Homenaje al general periodista

Eduardo Goligorsky

El 5 de junio falleció en Barcelona el general Francisco López de Sepúlveda y Tomás. En su nota necrológica (LV, 10/6), Eduardo Martín de Pozuelo recuerda que además de haber desempeñado cargos como el de jefe de la Escuela de Estado Mayor y el de director del Centro Superior de Estudios de la Defensa Nacional, así como la Agregaduría Militar en la embajada de España en Washington, Francisco de Sepúlveda publicó en La Vanguardia trescientos editoriales y tres mil artículos de análisis internacional y de defensa.

No lo conocí personalmente, a pesar de que durante dieciocho años también publiqué colaboraciones en las páginas de opinión de ese diario, junto a las suyas, pero sus artículos fueron para mí una fuente segura de enriquecimiento intelectual. Los recortaba, los archivaba y los citaba siempre que se presentaba la oportunidad. Sus análisis del acontecer político estaban impregnados de una admirable racionalidad y desmontaba con singular lucidez y desde una perspectiva consecuentemente liberal los argumentos involucionistas del nacionalismo y de la izquierda incorregiblemente totalitaria.

Nacido en Manresa, Francisco de Sepúlveda desempeñó buena parte de su carrera militar en Cataluña, y era precisamente por su estrecha relación con la sociedad catalana que estaba en condiciones de desenmascarar una tras otra las falacias con que el pujolismo iniciaba la paciente marcha hacia la secesión. Pero la racionalidad, la lucidez y la perspectiva liberal son pecados que el nacionalismo no perdona, y cuando José Antich asumió la dirección de La Vanguardia en el 2000, para ponerla al servicio del poder convergente, Francisco de Sepúlveda fue una de las primeras víctimas de su cacería de brujas. Yo fui otra, aunque en una escala infinitamente más modesta.

Ahora, cuando el desbarajuste que incubó el pujolismo está en su apogeo, protagonizado por un tótum revolútum de radicales variopintos, agitadores anticapitalistas y antisistema, vándalos y anarquistas, es oportuno recuperar uno de los artículos de Francisco de Sepúlveda, enmarcado en un contexto premonitorio de la subversión institucional que nos está devorando. El contexto, que incluye las típicas maragalladas que tanto contribuyeron a desnaturalizar al PSC, lo extraigo de mi libro Por amor a Cataluña. Con el nacionalismo en la picota (Flor del Viento, 2002), donde reproduzco, como corolario y como contrapartida terapéutica, lo que escribió Francisco de Sepúlveda acerca de aquellos acontecimientos:

La algarada estuvo a punto de repetirse el 27 de mayo del 2000, con motivo del desfile del día de las Fuerzas Armadas, en Barcelona. Una vez más, el presidente de la Generalitat colaboró subrepticiamente con la provocación, la cual ocultaba su naturaleza antiespañola bajo un disfraz pacifista. El pretexto: que ese desfile recordaba la entrada de las tropas franquistas en Barcelona, el 26 de enero de 1939. El frustrado candidato a presidente de Gobierno por el PSOE, el catalán Josep Borrell, desbarató esta superchería (LV, 26/5/2000):

Dijo que no cabe descalificar la parada militar apelando a la memoria colectiva, ya que la Guerra Civil "no fue entre Cataluña y España sino entre la República y el fascismo", y que el que entró por la Diagonal no fue el Ejército español sino el de Franco. En cambio, Ciutadans pel Canvi, movimiento afín a Pasqual Maragall, fue aun más lejos que los nacionalistas duros, y reclamó el "respeto al derecho de los ciudadanos y ciudadanas a invocar la objeción fiscal como forma de oposición a los gastos militares del Estado" y deploró "toda exhibición pública y solemne de material de guerra porque no contribuye a reforzar la cultura de la paz". Maragall también criticó el desfile.

Según una declaración oficial, "el Govern de la Generalitat lamentó desde el primer día el modo en que se planteó el tema del desfile militar del día 27 de mayo (…) El Govern de la Generalitat considera legítimas las expresiones críticas hacia esta iniciativa del Gobierno central siempre que se produzcan pacíficamente y no atenten contra la convivencia". Pero en el Parlamento de Cataluña, Pujol fue más explícito (LV, 26/5/2000):

"¿Por qué hay este recelo ante el desfile? ¿Por qué el Gobierno se ha olvidado de la Generalitat? ¿Por qué, pese a la evolución positiva de los ejércitos en los últimos quince años, todos los partidos políticos, menos el PP, ayuntamientos y entidades ciudadanas, se sienten molestos? ¿Por qué la Generalitat se siente obligada a mantener una actitud institucional evidentemente reservada? Tenemos que preguntarnos si todo este asunto genera la sensación de que este desfile se tiene que enmarcar en un propósito no solo político que provoca recelos en diversas sensibilidades, que van desde la catalanista hasta las pacifistas y las de signo solidario."

Francisco L. de Sepúlveda fue mucho menos complaciente que Jordi Pujol cuando (LV, 4/5/2000) identificó a

"los sectores que organizaron el bochinche. Una curiosa amalgama de nacionalistas, republicanos, independentistas, comunistas, intelectuales progresistas, pacifistas y culturistas de la paz. De ellos, todos los políticos tienen en común una reciente y seria pérdida de votos. Auténtico cajón de sastre que, a la greña en casi todo, solo coinciden en el rechazo visceral a todo cuanto huela a militar. La moción no de ley presentada por CiU en el Congreso contra el desfile resulta inconcebible en las demás comunidades autónomas, excepto la vasca, y en los países europeos. Además, ¿exige alguien a la Generalitat datos acerca de los gastos patrióticos y culturales nacionalistas que efectúa? (…) Tal cátedra podrían predicar en los Balcanes, India-Pakistán, Zimbabue y otras zonas calientes. Lo malo es que los echarían a pedradas, mientras aquí gozan de buena prensa formando activistas (…) Como militar que siempre estuvo orgulloso de ser y hablar catalán, la historia contada me produce náuseas".

Hasta aquí la transcripción de este fragmento de mi libro. La descripción del marco en que se desarrollaron los acontecimientos y la lectura del artículo de Francisco de Sepúlveda demuestran que, contra lo que argumentan los nacionalistas, el amotinamiento no empezó cuando se limaron unas pocas de las muchas aristas inconstitucionales del Estatuto que solo votó el 36% del censo electoral (en su extensa epístola engañabobos del 9/6 y en su soflama de abstención en el Congreso, Duran Lleida repite la mentira flagrante de que "fue plebiscitado por el pueblo catalán"). El discurso secesionista machaca los mismos estereotipos desde que Jordi Pujol inició en 1980 la larga y paciente marcha hacia la independencia, y su retaguardia congrega a las mismas sectas variopintas, disolventes y totalitarias, que Francisco de Sepúlveda retrató de cuerpo entero. Las fobias son las mismas, las tergiversaciones son las mismas y los gastos patrióticos y culturales nacionalistas son los mismos. La beligerancia secesionista es la misma. El desafío a la legalidad y el desprecio a las instituciones son los mismos. A quien echamos en falta es al general periodista que les descubría las vergüenzas con su argumentación veraz y rigurosa.

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