El votante colectivo no existe

Eduardo Goligorsky

Me asombra que muchos editorialistas y formadores de opinión –entre los que se cuentan algunos que me inspiran gran respeto– deduzcan, basándose en el resultado de los comicios, que los votantes han transmitido a los electos el mandato colectivo de entenderse entre ellos para coordinar una política que favorezca el interés general. Semejante hipótesis lleva a imaginar la existencia de un gigantesco cerebro central del que se desprenden millones de apéndices o tentáculos invisibles, conectados a los ciudadanos, para ordenarles cómo deben repartir los votos entre los partidos con el fin último de lograr una distribución de escaños acorde con el plan previsto por la inteligencia superior. Por ejemplo, el catedrático Alfredo Pastor escribe ("De lo viejo y de lo nuevo", LV, 5/1):

La cosa no puede estar más clara: el elector español le ha dado a su partido mandato bien preciso de entenderse con los demás. Por primera vez, ninguno puede mandar sin atender a los otros; no bastará con soportar, ni siquiera con escuchar las voces discrepantes: habrá que tomárselas en serio. (…) "Todavía no", ha dicho nuestro electorado a los partidos emergentes, eso sí, después de concederles una parte considerable de sus votos.

Nicolás Sartorius y Diego López Garrido lo repitieron en versión progre ("Diagnosticar, acordar… investir", El País, 6/1):

Estamos ante retos extraordinarios, que exigen grandes acuerdos. (…) Eso es parte del mensaje que el pueblo español emitió el 20-D.

Una burda coartada

Habría que remontarse a los clásicos de la ciencia ficción para visualizar un fenómeno como este, en que los electores de todos los partidos se fusionan en un votante colectivo capaz de redistribuirse por todo el censo para imponer su ley de entendimiento por un lado y de contención transitoria por otro.

Pero el votante colectivo no existe. Kepa Aulestia lo certificó en "Liquidar al otro" (LV, 29/12/2015):

Las elecciones que dan un reparto igualado de escaños son recibidas siempre con una conclusión falaz: los votantes reclaman diálogo y acuerdo entre diferentes. No. Cuando las urnas dibujan un panorama tan fragmentado como el que ofrecieron el 27-S y el 20-D, al dividirse los ciudadanos entre opciones que se han empeñado en mostrarse divergentes durante la campaña, sólo cabe discutir sobre si la sociedad ha reproducido o ha inducido la fractura partidaria. La moraleja sobrevenida de la llamada al pacto de gobernabilidad por parte de ciudadanos conscientemente divididos en su voto no tiene ninguna base.

José María Ruiz Soroa opinó lo mismo más sucintamente ("No ha votado España", El País, 31/12/2015):

El 20-D no ha hablado la sociedad ni el pueblo, sino los ciudadanos individuales.

Lo que se desprende de este enfoque realista es que son los dirigentes de los partidos más votados quienes deberán asumir la responsabilidad de los pactos, si los hay, o de la convocatoria a nuevas elecciones, si se frustran. Con el añadido de que deberán hacerlo con la vista puesta en el futuro y en el bienestar general, aunque a corto plazo defrauden las expectativas de algunos de sus votantes. Descargar la responsabilidad sobre los hombros del votante colectivo, que no existe, es una burda coartada.

Puñales metafóricos

En Cataluña, los gerifaltes secesionistas no se preocuparon por descifrar si el mensaje de las urnas provenía de un votante colectivo o de ciudadanos individuales. Artur Mas explicó sin recato que las nuevas elecciones habrían implicado "un riesgo de distorsión, un lío grande" y que, al fin y al cabo, había obtenido, mediante el acuerdo, "aquello que las urnas no nos dieron". Su dedo consagró presidente de la Generalitat a Carles Puigdemont, como el de Jordi Pujol lo había consagrado a él, y ahora es este vástago de las tenebrosas carlistadas gerundenses quien deberá cuidar sus espaldas para que no le suceda lo mismo que a su predecesor. Fue el gurú Enric Juliana quien pronosticó, con dotes de visionario ("La gestión del miedo", LV, 26/7/2015):

Mas debe morir políticamente –esta es la doctrina– y se espera que el puñal que lo elimine surja del artefacto electoral que él mismo acaba de poner en pie. Que la ambición de un Ricardo III catalán acabe con Mas.

Veremos cuánto tarda en aparecer otro Ricardo III catalán decidido a acabar con Puigdemont, pero vista la afición de convergentes, esquerranos y cupaires a blandir puñales metafóricos en sus riñas intestinas, es probable que estemos asistiendo a la primera y última pantomima de quien figurará en una nota al pie de página en los libros de historia como Carles el Breve.

Aventurero frentepopulista

Queda por resolver el intríngulis de España. Puesto que el votante colectivo no existe, los dirigentes de los partidos con probabilidades de gobernar tendrán que hacer malabarismos para compaginar sensibilidades e intereses hasta sumar mayorías estables o minorías toleradas. Y aquí sí pesan las opiniones de sus votantes individuales que, digámoslo de antemano, nunca quedarán totalmente satisfechos.

Es evidente que el sector moderado, liberal y pragmático habría preferido la mayoría absoluta del PP y C's. Pero no fue posible. Su último recurso, antes de convocar nuevas elecciones, es el acuerdo programático con el PSOE.

¿Con qué PSOE? No el del aventurero frentepopulista Pedro Sánchez, que prostituye la noción de progreso incluyendo en ella tanto a la élite descamisada del chavileninismo que se aglutina en Podemos como a objetos nacionalistas no identificados. Es con estos con los que promete "tender puentes" cuando critica la presunta intransigencia de Rajoy y repite, intercalando propaganda encubierta de una bebida energética, el disparate favorito de los secesionistas y los desnortados de la tercera vía: que esta intransigencia "da alas" al independentismo.

Falso. La negativa a claudicar frente a la insurrección no aumenta el número de secesionistas, que gira alrededor del 36% del censo electoral desde el 2006, sin llegar jamás al 50% de los votos emitidos, y sólo los complacientes con los alzados, como el mismo Sánchez, utilizan este argumento para ablandar la resistencia al desguace. Y luego obsequian senadores a los secesionistas y les prometen "blindar la historia, la lengua y la cultura catalanas" en una nueva Constitución hecha a su medida. Sánchez y sus lenguaraces en territorio comanche, Miquel Iceta y Carme Chacón, no son socios fiables sino desaprensivos fermentos del caos.

Aparentemente existe otro PSOE que conserva las esencias socialdemócratas afines a las de su equivalente alemán. Si este PSOE saliera de la hibernación, sería el aliado ideal para configurar, con el PP y C's, una mayoría indestructible. Una mayoría que dejaría en evidencia la fragilidad interna de los grupúsculos nihilistas y totalitarios que monopolizaron las redes sociales para ocultar, tras su mensaje demagógico, la fragmentación sectaria que siempre ha sido congénita en la izquierda radical.

Si se forja el acuerdo mayoritario en esta legislatura, tanto mejor. Si es necesario convocar nuevas elecciones, habrá llegado el momento de que cada ciudadano garantice con su voto, individual y meditado, que no se repetirá el trapicheo de escaños ni se entregarán las llaves del poder a los ideólogos del Leviatán retrógrado, sea este clasista antisistema o nacionalista identitario. Dos lacras –el clasismo antisistema y el nacionalismo identitario– que el estratega Gerardo Pisarello, alter ego de la alcaldéspota Ada Colau, propone fusionar, para el asalto al poder, mediante los mecanismos que describe en un artículo muy explícito: "Debates constituyentes" (El País, 20/1).

La magnitud y la inmediatez de la ofensiva totalitaria hacen aun más perentorio el entendimiento de los demócratas, preferentemente en esta legislatura, con el respaldo de una ciudadanía que tiene motivos sobrados para sentirse amenazada: están en juego nuestra libertad, nuestro bienestar y nuestra convivencia en paz.

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