Hablemos de plebiscitos

Eduardo Goligorsky

El patético funambulista Miquel Iceta, mareado por las piruetas que el PSC hace en la cuerda floja del circo secesionista, se sintió obligado a pedir disculpas por haber evocado el plebiscito que otorgó poderes dictatoriales a Hitler en 1934 asociándolo al proyecto de celebrar elecciones plebiscitarias en Cataluña como paso previo a la declaración unilateral de independencia o DUI (no confundir con el DIU o dispositivo intrauterino). Siempre he rechazado rotundamente la estratagema denigratoria que consiste en comparar el fenómeno secesionista catalán con las aberraciones del nazismo. Éste, he repetido muchas veces, encarna el mal absoluto, en tanto que aquel está condenado a vegetar en el tinglado de la antigua farsa.

La escoria de la Tierra

Una vez hecha esta aclaración, es posible abordar la crítica del secesionismo sin temor a desenmascarar, con la mayor ecuanimidad posible, sus puntos de contacto y sus analogías con las diversas ramas del árbol totalitario, entre las que se cuentan, por supuesto, el nazismo, el fascismo, el comunismo y las nuevas formas de autoritarismo y populismo tercermundistas.

El monolítico aparato de propaganda del secesionismo, con la pirómana Pilar Rahola al frente, convirtió en un casus belli contra sus adversarios, y sobre todo contra el PP, el hecho de que un alborotador gritara "Viva España", con el brazo en alto, en la zona de invitados del Parlament de Cataluña, pero acepta que su cruzada insurgente la encabece ERC, un partido que, según denuncia la misma Pilar Rahola (LV, 21/3), defiende, junto a Izquierda Plural y Amaiur, la satrapía liberticida de Nicolás Maduro. Y como si no les bastara amancebarse con los chavistas, los totalitarios autóctonos aceptan que un emirato salafista que financia a los degolladores de cristianos ensucie con su marca la bandera catalana convertida en segunda camiseta del Barça. Otro disgusto para Pilar Rahola, resignada a aliarse con la escoria de la tierra para librarse del yugo de Madrid, la Unión Europea, la OTAN y el Consejo de Seguridad de la ONU, donde ahora -¡horror!- también se sienta España.

¿Les suena?

Hablábamos, al empezar, de plebiscitos. El primero que recuerdo lo presencié, cuando tenía once años, en las calles de Buenos Aires. Los movimientos nacionalistas financiados por la embajada de la Alemania nazi instalaron en 1942 mesas donde recogían firmas para el Plebiscito de la Paz. Su objetivo consistía en reforzar la política neutralista del presidente conservador y germanófilo Ramón S. Castillo, que, a diferencia del vecino Brasil, se negaba a sumarse al bando aliado durante la Segunda Guerra Mundial. Explica Cristián Buchrucker en Nacionalismo y peronismo (Sudamericana, 1987):

Después de una campaña de seis meses, los nacionalistas lograron entregarle a Castillo una declaración de apoyo a su política exterior, firmada por "casi un millón" de personas (5 de septiembre de 1942). Castillo agradeció el gesto con palabras que algunos interpretaron como una promesa o perspectiva de próxima participación del nacionalismo en el poder. El presidente habló de "la tarea del futuro", reservada especialmente a “la juventud”: la conquista de “la independencia económica” del país.

Obviamente, la embajada de la Alemania nazi representaba a un régimen que se había adueñado del poder absoluto organizando plebiscitos y contando por millones el número de firmas y de asistentes a sus manifestaciones… dicho sea esto sin que el conglomerado secesionista deba sentirse aludido.

Es interesante estudiar cómo acumularon esa experiencia los nazis. En las elecciones de noviembre de 1932 obtuvieron el 37% de los votos. Mediante pactos con algunos de sus antiguos adversarios consiguieron que el 30 de enero de 1933 el valetudinario presidente Paul von Hindenburg designara canciller de Alemania a Adolf Hitler. Escribe Ian Kershaw (Hitler, vol. I, Península, 2000):

Para los propios nazis, claro está, el 30 de enero de 1933 fue el día que habían soñado, el triunfo por el que habían luchado, la apertura de las puertas a un mundo feliz, y el principio de lo que muchos tenían la esperanza de que fuesen oportunidades de prosperidad, progreso y poder. (…) A las siete de esa tarde Goebbels había improvisado un desfile por las calles de Berlín a la luz de las antorchas de los hombres de la SA y de la SS que se prolongó hasta después de la medianoche. Se apresuró a explotar los servicios de la radio estatal que tenía ahora a su disposición para transmitir un comentario conmovedor. Habían participado, según él, un millón de hombres. La prensa nazi dividió la cifra por dos. El embajador inglés calculó una cifra máxima de unos 50.000. Su agregado militar consideró que serían unos 15.000. (…) Eran muchos los que compartían su idealismo, especialmente los jóvenes, que veían el amanecer de una nueva era simbolizado en el espectacular desfile a la luz de las antorchas por el centro de Berlín. (…) La mitología nazi convirtió inmediatamente el día del nombramiento de Hitler como canciller en "el día del levantamiento nacional".

¿Les suena?

Llega el plebiscito

Los 288 escaños sobre un total de 647 que había obtenido el Partido Nacional Socialista de los Trabajadores Alemanes (NSDAP, por su sigla en alemán), o Partido Nazi, con el 37% de los votos se fueron convirtiendo gradualmente en la mayoría absoluta. Tras el incendio del Reichstag, el 27 de febrero, fueron expulsados del Parlamento los 81 diputados comunistas, y la política de alianzas con los partidos conservadores y católicos, sumada a la disolución espontánea o forzada de otros partidos opositores, permitió que el 23 de marzo se aprobara por 441 votos contra los 84 de los socialdemócratas la Ley de Autorización, que otorgaba a Hitler la facultad de gobernar por decreto. El 14 de julio se aprobó la ley del partido único, que, lógicamente, era el Partido Nazi. El 30 de junio de 1934 pasó a la historia como la Noche de los Cuchillos Largos: los sicarios de Hitler asesinaron a Ernst Röhm y a todos los jerarcas de las SA, única fuerza armada que podía disputar la hegemonía al dictador y su círculo áulico.

Sólo faltaba el plebiscito. Y llegó. El 2 de agosto de 1934 murió el presidente Von Hindenburg. Un día antes, él y sus ministros firmaban una ley en virtud de la cual el cargo de presidente del Reich quedaría unido al de canciller. Continúa Ian Kershaw:

Hitler deseaba a partir de entonces, de acuerdo con una norma aplicable "siempre", que se le asignase el tratamiento de Führer y Canciller del Reich. Esta modificación de sus poderes debía someterse a confirmación del pueblo alemán en un "plebiscito libre" programado para el 19 de agosto. (…) El 19 de agosto, el golpe silencioso de los primeros días del mes obtuvo su confirmación plebiscitaria ritual. De acuerdo con las cifras oficiales, el 89,9 por cien de los votantes apoyaron los poderes constitucionalmente ya ilimitados de Hitler como jefe de Estado, jefe de gobierno, jefe del partido y comandante supremo de las fuerzas armadas. El resultado, aunque decepcionante para la jefatura nazi, y menos impresionante como muestra de apoyo de lo que quizás pudiese haberse previsto teniendo en cuenta las evidentes presiones y la manipulación, era muestra, sin embargo, del hecho de que Hitler tenía el respaldo, gran parte de él ferviente y entusiasta, de la gran mayoría del pueblo alemán.

Insultan la inteligencia

Insisto, el guiñol secesionista está a años luz del infierno donde imperaban la Gestapo y los campos de concentración. Pero las técnicas de propaganda, manipulación, masificación, presión social y, en mayor o menor grado, intimidación tienen un aire de familia en todos los totalitarismos y se prestan, por lo tanto, a las equiparaciones simplistas o malintencionadas. No es necesario caer en ellas para desenmascarar las tácticas falaces de sus proselitistas. Éstos se delatan solos cuando, empujados por la soberbia, insultan la inteligencia de los ciudadanos abrumándolos con argumentos elaborados para palurdos ágrafos. Ahí está el belicoso Francesc-Marc Álvaro explicando por qué el 9-N un obediente rebaño debe acudir en tropel a los comités sectarios disfrazados de locales de votación (LV, 3/11):

La foto de las colas de personas que quieren votar será portada por doquier (…) De Rajoy dependerá que las fotos del 9-N sean las de la derrota del inmovilismo o las del mayor descrédito de un gobierno pretendidamente democrático en Europa occidental.

Una sintomática coincidencia me hace sospechar que la voz del amo ha impartido precisas instrucciones a los plumillas del régimen para que sirvan a los corresponsales extranjeros idénticas raciones tóxicas del pucherazo ilegal e incontrolado. El mismo día, en el mismo somatén mediático donde escribe Álvaro, Ferran Requejo se desahoga:

Con una movilización que sea un éxito, incluidas fotos en la prensa internacional sobre el secuestro de la democracia en España. (…) Hace falta que ese día haya urnas y colas de ciudadanos con votos en la mano. Es la imagen más clara de democracia que todo el mundo entiende. (…) A partir del 9-N habrá que internacionalizar el proceso mucho más que ahora.

No, aquí no hay Himmlers ni Berias. Pero aprendices de Goebbels, y mediocres imitadores de la recordada mistificadora cinematográfica Leni Riefenstahl sí los hay. Tendrán que competir con los colegas profesionales que trabajan en Cuba, China, Corea del Norte y otras dictaduras donde los expertos movilizan coactivamente auténticas multitudes, no pintorescas colas convocadas para engatusar a la prensa extranjera y a los espectadores de TV3. Harán un papelón. Otro más sumado a una larga serie.

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