El referéndum prefabricado

Eduardo Goligorsky

Es patente el clima de crispación que se ha apoderado de la sociedad catalana y, a rebufo, de la sociedad española como consecuencia de la Blietzkrieg independentista que encabeza, empleando todos los resortes del poder, la Generalitat, secundada por todos los medios de comunicación, tanto públicos como privados (y subvencionados), y por todos los movimientos sociales que disfrutan del favor oficial en Cataluña. Y no es la pobreza del lenguaje la que me lleva a repetir la palabra "todos", sino la intención premeditada de mostrar lazos de parentesco con el totalitarismo. Totalitarismo que no expresa la opinión de la mayoría de los ciudadanos, sino que se propone imponer, como repetiré hasta el hartazgo, citando siempre al secesionista Francesc-Marc Álvaro (LV, 6/5), la voluntad rupturista de "la minoría más activa y organizada (…) uno de cada tres catalanes".

Hitos históricos anómalos

Existe el riesgo de que tanta crispación genere falsas expectativas acerca de los medios razonables de volver a la normalidad. La desmesura del proyecto secesionista quita eficacia a dichos medios, entre los que se cuenta, a juicio de los más puros y optimistas, la concertación de algún tipo de acuerdo con los radicales para acceder a sus pretensiones y vencerlos luego en su propio terreno. Algunos ponen como modelo la sensatez con que abordan sus diferencias el Reino Unido y Escocia. Se equivocan. La cultura cívica de los escoceses maduró durante siglos hasta purgarse de insumisiones y exabruptos como los que castigaron a Cataluña en 1931 con Macià y en 1934 con Companys. Edimburgo nunca fue escenario de matanzas fratricidas como las que perpetraron en Barcelona, en mayo de 1937, estalinistas, anarquistas y trotskistas presuntamente enrolados en el mismo bando. Hoy aquí todavía se recuerdan esas anomalías como hitos históricos.

No hablemos de los referéndums que se celebran en Estados Unidos, para resolver cuestiones de interés social como el consumo sanitario o recreativo del cannabis, o la eutanasia, o el matrimonio homosexual. O los que se suceden en Suiza para limitar la altura de los minaretes de las mezquitas o la entrada de inmigrantes. En uno y otro caso se proponen alternativas para mejorar la salud, la convivencia y la cohesión de la sociedad y no para dinamitarlas.

El secesionismo no es la respuesta improvisada a una agresión identitaria o a una injusticia fiscal. Es un instrumento prefabricado cuyas piezas fueron ensambladas a lo largo de muchos años. Francesc de Carreras ha descrito el proceso con su incisivo poder de síntesis (LV, 10/7):

La estrategia no confesada de Pujol consistió en moldear pacientemente la sociedad (fer país) y, a la vez, con la autonomía como instrumento, ir construyendo un Estado (catalán) dentro del Estado (español) para dar un salto cualitativo cuando fuera posible.

Hasta que llegó la oportunidad de poner en funcionamiento el instrumento prefabricado:

La hiperactividad del mundo independentista, el apoyo que recibe de los poderes catalanes, tanto políticos como mediáticos, está reforzando la ola independentista mes a mes, día a día. Cualquier tertulia de radio y televisión, a la hora que sea, sólo habla del monotema y, por supuesto, en la misma dirección. El bombardeo mediático, a la media y a la larga, siempre acaba calando en la opinión pública. (…) La ola independentista avanza. Sentimentalmente está ganando, racionalmente perdería. Pero ya se sabe que cuando llegas a convencer a mucha gente de que todo el mundo piensa lo mismo, estás creando un ambiente de falsa unanimidad que incluso arrastra a los no convencidos. Antes de llegar ahí, ¿qué se puede hacer? Contrarrestar lo emocional con lo racional, que las ideas ganen a las creencias y, una vez conseguido, preguntar a los catalanes.

Pesimistas testarudos

Aquí es donde se plantea la discrepancia entre el humanista ilustrado Francesc de Carreras y quienes, respetándolo y admirándolo precisamente por su humanismo insobornable, desconfiamos de la permeabilidad del hombre-masa a las buenas razones. Somos pesimistas testarudos, discípulos de Henry Louis Mencken y E. M. Cioran.

En otro artículo posterior (LV, 31/7) Francesc de Carreras fue más explícito:

Creo que Rajoy haría bien en coger al vuelo la propuesta de Mas y poner manos a la obra. Son tantos los argumentos para decir no a la independencia que es imposible que una sociedad como la catalana, compuesta en su mayoría por personas razonables, escoja una vía que tanto la va a perjudicar.

Opino, como Francesc de Carreras, que los argumentos para decir no a la independencia son muchos, y también que la sociedad catalana está compuesta en su mayoría por personas razonables, pero temo que esa mayoría quede sumergida bajo lo que él mismo definió como "la ola independentista". El referéndum ha sido prefabricado por especialistas en trucos de ilusionismo electoral. No olvidemos que siguen jaleando un Estatut presuntamente mayoritario que sólo fue aprobado por el 36,5% del censo. También son expertos en inventar fórmulas apropiadas para confundir a los ciudadanos con falsas expectativas.

Abstracciones disolventes

Javier Pérez Royo y Jordi Gracia nos aleccionaron en El País (14/7 y 2/8 respectivamente) sobre la necesidad de que Rajoy acepte las condiciones que Mas impone en su carta-ultimátum. Lo hicieron, por supuesto, desde la óptica de la progresía reñida con la realidad y enamorada de las abstracciones disolventes. Sería imposible imaginar una pregunta más tramposa que la que Gracia urdió para el referéndum:

¿Desea usted que Cataluña se independice de España y se constituya en un nuevo Estado de Europa?

¿Desea? El referéndum no mide deseos sino opciones prácticas. Los primeros pueden abarcar las quimeras más temerarias, incluso peligrosas, casi siempre irrealizables. A nadie en su sano juicio se le ocurre poner a votación los deseos para convertirlos en realidad. Las opciones prácticas, en cambio, obligan a hacer ímprobos ejercicios de racionalidad que no pueden estar sujetos a dogmas preconcebidos. En cuanto a constituirse en el nuevo Estado de Europa… De África no será, por elementales razones geográficas, pero aquí la trampa consiste en hacerle creer al ciudadano poco informado que Europa equivale a la Unión Europea. De eso, ¡nada! El fruto de la hipotética independencia será, como lo explica descarnadamente Valentí Puig (El País, 1/7), "un Estado sin valor jurídico y reubicado en el extrarradio de la Unión Europea". Sin valor jurídico y reubicado en el extrarradio de la Unión Europea: he aquí el axioma que habría que inculcar a los ciudadanos para esclarecerlos, si realmente son permeables como piensan los optimistas.

Yo había propuesto, en otro artículo, plantear una disyuntiva aun más disuasoria y más fiel a la realidad:

Voto por una Catalunya independiente de España y de la Unión Europea, con las fronteras, las leyes y las instituciones civiles y religiosas que estaban vigentes el 10 de septiembre de 1714.

Fraude institucionalizado

Hablemos en serio. Los secesionistas han incorporado al referéndum prefabricado las garantías indispensables para asegurarse el triunfo. De otra manera no lo utilizarían como cebo. Puesto que quedó demostrado en sucesivos comicios que esa minoría más activa y organizada jamás reunirá ni remotamente la mitad más uno de los votos de los 5.400.000 ciudadanos inscriptos en el censo electoral, los secesionistas han abierto las compuertas del fraude institucionalizado con el mismo desparpajo con que lo hacen sus compadres kirchneristas y chavistas. Confiesa La Vanguardia (26/7):

A diferencia de lo que estabeció el Tribunal Constitucional canadiense, que exigía un quórum y una mayoría holgada para la independencia del Quebec, el Consell per a la Transició Nacional toma como referencia los criterios del Consejo de Europa que acepta como "buena práctica" no exigir quórum de participación y aceptar la mayoría simple de votos emitidos como suficiente para aplicar el resultado.

La adjudicación al Consejo de Europa de una directiva inexistente para una secesión imposible demuestra por dónde van los tiros. El origen del referéndum prefabricado se remonta a abril de 1980, cuando Jordi Pujol asumió la presidencia de la Generalitat, como se lee, por ejemplo, en Foro Babel. El nacionalismo y las lenguas de Cataluña, compilado por Antonio Santamaría (Áltera, 1999). Hoy, la Generalitat propone al Gobierno de España que se resigne a jugar la partida de la fragmentación con los naipes que están marcados desde aquella lejana fecha. Si cuando Rajoy conteste la carta-ultimátum que le envió Artur Mas lo hace con la audacia que Francesc de Carreras le aconseja demostrar le dirá, con su proverbial prudencia y con lenguaje diplomático, que no sólo la Constitución, sino también la decencia y el sentido común, le prohíben poner en peligro la integridad de España y de la Unión Europea en condiciones tan precarias como las del referéndum prefabricado. O en cualesquiera otras. Fin de la cita.

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