Fraudes a calzón quitado

Eduardo Goligorsky

Los mismos que inventaron el argumento torticero del derecho a decidir y lo convirtieron en un arma arrojadiza contra los defensores de la democracia parlamentaria se han despojado de la máscara y proclaman que se pasan los votos por el arco del triunfo. El portavoz del Gobierno de Cataluña, Francesc Homs, que no se recata a la hora de confesar a calzón quitado los fraudes que se disponen a perpetrar sus cofrades secesionistas para burlar la voluntad de la mayoría de los ciudadanos, lo divulgó a los cuatro vientos (LV, 1/4):

Homs aseguró al respecto que será el número de diputados –un sistema que por la ley D'Hondt favorecería a priori a los partidos proindependencia– y no de votos el que conformará la mayoría.

Sistema electoral corrupto

La trampa viene de lejos, como denuncia el profesor Francisco Morente en un artículo que pone en claro la corrupción del sistema electoral catalán y sus orígenes ("Jugadores de ventaja", El País, 12/12/2014):

El enorme fraude político que supone que Cataluña siga sin una ley electoral propia, incumpliendo así flagrantemente lo establecido en el artículo 31 del Estatuto de Autonomía de 1979. (…) La extrañeza se desvanece a poco que se observen los resultados que se han derivado de funcionar con un régimen electoral pre-estatutario y teóricamente provisional. (…) En las elecciones al Parlament la desviación se produce no tanto por los efectos de la ley D'Hondt como por un reparto del número de escaños entre las cuatro provincias que prima fuertemente a las tres menos pobladas, con mayor peso en las áreas rurales y predominantemente nacionalistas. En las elecciones de 2012, por ejemplo, se escogió un diputado por cada 46.141 habitantes en Barcelona, 30.284 en Tarragona, 28.844 en Girona y 20.036 en Lleida.

La debilidad del secesionismo se hace evidente a la hora del recuento de votos. Carles Castro, que por su condición de experto objetivo en demoscopia se ha convertido en el aguafiestas más encarnizado de los secesionistas, vuelve a ponerlo negro sobre blanco. Después de analizar los datos de las últimas encuestas, y de subrayar que el respaldo a la ruptura con España desciende 13 puntos desde el 2012 y la oposición sube 28; que el apoyo a la secesión ha caído 5 puntos entre el elector secesionista y el rechazo se ha triplicado; y que los votantes de ICV o del PSC que se oponían a la independencia han crecido hasta 37 puntos, llega a una conclusión devastadora para los padres de la hoja de ruta ("Cómo apagar un buen fuego", LV, 5/4):

Por ahora, lo que domina es un estancamiento que casa perfectamente con el techo electoral que el soberanismo nunca ha conseguido romper: poco más del 30% del censo electoral y menos del 50% de los votos emitidos en comicios con una participación superior al 65%.

Las últimas fantasmadas

Tampoco el reparto de escaños, tras el fortalecimiento de Ciudadanos y la multiplicación de partidos populistas y antisistema, augura buenos resultados a los salvapatrias. CiU y ERC, con menos del 50% de los sufragios emitidos y el 33% del censo electoral, reunirían, según las últimas encuestas, entre 67 y 71 escaños, que podrían llegar a 77 con el apoyo de los energúmenos anticapitalistas de la CUP, apoyo que provocaría la desbandada definitiva del sector social que aún confía en la vuelta de CDC al pasado business friendly y del que baila en la cuerda floja de Unió. El aguafiestas Carles Castro también exorciza las últimas fantasmadas de los timadores secesionistas con el conjuro de la razón (LV, 4/1):

A todo ello habría que añadir la consideración institucional de que las fuerzas soberanistas ni siquiera reunirían en la Cámara catalana la mayoría de dos tercios (90 diputados en el Parlament) que suele exigirse en las reformas profundas de los textos fundamentales (las constituciones o, en el caso catalán, el Estatut). Y no parece que la creación de un nuevo Estado pueda requerir menos consenso que una modificación estatutaria.

¡Por fin!

Lo que indigna al observador ecuánime es saber que los secesionistas tienen plena conciencia de su inferioridad numérica y se valen de maniobras espurias para evitar que la realidad los expulse de sus posiciones de privilegio. Son tan conscientes de esa inferioridad que Oriol Junqueras no oculta su ansiedad por sacar de bajo tierra 300.000 votos en el área metropolitana de Barcelona, aunque para ello tenga que echar mano de la aborrecida lengua española. Pero se les ve el plumero y se inicia la dispersión de quienes en tiempo de bonanza fueron serviles aduladores. Es paradigmático de este éxodo de cortesanos el editorial que publicó La Vanguardia con el título "Una hoja de ruta equivocada". Algunas de sus críticas podrían figurar en un manifiesto de Sociedad Civil Catalana. ¡Por fin! Helas aquí:

El documento fue firmado por sorpresa, dado a conocer en Semana Santa sin explicación alguna. Una forma de proceder casi clandestina que contrasta con la épica con que han presentado pactos anteriores y con la importancia que los firmantes conceden al texto. (…) Son muchas las cuestiones que quedan en el aire. Para empezar, en qué circunstancias se aplicaría esa hoja de ruta. En el texto sólo se dice "si así lo quiere la mayoría de la ciudadanía". (…) El documento, en cualquier caso, no especifica cuál sería la mayoría necesaria para que se pusiera en marcha el mecanismo: ¿absoluta?, ¿cualificada?, ¿en votos o sólo en escaños? (…) Los firmantes parecen advertir que se saltarán cualquier decisión del Tribunal Constitucional si la declaración de soberanía fuera impugnada, lo que podría acarrear consecuencias graves. (…) Ni una Constitución puede redactarla una mayoría no cualificada ni su ratificación puede sustituir a un referéndum legal sobre la independencia.

La conclusión es contundente e irrefutable para quienes la analicen con criterio racional:

Pero lo más grave es que el texto ignora factores como lo que pasaría ante una reacción internacional negativa –o incluso de indiferencia– ante una declaración de independencia sin que se haya producido previamente un referéndum reconocido y acordado, como ocurrió en Escocia. (…) Una independencia exprés, planificada en apenas folio y medio, apoyada por una mayoría parlamentaria inferior a la que se precisa, por ejemplo, para reformar el Estatut, no parece la forma más seria de abordar un proceso tan trascendental como el de la independencia y que es obvio que resulta mucho más complejo de lo que se pretende.

Si en lugar de sumarse con disciplina totalitaria al editorial conjunto de la prensa catalana en defensa del Estatut, La Vanguardia hubiera desvelado su flagrante inconstitucionalidad con el mismo rigor con que practica la autopsia de la hoja de ruta, habría ahorrado a nuestra sociedad los sinsabores de la dolorosa fractura que hoy padece y le habría prestado un valioso servicio didáctico y cívico. Ahora, esta tardía enmienda trae reminiscencias del nada edificante comportamiento de los roedores cuando naufraga el barco.

Transparente alegoría premonitoria

Y el naufragio al que asistimos me invita a repescar, una vez más, la magistral y muy transparente alegoría premonitoria que escribió el profesor Pedro Nueno (LV, 21/10/2012). Describe en ella lo que se descubrió en las excavaciones de Catalina, isla del archipiélago Patreuro, situado entre el océano Atlético y el mar Intermediario, en la que hubo una civilización hace 3.000 años. El rey de Catalina, Maseuro, era directo, pero el emperador de Patreuro, Rajano, era complejo: callaba cuando debía hablar, y andaba cuando debía parar. Estalló una crisis tremenda.

Al principio los catalinos protestaron pidiendo la independencia. Había mosaicos con manifestaciones cada vez más malhumoradas por los silencios y paseos de Rajano y las incongruentes respuestas de sus visires Guindillo y Montauro a los visires de Masano. Pero en los últimos mosaicos los catalinos se giraban de repente y empezaban a manifestarse contra su rey, el rey de Catalina y sus visires. Los escribas se dieron también la vuelta y le pedían al rey de Catalina y sus visires planes concretos. Les acusaban de haber engañado a Catalina en beneficio propio. El rey y los visires tenían ahora palacios, carrozas y esclavos, pero los catalinos eran más pobres, había más esclavos libres y con más hambre. Artesanos y mercaderes de otros imperios habían cerrado sus talleres en Catalina trasladándolos a Paneuro. Catalina estaba en quiebra. Se veía en un mosaico cómo unos esclavos libres catalinos crucificaban a un visir que había sido históricamente uno de los principales defensores de la independencia al tiempo que quemaban su carruaje. (…) El rey de Catalina no sabía que la fidelidad de la gente apurada es frágil y cambiante.

Que se prepare Artur Mas. Lo peor está por venir, no de sus adversarios sino de sus visires y sus escribas. Los secesionistas son muy ingratos y no están sobrados de escrúpulos.

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