Es nuestra civilización, estúpidos

Eduardo Goligorsky

Mientras los capitostes secesionistas y sus validos se miran el ombligo con la obsesión de celebrar una consulta ilegal, dilapidan los dineros públicos en gigantescas operaciones de ingeniería social, se desentienden de las necesidades más perentorias de los ciudadanos en cuestiones de sanidad y educación, premian a los insumisos y okupas de toda laya y se dan de narices contra las puertas cerradas de las instituciones europeas y de los partidos liberales y democráticos… mientras se entretienen ensimismados en todos los excesos imaginables de la irresponsabilidad, la frivolidad y el autoritarismo, dejan a la sociedad desamparada frente a la acometida de los bárbaros. La prioridad no es la independencia de Cataluña, que los bárbaros internos y externos se zamparán de un bocado en cualquier momento. La prioridad es nuestra civilización, estúpidos.

Ay, la decadencia

Los bárbaros internos resucitan viejos rencores centrífugos desde el flanco derecho. Y exhuman discursos y banderas necrófilas y cainitas desde el flanco izquierdo, donde la única novedad son las franquicias del totalitarismo latinoamericano. Dos carcomas que compiten por su capacidad para socavar nuestra civilización y que, significativamente, comparten la etiqueta nacionalista. Y a ellos se suman los bárbaros externos. El ministro del Interior, Jorge Fernández Díaz, lo advirtió sin pelos en la lengua y con información de primera mano (LV, 25/6):

"En la hipótesis de quienes quieren la independencia", una Catalunya separada de España "sería fácilmente pasto del terrorismo y de las distintas manifestaciones del crimen organizado", al quedar automáticamente “fuera del paraguas de las agencias y los servicios internacionales que en lo posible garantizan la seguridad ante las amenazas globales”.

No es extraño que, desde las trincheras del buenismo, Jorge M. Reverte acusara al ministro de dar argumentos a los secesionistas con su alarmismo (El País, 26/6), pero es incomprensible que Albert Rivera también lo tildara de imprudente (Libertad Digital, 25/6) por explicar, con información contrastada, cuáles son las amenazas que se cernirían sobre la civilización en una Cataluña independiente. Con su habitual profesionalidad, Eduardo Martín de Pozuelo ya había afirmado (LV, 22/6) que "España es uno de los principales focos en Europa para la captación de combatientes musulmanes" y que, dada la importancia de Cataluña en este proceso,

España hace frente a esta situación con la ayuda de agentes secretos de países amigos de la UE que han convertido Barcelona en un nido de espías.

Este es el paraguas protector que desaparecería en la nueva república aislada de la UE. Me imagino a los reclutadores yihadistas interrumpiendo sus degüellos recíprocos para exclamar "¡Alá es grande!" cada vez que las soflamas secesionistas, buenistas y chavistas auguran el debilitamiento del frente defensivo español y europeo.

La confluencia de patologías es obvia y la víctima de los bárbaros internos y externos es nuestra civilización. Sin olvidar que China y Rusia observan, expectantes, los síntomas de nuestra posible decadencia.

Ay, la decadencia. La historia nos advierte de que no se puede descartar esta posibilidad y por lo tanto hay más motivos para redoblar las precauciones. Escribió Mario Vargas Llosa, alarmado por el auge del populismo en las elecciones europeas (El País, 1/6):

¿Qué conclusiones sacar de todo esto? La primera es que el mundo ha cambiado ya mucho más de lo que creíamos y que la decadencia de Occidente, tantas veces pronosticada en la historia por intelectuales sibilinos y amantes de las catástrofes, ha pasado por fin a ser una realidad de nuestros días. ¿Decadencia en qué sentido? Ante todo, en el papel director, de avanzada, que tuvieron Europa y Estados Unidos en el pasado mediato e inmediato, para muchas cosas buenas y algunas malas. (…) Nuevas formas de autoritarismo, como los representados por la Rusia y China de nuestros días, han sustituido a las antiguas, y es más bien la democracia la que empieza a retroceder y a encogerse por doquier, debilitada por los caballos de Troya que han comenzado a infiltrarse en las que creíamos ciudadelas de la libertad.

Caballos de Troya

Extraños caballos de Troya estos que no llevan a los invasores ocultos en la panza sino que cobran vida para transportarlos al galope, montados en las sillas, enarbolando las banderas de la insurrección totalitaria y vociferando sus amenazas contra las instituciones sobre las que descansa la sociedad abierta. Dos artículos aparecidos recientemente desenmascaran a estos jinetes del Apocalipsis. José María Lassalle alertó ("España en Weimar o Bolivia", El País, 2/6):

Las elecciones del 25 de mayo han legitimado todo aquello que significa la antipolítica: ser antesala del totalitarismo y soporte de una emocionalidad populista que rechaza los cauces deliberativos racionales que sustentan el modelo de legalidad institucional representativa. Cauces, por cierto, que ha decantado la experiencia política de Occidente a partir de las revoluciones transatlánticas para precavernos de la tiranía, venga de donde venga. (…) Este diagnóstico hace que todo el continente comparta la emergencia de un populismo polifacético que participa de una retórica que sintoniza a [Carl] Schmitt con [Antonio] Gramsci. El objetivo es desestabilizar el statu quo institucional, tanto a escala nacional como europea. Y todo ello con el fin de sustituirlo por aclamación multitudinaria a través de una constelación de formulaciones mágicas que piensan utópicamente que la complejidad del siglo XXI se resuelve de manera milagrosa, en tiempo real y a golpes de tuit de 140 caracteres.

Lassalle lo tiene claro: Le Pen y Podemos son componentes del mismo Leviatán totalitario, aunque parezcan situarse en polos opuestos. Y Antonio Elorza completa el retrato robot de los enemigos de nuestra civilización en "La ola" (El País, 16/6) cuando describe con precisión minuciosa el miniestado chavista, intolerante y represivo, que el trío Monedero-Iglesias-Errejón montó en la Facultad de Políticas de la Complutense, miniestado chavista que ahora pretenden recrear a escala nacional con el sello Podemos.

Elorza se remite a las enseñanzas de la película La ola (2008), de Dennis Gansel, inspirada en un hecho real, y explica:

Los ingredientes que dan forma a una mentalidad totalitaria son cuidadosamente individualizados en La ola: a) una ideología simple y maniquea que permite la designación del otro como enemigo; b) la formación de un grupo altamente cohesionado, en torno a unos signos identitarios; c) la existencia de un líder carismático, que fija los objetivos de la acción y detenta los mecanismos de control y vigilancia; d) la pretensión de ser reconocidos como únicos representantes legítimos de su colectivo; y e) el recurso a la violencia -física, verbal- para eliminar a opositores y disidentes.

Elorza describe, punto por punto, cómo los fundadores de Podemos aplicaron esta fórmula en el ámbito universitario, incluyendo las intimidaciones físicas y verbales a opositores y disidentes.

Fuerzas bárbaras y atávicas

Los valores que debemos defender con uñas y dientes son los de nuestra civilización y no los que crían moho en un tinglado arqueológico amañado del siglo XVIII, ni tampoco los que sirven de coartada para oprimir a las masas en las satrapías del Tercer Mundo. Cuidado: el fenómeno Podemos y la visceralidad secesionista despiertan, sumados, el apetito de los buitres que sobrevuelan nuestro espacio. El exjuez Baltasar Garzón se ofrece a abandonar transitoriamente el asesoramiento de espías antioccidentales y manipuladores kirchneristas de la justicia argentina (LV, 21/6) para

reunir en una coalición electoral a todas las plataformas que buscan un "cambio social". Garzón realizó un llamamiento a otras plataformas, movimientos, marcas o partidos para que unifiquen sus propuestas y ser "quienes decidan el futuro del país".

Niall Ferguson reproduce en Civilización. Occidente y el resto (Debate, 2012) una descripción espeluznante de la suerte que corrieron los romanos en manos de los bárbaros, tomada de la monumental Historia de la decadencia y caída del Imperio romano, de Edward Gibbon. Fue la última vez que Occidente se derrumbó. Sentencia Ferguson:

Hoy, muchas personas en Occidente temen que podamos estar viviendo una especie de secuela. Cuando se reflexiona acerca de lo que causó la caída de la antigua Roma, tales temores parecen no resultar del todo imaginarios. Crisis económica; epidemias que devastaron la población; inmigrantes que invadieron las fronteras imperiales; auge de un imperio rival -Persia- en Oriente; terror en forma de los godos de Alarico y los hunos de Atila… ¿Es posible que después de tantos siglos de supremacía, hoy estemos afrontando una coyuntura similar?

El mismo Ferguson encuentra la respuesta en una exhortación de Winston Churchill:

La civilización no durará, la libertad no sobrevivirá, la paz no se mantendrá, a menos que una inmensa mayoría de la humanidad se una para defenderla y para mostrar que se halla dotada de un poder policial que infunda temor a las fuerzas bárbaras y atávicas.

Entérense las fuerzas bárbaras y atávicas: es nuestra civilización, estúpidos.

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