Hoy salgo del armario

Eduardo Goligorsky

Ya he cumplido 87 años. Desde que perdí a mi esposa, hace tres, cuando estábamos a punto de cumplir sesenta años de casados, dejé de encontrarle sentido a la vida, como bien saben mi cuidadora y mi médica de cabecera, a la que no he vuelto a ver. Para más inri, el mundo al que me había aclimatado en los tiempos felices se ha puesto patas arriba. La vara de los represores ha cambiado de manos. Setecientas mil personas desfilan por las calles de Madrid en el Día del Orgullo Gay. Políticos de primera línea aparecen fotografiados cuando se casan con sus novios.

No me siento con fuerzas para seguir callando que voy contra corriente. Hoy salgo del armario:

Soy y he sido siempre heterosexual.

Un alegato valeroso

Me impulsa a hacer esta confesión de naturaleza íntima la lectura de un alegato valeroso de Joaquín Luna ("Heterosexual y presunto", LV, 15/7), donde acusa, rompiendo el silencio de la corrección política:

Hemos pasado del machismo rancio al linchamiento sistemático del varón heterosexual, hasta el punto de que se está creando –en mi presunta opinión– una cultura de odio al hombre que trata de seducir a mujeres –nuevo deporte de riesgo– con fines tan ulteriores como legítimos. Una ley del péndulo muy española.

Dicta la moda actual que hurguemos en la memoria hasta encontrar alguna ambigüedad que justifique la ideología de género. No obstante mi origen argentino, jamás visité a un psicoanalista para practicar esta retroexploración, pero si lo hubiera visitado habría tenido que contarle que en mi tierna infancia me colaba instintivamente bajo la falda de mi canguro. Más tarde, en el umbral de la adolescencia, el objeto de mi curiosidad fueron las ligas de una parienta que me daba clases particulares y se cruzaba descuidadamente de piernas.

Vive y deja vivir

Mi iniciación sexual se consumó, como era habitual en aquella época, con prostitutas, a las que siempre trataba con familiaridad y respeto, porque tenía conciencia de que desempeñaban una sacrificada e irreemplazable función social. Lo que implicaba, también, combatir sin tregua el proxenetismo. Hasta que mi temprana actividad política me obsequió con mis primeros ligues en comités y asambleas. Y nada de jerarquías machistas: eran las correligionarias maduras, pioneras sin saberlo de la liberación, quienes nos conquistaban a los militantes jóvenes y no tan jóvenes. Después vino el matrimonio.

La homosexualidad era tabú. Pero en mi entorno no despertaba la tentación de lo prohibido. Intuíamos que algunos compañeros del colegio secundario y más tarde de la mili no compartían nuestro gusto por las mujeres, pero el lema era vive y deja vivir. Nunca hubo, en nuestro círculo, actos de discriminación o intolerancia.

Volvamos a mi congénita heterosexualidad. Si bien, como he dicho, la homosexualidad no despertaba la tentación de lo prohibido, había situaciones en que la heterosexualidad sí la despertaba Y era humano ceder a ella. Sin entrar en detalles morbosos, es justo abordar la vida del heterosexual con un criterio realista que demuele la "cultura de odio al hombre", sin por ello idealizarlo o mitificarlo.

Placer de seducir

Mi heterosexualidad, y la de las personas civilizadas con las que siempre me he rodeado, no admite el recurso del acoso y rechaza con repugnancia la sola idea de la violación. El placer de seducir está en las antípodas del abuso de obligar, que en el hombre educado inhibe el deseo. La Manada es un fenómeno patológico que no tiene nada que ver con la sexualidad masculina, como la patología de la asesina del niño Gabriel no tiene nada que ver con la sexualidad femenina. Tampoco el hecho de que la mayoría de pedófilos sean homosexuales autoriza a difamar a este colectivo. Todas las variables del género humano pueden producir monstruos. No solo las sexuales: también las políticas.

Prosigue Joaquín Luna:

No me veo, la verdad, preguntándole a ninguna mujer si consiente explícitamente en darme un beso, si consiente en pasar del beso a la caricia, de la caricia al desabroche de la blusa y de ahí al de la falda –o al revés– como tampoco imagino a ninguna mujer preguntándome si consiento que me toque la entrepierna.

Aquí está la clave de la complementación heterosexual. En el mundo real, la iniciativa puede surgir de cualquiera de las dos partes o, en circunstancias particularmente afortunadas, de ambas a la vez. Existe la mujer que toma la iniciativa de tocar la entrepierna del hombre. Y las industrias de la moda y la cosmética sobreviven únicamente porque las mujeres recurren a ellas para hacerse más atractivas. Más atractivas, ¿para quién y para qué?

Perderán la guerra

Este intercambio estimulado por las hormonas es el que provocó, durante siglos, la reacción furibunda de una multitud de predicadores, que lo satanizaron en sermones y breviarios donde identificaban rutinariamente a la mujer como la culpable de la perdición.

Ahora son las valquirias radicales y sus corifeos progres quienes eligen al hombre como chivo expiatorio para otra campaña contra las fuerzas de la naturaleza que siempre exacerban el instinto persecutorio de sucesivas generaciones de puritanos y puritanas. Mojigatos y mojigatas que, por supuesto, frustrarán muchas vidas atormentándolas con sentimientos de culpa manipulados arteramente, pero perderán su guerra contra ese adversario todopoderoso que es el sexo.

Concluye Joaquín Luna:

Yo me alegro de la visibilidad de la mujer. El 8 de marzo del 2018 fue un antes y un después en España pero hay una corriente que está aprovechando el clima de consenso para atizar, demonizar y despreciar al hombre heterosexual, como si fuéramos un miembro más de La Manada que va por el mundo acorralando a jóvenes en los portales.

¿Han pensado lo ofensivo que resulta que a los hombres que nos gustan las mujeres –y mucho– se nos asocie con personas de semejante calaña? Un poco de respeto. Gracias.

Lo dicho. Hoy salgo del armario. Contra corriente. Sin necesidad de desfilar ni de proclamarme orgulloso de ser como nací. Sencilla y perseverantemente. Soy heterosexual.

A continuación