierda Unida añora el Gulag

Eduardo Goligorsky

Debemos agradecer a Izquierda Unida que en el borrador de su programa ponga en negro sobre blanco su intención de ceñirse al derrotero totalitario que le marca su ADN comunista. En el capítulo B sobre Derechos y Libertades, el punto 1 promete desarrollar

una acción persistente contra el racismo, la xenofobia, el ultranacionalismo, el chauvinismo, el fascismo, el anticomunismo, la homofobia y cualquier otra forma de discriminación.

Mentiras flagrantes

Solo quien desconozca los entresijos de los conflictos que pudrieron las relaciones entre comunistas rusos, chinos y africanos durante el siglo pasado se puede tragar la patraña de que esta ideología no tiene una fuerte carga racista; quien ignore el papel capital que desempeñó ayer nomás el historiador comunista Josep Fontana en la propagación del odio entre catalanes y españoles puede imaginar a este partido libre de contaminaciones xenófobas, ultranacionalistas y chauvinistas; y quien haya olvidado los pactos entre nazis y comunistas puede confundir el comunismo con una barrera contra el fascismo. En cuanto a la homofobia… es cierto que en los países democráticos ha habido discriminaciones y abusos, pero sólo los regímenes comunistas y nazis y las satrapías islamistas y africanas montaron campos de concentración y exterminio para homosexuales.

En medio de esta nube de mentiras flagrantes que subestiman la inteligencia de los ciudadanos a los que se pretende embaucar con un discurso demagógico antes de las elecciones europeas, aflora la única promesa verídica y creíble del programa: los comunistas van a desarrollar una acción persistente contra el anticomunismo. ¡Chocolate por la noticia! Si esto es lo que han hecho en todos los países donde impusieron su dictadura. Ellos y los nazis comparten la política de partido único en el marco de un Estado totalitario, con controles policiales sobre todos los ciudadanos, con gulags y campos de exterminio para los opositores. Con una peculiaridad: es la cúpula del poder la que decide, en ambos casos, quiénes son los auténticos comunistas y los auténticos nazis, y a los heterodoxos les reservan la misma suerte que a liberales y socialdemócratas. En el bando comunista: estalinistas contra trotskistas, maoístas contra revisionistas. En el bando nazi: SS de Hitler contra SA de Ernst Rohm. Patíbulo tras los Juicios de Moscú contra los viejos bolcheviques. Noche de los Cuchillos Largos tras la cacería de nazis radicales.

Si Izquierda Unida manotea una cuota importante de poder no será fácil hacer campaña contra el comunismo ni reclamar el auténtico derecho a decidir en elecciones parlamentarias libres. ¿A qué medios recurrirán para reprimir el anticomunismo? ¿Habrá checas como las hubo durante el breve periodo en que sus próceres mandaron en Barcelona? Si así fuera, también lo pasarán mal los antisistema y los anarquistas, porque los comunistas son gente de orden. De su orden totalitario, pero orden al fin. Solo fomentan el caos cuando les allana el camino al poder dictatorial. En Corea del Norte, China, Cuba y Venezuela no toleran protestas ni manifestaciones. ¿Convertirán a la Guardia Civil en la KGB, a los Mossos en la Stasi? Y el Gulag, instrumento de disuasión indispensable para poner en vereda a los anticomunistas recalcitrantes, ¿estará en Miranda de Ebro, en homenaje al último campo de concentración del franquismo?

El vientre de la bestia

Para extirpar la plétora de libros y documentos sobre los que descansa la justificación del anticomunismo, los nuevos inquisidores deberán desarrollar una labor titánica en bibliotecas y hemerotecas, idéntica a la que desarrollaron, en busca de otros materiales, sus colegas nazis. El fuego purificador consumirá esos breviarios de anticomunismo que son las obras de Aleksandr Solyenitsin, George Orwell, André Gide, Raymond Aron, Arthur Koestler, Albert Camus, Ignazio Silone, Jorge Semprún, Jean-François Revel, François Furet, Guillermo Cabrera Infante, Severo Sarduy, Mario Vargas Llosa y los numerosos intelectuales que se familiarizaron en el vientre de la bestia con las miserias del comunismo y se sintieron obligados a denunciarlas. El no va más del horror es, por supuesto, El libro negro del comunismo (Ediciones B, 2010), donde Stéphane Courtois y otros excomunistas franceses hacen el balance, bien documentado, de los cien millones de víctimas que los verdugos marxista-leninistas dejaron en el mundo a lo largo del siglo XX. Ocupará un lugar de privilegio en la hoguera que montarán los pirómanos ejecutores del programa de IU para combatir el anticomunismo. A ellos se aplica lo que escribió Jean-François Revel (La gran mascarada, Taurus, 2000):

Los negacionistas pronazis son solo un puñado. Los negacionistas procomunistas, legión. En Francia hay una ley (la Ley Gassol, nombre del diputado comunista que la redactó y que, como se puede comprender, solo ha mirado los crímenes contra la humanidad con el ojo derecho) que prevé sanciones contra las mentiras de los primeros. Los segundos pueden negar con toda impunidad la criminalidad de su campo preferido. Hablo no solo del campo político en singular, sino también de los campos de concentración en plural: el gulag soviético de ayer y el laogai chino, hoy en plena actividad, con sus miles de ejecuciones sumarias anuales, que, por otra parte, no son más que los principales modelos de un tipo de establecimiento consustancial a todo régimen comunista.

Los comunistas abominan de todas las campañas encaminadas a divulgar documentos y testimonios que ayudan a reforzar el argumentario anticomunista, y si bien en las sociedades cerradas donde ellos son todopoderosos el Gulag puede silenciar a los disidentes, sus esfuerzos por ocultar la verdad en las sociedades abiertas terminan en escándalos que los cubren de oprobio.

Entramado de infamias

A finales de 1949 el semanario comunista Les Lettres Françaises, dirigido por el prestigioso novelista Louis Aragon, descerrajó una andanada de calumnias e injurias contra David Rousset, intelectual trotskista que había sido deportado a Alemania por los nazis y que en 1946 ganó el premio Renaudot con el libro L'Univers concentrationnaire. ¿El motivo de tanta inquina? En noviembre de 1949 Rousset convocó a antiguos deportados en los campos nazis para que formaran una comisión encargada de investigar lo que sucedía en los campos de concentración soviéticos. Esto bastó para que el agitprop comunista lo convirtiera en su bestia negra, sin imaginar que el entramado de infamias sería demolido por el testimonio lapidario que Margarete Buber-Neumann dejó impreso en Figaro Littéraire (25/2/1950) bajo el título "Para la investigación sobre los campos soviéticos. ¿Quién es peor, Satán o Belcebú?".

La perversidad del régimen estalinista había hecho que Margarete Buber-Neumann experimentara en carne propia los tormentos del universo concentracionario comunista y de su gemelo nazi, de Satán y Belcebú. Su esposo, el exdirigente del Partido Comunista alemán Heinz Neumann, refugiado en la URSS, fue víctima de las purgas de 1938, y ella fue deportada a su vez al campo de Karaganda, en Siberia. Tras el pacto Ribbentrop-Molotov, en febrero de 1940 Margarete Buber-Neumann fue entregada por la NKVD a la Gestapo junto a otros centenares de comunistas represaliados, muchos de ellos judíos, en el puente fronterizo de Brest-Litovsk. De allí la trasladaron al campo de Ravensbrück, donde sobrevivió hasta que los aliados la liberaron en abril de 1945. Los jueces franceses se rindieron ante las pruebas irrefutables de que el sadismo de los verdugos comunistas no tenía nada que envidiar al de los verdugos nazis.

Antinazis y anticomunistas

La verdad sobre los campos de concentración soviéticos y de los restantes regímenes comunistas se fue divulgando gradualmente, a pesar de que Jean-Paul Sartre y otros intelectuales y políticos adictos se prestaban disciplinadamente a desarrollar "una acción persistente contra el anticomunismo", como reza el programa de Izquierda Unida. El pleno parlamentario del Consejo de Europa se pronunció, precisamente, contra los dos negacionismos cuando aprobó, por 99 votos contra 42, una resolución redactada y defendida por el conservador sueco Goran Lindblat, que sostiene (LV, 26/1/2006):

Mientras que otro régimen totalitario del siglo XX como es el nazismo ha sido condenado internacionalmente y los autores de estos crímenes juzgados, crímenes similares cometidos en nombre del comunismo nunca han sido objeto de investigaciones ni de condena internacional alguna.

Y Tzvetan Todorov, que analizó el vía crucis de Margarete Buber-Neumann y otros similares, fue aun más explícito (Memoria del mal, tentación del bien, Península, 2002):

Si nos situamos en una perspectiva histórica, el comunismo ocupa un lugar central: duró mucho más tiempo, comenzó antes y se extinguió más tarde; se extendió a todos los continentes de la tierra y no solo al centro de Europa; provocó un número de víctimas mayor aun. Desde el punto de vista del presente, su condena es también de mayor actualidad: la mistificación que operó es más poderosa, más seductora, desenmascararla es más urgente. Pero un evidente desequilibrio caracteriza los juicios oficiales sobre ambos regímenes: dejando aparte algunos marginales, el de los nazis es unánimemente estigmatizado, mientras que el comunismo goza aún de buena reputación en círculos mucho más vastos (como, en Francia, su variante trotskista). El antifascismo es de rigor, el anticomunismo sigue siendo sospechoso. En Francia o Alemania, el negacionismo es un crimen castigado por la ley; la negación de los crímenes comunistas, incluso el elogio de la ideología que los presidió, es perfectamente lícita.

El nazismo dejó tras de sí 20 millones de muertos y el comunismo 100 millones, lo que los coloca a ambos al margen de la civilización. La decencia más elemental nos obliga a ser tan anticomunistas como antinazis, aunque Izquierda Unida nos amenace a los anticomunistas con el Gulag resucitado.

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