El poder de las firmas

Eduardo Goligorsky

Me produce un placer inefable desmontar las que, a mi juicio, son falacias de políticos, intelectuales y formadores de opinión que tengo en la acera de enfrente. En cambio, vacilo antes de atreverme a manifestar discrepancias, por mínimas que sean, con los planteamientos de aquellos intelectuales que se ganaron mi admiración por el rigor de sus razonamientos. Entre ellos figura, en un lugar de privilegio, Mario Vargas Llosa.

Traficantes de espejismos

Corría el año 1987 cuando Vargas Llosa se embarcó en una campaña política que ahora no interesa rememorar, pero que lo colocó en la diana de una cofradía de detractores sectarios. Escribí entonces dos extensos artículos titulados "Súplica a Vargas Llosa" (La Vanguardia, 6 y 12/9/1987), en los que lo exhortaba a no entablar polémicas con provocadores de baja estofa cuando tenía que atender cuestiones de mayor envergadura. Entre mis argumentos, se hallaba el siguiente:

Lo necesitamos, admirado Vargas Llosa, eso es indudable. Lo necesita la sociedad iberoamericana, asediada por traficantes de espejismos pseudorrevolucionarios que aborrecen el desarrollo pacífico y gradual de los regímenes democráticos y que, para contabilizar sus éxitos, miden la cantidad de sangre que brotó de las venas abiertas de los pueblos masacrados en aras de alguna utopía violenta. Lo necesita la sociedad española, sistemáticamente bombardeada por la propaganda frívola y desaprensiva con que algunos periodistas e intelectuales esnobs, ávidos de emociones fuertes experimentadas, faltaría más, por interpósita persona, intentan otorgar patente de legitimidad a la ideología de aquellos teóricos de la inmolación colectiva.

Usted y Octavio Paz son los dos intelectuales iberoamericanos más prestigiosos que han emprendido, con lucidez y coherencia ejemplares, la desmitificación del cúmulo de supercherías con que un puñado de ayatolás impenitentes intenta volver a crear las condiciones apropiadas para una insurrección como la de los años 70.

Hoy podría repetir esta exhortación sin modificar ni una coma, aunque agregándole los méritos de su contundente discurso contra la política atrabiliaria de los nacionalismos identitarios que se conjuran para convertir, por ejemplo, a su amada Barcelona cosmopolita, en un reservorio monolingüe de rémoras medievales.

Lo que me aflige ahora es que Vargas Llosa, en uso de su libre albedrío, que me inspira el mayor respeto, distraiga parte de su tiempo y de su experiencia dialéctica para internarse, como activista, en el escabroso terreno de la legalización de las drogas. Y no me preocuparía tanto si lo hiciera exclusivamente a título personal, guiado por su proverbial racionalidad: lo inquietante es que lo hace como miembro de la Comisión Latinoamericana de Drogas y Democracia, que encabezan los expresidentes Fernando Henrique Cardoso de Brasil, César Gaviria de Colombia y Ernesto Zedillo de México, acompañados por 18 personas de distintas profesiones y quehaceres. Exhiben el poder de convocatoria de sus firmas prestigiosas.

Delicado y controvertido

Vargas Llosa conoce muy bien la escasa fiabilidad de las comisiones de biempensantes que han actuado en todos los campos de la vida social, intelectual y política durante las últimas décadas. Lo cual no implica que todas ellas sean peligrosas, pero sí que su actividad y sus objetivos deban estar sometidos a un escrutinio permanente, y que cuando lo que está en juego es algo tan delicado y controvertido como la legalización de las drogas no basta con la buena voluntad: es indispensable sujetarse al rigor científico.

Autores como Paul Johnson, Jean-François Revel y François Furet, situados en la misma línea de pensamiento por la que transita Vargas Llosa, han dado suficientes testimonios de las amenazas que encierran organizaciones aparentemente consagradas al bienestar de la humanidad y a la paz universal, e integradas por intelectuales y estudiosos galardonados con los premios más prestigiosos, incluidos los Nobel. Escribió Revel (El conocimiento inútil, Planeta, 1989):

Constatemos simplemente que el intelectual no ostenta, por su etiqueta, ninguna preeminencia en la lucidez. Lo que distingue al intelectual no es la seguridad de su opción, es la amplitud de los recursos conceptuales, lógicos y verbales que despliega al servicio de esta opción para justificarla. Por su clarividencia o su ceguera, su imparcialidad o su falta de honradez, su picardía o su sinceridad, se lleva a otros tras sus huellas. Ser intelectual no confiere, pues, una inmunidad que lo hace perdonar todo, sino más responsabilidades que derechos, y por lo menos una responsabilidad tan grande como la libertad de expresión de que goza. En definitiva el problema es, sobre todo, moral.

En síntesis, la cantidad y calidad de expresidentes y de profesionales e intelectuales que se movilizan coordinadamente en defensa de la legalización de las drogas no nos dice nada acerca de los méritos de su iniciativa. El poder de sus firmas es grande, y por ello es doblemente necesario analizar, sin prejuicios ni favoritismos, el objetivo que persiguen. Más explícito, en cambio, y más útil para sacar conclusiones, es el artículo La marihuana sale del armario, que firmaba recientemente Vargas Llosa (El País, 1/7/2012).

Ese mundo depravado

El origen del artículo se encuentra en un proyecto de ley que pondrá en manos del Estado uruguayo el control de la calidad, cantidad y precio de la marihuana, en tanto que los compradores deberán registrarse y tener cumplidos los 18 años de edad. El presidente de Uruguay, José Mujica, lo justificó diciendo que "estamos perdiendo la batalla contra las drogas y el crimen en el continente", en tanto que el ministro de Defensa, Eleuterio Fernández Huidobro, sostenía que "la prohibición de ciertas drogas le está generando al país más problemas que la droga misma". Vargas Llosa dictamina:

No se puede decir de manera más lúcida y concisa una verdad de la que tenemos pruebas todos los días, en el mundo entero, con las noticias de los asesinatos, secuestros, torturas, atentados terroristas, guerras gangsteriles, que están sembrando de cadáveres inocentes las ciudades del mundo, y el deterioro sistemático de las instituciones democráticas de los países, cada día más numerosos, donde los poderosos cárteles de la droga corrompen funcionarios, jueces, policías, periodistas y a veces deciden los resultados de las justas electorales. La prohibición de la droga sólo ha servido para convertir el narcotráfico en un poder económico y criminal vertiginoso que ha multiplicado la inseguridad y la violencia y que podría muy pronto llenar el Tercer Mundo de narcoestados.

Evidentemente, Vargas Llosa ya no se refiere a la legalización de la marihuana, sino a la de la totalidad de las drogas, que constituyen la materia prima de ese mundo depravado que él retrata con su magistral verismo. El cannabis no es ni remotamente el combustible que alimenta esa maquinaria infernal, aunque ceñir su comercialización a una atinada trama burocrática de pesos y medidas va más allá de lo que cabe en la imaginación de un literato experto en la descripción de la naturaleza humana. Basta pensar en el suculento mercado que se disputarán los traficantes de la tentadora y accesible "droga blanda" entre los menores de 18 años, a los que estará vedada.

Se pondrán las botas

Sin embargo, es en la venta legal de las drogas duras donde las mafias actuales y otras sobrevenidas se pondrán las botas. El imperio del crimen que tan bien describe Vargas Llosa en su artículo no irá a engrosar las filas del paro. Aunque según una leyenda urbana las compañías tabacaleras registraron en los años 1970 las marcas de los futuros cigarrillos de marihuana, empezando por el "Acapulco Gold", en el caso de las drogas duras es indudable que ya existe la infraestructura indispensable para convertirlas en un negocio lucrativo.

Si las mafias blanquean actualmente su dinero a través de bancos, agencias de turismo y hoteles, laboratorios químicos y de productos medicinales, constructoras, casinos, industrias del entretenimiento, compañías navieras y todo tipo de empresas adaptadas a los cambios de la técnica y las modas, ¿a quién se le ocurre pensar que no sabrán utilizar todos los canales legales, y los ilegales que seguirán existiendo, para hacer llegar su mercancía a un público cada día más numeroso y vulnerable? ¿Acaso los escrúpulos de conciencia les impedirán buscar consumidores cada día más jóvenes, a los que ofrecerán drogas de diseño cada día más sofisticadas? Y no olvidemos que, como también denuncia Vargas Llosa, cuentan con los servicios de una legión de funcionarios, jueces, policías, periodistas y cargos electos corruptos, que no corregirán sus malos hábitos para adaptarse a los nuevos tiempos.

Volvamos al punto de partida. Hay firmas que tienen mucho poder de convocatoria, y no se justifica malgastarlas en campañas condenadas al fracaso y, peor aun, derrotistas y contraproducentes. En la guerra contra la droga y el narcotráfico, como en la guerra contra el terrorismo, no hay espacios neutrales para las transacciones. Transar equivale a capitular.

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