El secuestro de Mandela

Eduardo Goligorsky

Carlos Alberto Montaner sintetizó, en muy pocas palabras, la trayectoria política de Nelson Mandela: "Entró en la prisión como un Lenin justamente colérico y 27 años más tarde salió como un Gandhi sensato y apacible". Los mercaderes internacionales del odio, desprovistos de escrúpulos, se empeñan ahora en secuestrar la figura de Mandela, tergiversando los hechos históricos y poniendo todo el énfasis en aquella primera etapa superada, para apropiárselo e incorporarlo a su galería de déspotas canonizados.

Carne de cañón

Atilio Borón, politólogo argentino enrolado en la corriente totalitaria antisistema que lidera el antiguo cómplice de las Brigadas Rojas italianas Toni Negri, urdió un paralelismo obsceno en el house organ del kirchnerismo Página 12 (7/12):

Se dice que [Mandela] fue el hombre que acabó con el odioso apartheid sudafricano, lo cual es una verdad a medias. La otra mitad del mérito le corresponde a Fidel y la Revolución Cubana, que con su intervención en la guerra civil de Angola selló la suerte de los racistas.

Borón llevó la desmesura de su servilismo hasta el extremo de equiparar al megalómano dictador tropical con el emancipador sudafricano aplicándoles a ambos el título de "dos gigantescos estadistas y revolucionarios". Para jactarse, a continuación, de que

entre 1975 y 1991, cerca de 450.000 hombres y mujeres de la isla pasaron por Angola jugándose en ello su vida. Poco más de 2.600 la perdieron luchando para derrotar el régimen racista de Pretoria y sus aliados.

Lo que oculta Borón es que Fidel Castro pagaba con la vida de esos hombres y mujeres la ayuda que le proporcionaba la Unión Soviética, potencia que utilizaba a los cubanos como carne de cañón para expandir su área de influencia por África. Ya en 1965, el Che Guevara había desembarcado en el antiguo Congo belga con un puñado de milicianos para hacer realidad, una vez más, su consigna de que "el revolucionario debe ser una eficaz, violenta, selectiva y fría máquina de matar". Su aliado fue nada menos que el carnicero Laurent-Desiré Kabila, futuro dictador de la República Democrática del Congo que moriría en su ley: asesinado por sus propios guardaespaldas.

También calla Borón que el jefe del ejército expedicionario que combatió en Angola fue el general Arnaldo Ochoa Sánchez, declarado Héroe de la Revolución y fusilado luego, junto al coronel Tony de la Guardia y otros dos oficiales, tras un juicio fraguado de corte estalinista, el 13 de julio de 1989. El general Patricio de la Guardia, hermano gemelo de Tony, fue condenado a 30 años de cárcel, pero tres años más tarde dio a conocer, mediante una carta sacada clandestinamente de la prisión, los verdaderos motivos de aquella purga: por un lado, Castro temía que la popularidad de Ochoa lo convirtiera en un rival peligroso; y por otro, todos los ejecutados conocían los entresijos de los acuerdos del Gobierno cubano con el narcotraficante Pablo Escobar para organizar vuelos que llevaban droga a Estados Unidos y volvían con maquinarias y productos sobre los que pesaba el embargo (ver "Las purgas de Fidel", de Maite Rico, El País, 8/3/2009).

Insulto a la inteligencia

La equiparación de Fidel Castro con Mandela que intenta endilgarnos Borón es un insulto a la inteligencia por otros muchos motivos. Para empezar, los milicianos enviados a África eran negros -incluidos los que acompañaron al Che- porque así evitaban despertar la suspicacia de los nativos, y corría la voz de que la dictadura castrista aprovechaba esta circunstancia para librarse de una parte de la muy numerosa colectividad afrocubana que seguía, y sigue, siendo víctima de discriminaciones. La mínima representación simbólica de los negros en el Buró Político del Partido Comunista y en el Consejo de Ministros es una prueba de que la retórica igualitaria de los revolucionarios es pura bazofia.

Los cubanos que se atreven a trasladar a su país las enseñanzas de Mandela pueden terminar emulando el martirio de su maestro. Recuerda Montaner que en Cuba existe un apartheid que separa a los privilegiados comunistas de los marginados y perseguidos disidentes. Pero lo que exigen muchos de estos disidentes es que no se los discrimine por el color de su piel. Si Mandela hubiera vivido en Cuba, habría descubierto que la solidaridad que Castro brindaba a los luchadores sudafricanos no la aplicaba en su propio feudo y sólo era una estratagema de la Guerra Fría.

La represión contra los émulos cubanos de Mandela acaba de cobrarse una nueva víctima. Roberto Zurbano, director del Fondo Editorial de Casa de las Américas, denunció en un artículo publicado en The New York Times la incapacidad del Gobierno cubano para acabar con el racismo y las desventajas de los negros para beneficiarse de las reformas. Su destitución fue fulminante. Diario de Cuba reproduce algunos de sus argumentos:

Los cambios son las últimas noticias que salen de Cuba, aunque para los afrocubanos como yo son más un sueño que una realidad. (…) La diferencia económica creó dos realidades contrastantes que persisten hoy. La primera es la de los cubanos blancos, que han movilizado sus recursos para entrar en una nueva economía impulsada por el mercado y cosechar los beneficios de un socialismo supuestamente más abierto. La otra es la de la pluralidad de los negros, que es testigo de la muerte de la utopía socialista.

(…)

Ahora, en el siglo XXI, se ha hecho evidente que la población negra está insuficientemente representada en universidades y en las esferas de poder político y económico, y sobrerrepresentada en la economía sumergida, el ámbito penal y los barrios marginales.(…) Un importante primer paso sería conseguir un conteo oficial preciso de los afrocubanos. La población negra en Cuba es mucho mayor que la reflejada en los números de los censos recientes. El número de negros en las calles socava, de la forma más obvia, el fraude numérico que nos sitúa en menos de una quinta parte de la población.

Hay que repetirlo: la destitución de Roberto Zurbano fue fulminante.

Académicos del maniqueísmo

Xavi Ayén comenta (LV, 8/12) que "Wendy Guerra (La Habana, 1970) debe de ser la chica más blanca de toda la isla de Cuba". Sin embargo, su nueva novela, Negra, tiene como protagonista a "una negra tan negra y tan bella como la noche que se desnuda para denunciar el racismo de su país". O sea de esa Cuba que enviaba a sus milicianos negros a morir combatiendo contra el racismo… en África. Wendy Guerra habla en la entrevista que le hace Ayén con la prudencia de alguien que no se exiliará de Cuba, pero no se abstiene de explicar las razones que la impulsaron a escribir su novela: Cuba es un país racista, gobernado básicamente por blancos, donde

lo de los negros es un problema grande, que debe ganar visibilidad, no podemos esconder la cabeza bajo el ala porque si no empezamos a hablar en serio de ello no hay quien lo arregle. (…) En realidad el Gobierno trabaja contra la discriminación, las políticas son correctas pero existe una enorme discriminación individual, la gente está cargada de prejuicios, las madres te aconsejan que no te cases nunca con un negro. El estigma permanece. Los negros proceden de estratos sociales muy pobres.

Añade el entrevistador: "Guerra vive en La Habana y, a pesar de estar traducida en 13 países, no consigue ser editada en su isla, donde se mantiene la prohibición de sus libros". Tampoco Mandela, un rebelde nato contra las injusticias, podría haber transmitido libremente su mensaje si hubiera vivido en Cuba.

Montaner subraya en su semblanza de Mandela que este llegó a ser amigo del último gobernante blanco, Frederick William de Klerk, con quien compartió el premio Nobel en 1993, y que el suyo fue un mensaje de reconciliación y convivencia entre las muchas tribus, incluida la de los blancos, que componen el país. ¿Alguien lo imagina patrocinando un simposio de académicos del maniqueísmo que, inspirándose en el potaje tóxico que guisaron los secesionistas catalanes, se titulara "Blancos contra negros: 500 años de explotación y esclavitud"? Mandela jamás lo habría convocado, a pesar de que él tenía una justificación para hacerlo. En cambio, al sátrapa Robert Mugabe le habría entusiasmado la idea. Este contraste entre la grandeza de los patriarcas pacificadores como Mandela, Gandhi y Martin Luther King, y la bajeza de los sembradores de odio que invocan falazmente sus nombres, es el que marca la frontera entre el humanismo ilustrado y el tribalismo retrógrado.

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