Faltan las 40 vírgenes

Eduardo Goligorsky

Los talibanes prometen a sus guerreros muertos en combate un Paraíso celestial donde disfrutarán de los favores de 40 vírgenes. El programa electoral de CiU promete a los catalanes independizados un Paraíso terrenal pródigo en todas las riquezas materiales y espirituales que es capaz de imaginar la mente fecunda de un político experto en demagogias. Se burla, a pesar de su afán conciliador, Fernando Ónega (LV, 1/11):

El programa 2020 de CiU no ofrece un país real. Ni siquiera posible, a mi juicio. Ofrece un paraíso donde, por mejorar, mejorarán la curación del cáncer y los accidentes de tráfico.

Sólo faltan las 40 vírgenes para los ciudadanos y la Fuente de Juvencia para las ciudadanas. Todavía están a tiempo de incluirlas en su plataforma de quimeras irrealizables.

A quienes utilizan estos señuelos, y a quienes tragan el anzuelo, se les podría endilgar una variante de aquel célebre "¡Es la economía, estúpido!": "¡Es la realidad, estúpido!". Porque es la realidad la que pincha la burbuja del Paraíso apócrifo y deja al descubierto sus gangrenas latentes. Ni siquiera La Vanguardia, somatén panfletario que la Generalitat secesionista subvenciona con el único propósito de forzar el ocultamiento de esa realidad, puede disimular el hecho irrebatible de que la premisa mayor del programa edénico de CiU es una patraña: la Tierra Prometida no protagonizará el milagro de ingresar en la Unión Europea gracias a los poderes taumatúrgicos de una casta de iluminados oscurantistas anclados en el año 1713. Quien garantice ese ingreso, para conquistar votos, podría reforzar su envite con las 40 vírgenes y la Fuente de Juvencia, igualmente inalcanzables.

La UE se mojó

Después de que el Defensor del Lector del somatén intentara engañar a los quejosos explicándoles que en sus páginas se separaba escrupulosamente la información de la opinión, la edición del 31/10 nos asestó un titular que tergiversaba impúdicamente la noticia: "La UE resiste la presión y no se moja" (sic). La noticia era esta:

El portavoz comunitario [Olivier Bailly] añadió que "hay reglas muy precisas en los tratados sobre la adhesión de un nuevo Estado". El argumento de que los ciudadanos del Estado secesionista conservarían la "ciudadanía europea", añadió, no se sostiene porque "tal y como está definida en el tratado, debe estar vinculada a la ciudadanía de uno de los Estados miembros".

La UE también se mojó, en la misma información, contrariamente a lo que afirmaba el titular, a través de una declaración de la vicepresidenta de la Comisión Europea, Viviane Reding. Esta ratificó

la posición oficial que hasta ahora se recitaba ante cualquier pregunta sobre la hipotética independencia de una región europea: la nueva entidad pasaría a ser un país tercero respecto a la UE, y como tal, debería solicitar su ingreso y lograr el apoyo unánime de todos sus socios para conseguirlo.

Visto lo cual, el ministro de Asuntos Exteriores, José Manuel García-Margallo, aclaró:

No se trata de si España votaría sí o no, porque hay cinco Estados, los que no reconocen a Kosovo, que opinan que una implosión de territorios en la UE no es una buena noticia, más bien un movimiento hacia atrás.

Lo dicho: estos iluminados oscurantistas están anclados en el año 1713, o aun antes, en la Europa carolingia.

El fingido europeísmo

La realidad castiga, inclemente, a los secesionistas, despojándolos de su baza principal: el fingido europeísmo. Pero ahí están los agradecidos usufructuarios de las subvenciones para desfigurar tramposamente la realidad como si de una arcilla maleable se tratara. La Vanguardia se pliega dócilmente a los deseos de Artur Mas, y los destaca en titulares más propios de un afiche partidario que de un diario fiel a la función informativa:

"El mundo económico debe adaptarse al cambio de mentalidad del país" (12/10).

Mas llama al mundo económico a hacer piña con el proceso soberanista. "No hace falta significarse demasiado, basta con no ir en contra", pide el president (23/10).

Para complacer al president se manipulan desvergonzadamente dos noticias con una mala fe que se ve a la legua. Un titular intenta hacernos creer que el 53% de los empresarios consultados por la patronal Cecot "quiere un Estado catalán" y "sólo un 2% de los encuestados quiere seguir como ahora" (12/10). Claro que la letra pequeña disipa falsas impresiones: el sondeo se realizó entre más de 7.000 empresas asociadas a Cecot, pero sólo contestaron 798. El otro titular se jacta de que el 67% de los empresarios de Pimec, patronal catalana de la pequeña y mediana empresa, se manifestó a favor de un Estado propio. Una vez más, la letra pequeña pone las cosas en su lugar: sólo 2.224 empresas respondieron al sondeo, o sea aproximadamente un 12% del total de asociados. Así es como vive del cuento la prensa que disfraza la opinión de información.

El cúmulo de mentiras se ramifica a partir de la consigna espuria del ingreso en la UE, ingreso que hasta el secesionista simpático Josep Antoni Duran Lleida acaba de declarar imposible (El País, 31/10). Lo cual despoja de toda perspectiva de futuro y de toda credibilidad a las elecciones del 25-N, convocadas precisamente, según Artur Mas, para convertir Cataluña en un nuevo Estado de la Unión Europea. Así se explica el temor a la manipulación que podrán hacer de los resultados quienes las convocaron a sabiendas de que conducirían a un callejón sin salida. Al fin y al cabo, son los mismos embusteros compulsivos que canonizaron como mayoritario el Estatuto que sólo votó el 36,5% de los inscriptos en el censo, y que adjudicaron un millón y medio de asistentes a una manifestación que no reunió más de 600.000 personas (según el gurú Enric Juliana).

Los pronósticos sobre una posible mayoría secesionista en el Parlamento de Cataluña chocan con la realidad. "¡Es la realidad, estúpido!", escribí al principio, y la realidad es que los aprendices de brujo han provocado una fractura artificial y perversa en la sociedad catalana. Todo indica que, dada la abstención y los votos negativos, esa hipotética mayoría de parlamentarios secesionistas no representarán la voluntad de la mayoría clara que exige Canadá, digamos el 60%, de los ciudadanos inscriptos en el censo electoral. Ni siquiera representarán a la mitad más uno de los 5.400.000 inscriptos.

La peor alternativa

Emprender una aventura diseñada por un clan de ideólogos, impregnada de rencores seculares, nefasta para la convivencia y desprovista de perspectivas viables para el progreso dentro de la Unión Europea, pero maquillada para intoxicar a una sociedad sensata y pacífica, y para distraerla de sus angustias económicas, será la peor alternativa que se le pueda ofrecer a Cataluña. Sus efectos deletéreos ya son visibles y se manifiestan en la aparición de una intolerancia lingüística y cuasi xenófoba incompatible con el tradicional talante acogedor y cosmopolita de la sociedad catalana. He citado en un artículo anterior el exabrupto discriminatorio y despectivo de Antoni Puigvert (La Vanguardia, 10/9), pero creo oportuno repetirlo en el contexto del clima de crispación fóbica contra los metecos que está generando la ofensiva balcanizadora:

Una gran masa anónima catalana no participa del ambiente rupturista. Una enorme bolsa interna catalana, formada en su mayoría por castellanohablantes (entre los que abundan los parados y los que han abandonado los estudios), parece tener su propio código de señales: entusiasmo por la roja, cultura Telecinco, fricciones con la nueva inmigración. ¿Cómo se comportará este segmento de la sociedad catalana que no participa de los valores y emociones catalanistas? ¿Quién lo articulará políticamente?

Puigvert cabalga sobre la leyenda negra de "la ola anticatalana" que impugnó el Estatuto minoritario y anticonstitucional, y del "odio [que] corría a raudales por radios y periódicos españoles" (LV, 17/9), para lapidar a Alicia Sánchez-Camacho y para desnudar, involuntariamente, la matriz atrabiliaria de su propio discurso:

¿Olvidaron que una de las constantes de la historia de España es la persecución del marrano, del distinto, del que habla como un perro?

Ni más ni menos: esta constante es la que sobrevive en el discurso de Puigvert y de sus cofrades secesionistas contra la "enorme bolsa interna catalana, formada en su mayoría por castellanohablantes", gente inculta, de gustos bastos, políticamente vulnerable, "que no participa de los valores y emociones catalanistas" tal vez porque se ha dejado contaminar por los de la Ilustración y los de Europa y Occidente. Mientras C´s, "igual que los intelectuales que lo fundaron, se opone radicalmente a los ideales del ágora catalán" (LV, 24/9). Distintos, obviamente, de los de la Ilustración y los de Europa y Occidente.

Si la sección de información de La Vanguardia es, contrariamente a lo que piensa el Defensor del Lector, muy poco fiable, la de opinión desprende, con muy escasas y honrosas excepciones, un irrespirable tufillo maniqueísta y medieval.

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