El Papa funámbulo

Eduardo Goligorsky

La entrevista de Carlos Herrera al papa Francisco ha dejado flotando en el ambiente una desconcertante incógnita. Más allá de la retórica vaga de las buenas intenciones, ¿qué opina el Papa sobre la posibilidad de que Cataluña se convierta en un Estado independiente, amputado de España? ¿Aprueba que de un país que fue orgullo de la Iglesia católica por su labor evangelizadora con vocación ecuménica se desprenda una porción de territorio gobernada por una minoría de maniqueos etnocentristas? ¿Aplaude a los obispos y curas trabucaires que cuelgan pendones o lazos de una secta endogámica en los campanarios de los templos?

Campeón de la ambigüedad

Incluso los vaticanólogos más veteranos se declaran impotentes para desentrañar lo que se oculta detrás de algunas de las sentencias del Papa funámbulo cuando aborda desde la cuerda floja ciertos temas pasibles de controversia, como son la homosexualidad o el divorcio. O la independencia de Cataluña. Es un campeón de la ambigüedad.

Aunque también es tajante y explícito cuando exhibe las secuelas del virus peronista que lo infectó en su más temprana juventud argentina. Entonces el atávico Jorge Mario Bergoglio se olvida de las exhortaciones a la reconciliación y el diálogo con que abrumó a Herrera. Respecto de su patria, opta por la polarización beligerante. Así lo dejó documentado negro sobre blanco, con una fuerte carga de testosterona ("El liberalismo económico mata", El País, 22/1/2017):

Porque los sistemas liberales no dan posibilidades de trabajo y favorecen delincuencias. En Latinoamérica está el problema de los cárteles de la droga, que sí, existen, porque esa droga se consume en EEUU y en Europa. La fabrican para acá, para los ricos, y pierden la vida en eso. Y están los que se prestan a eso. En nuestra patria tenemos una palabra para calificarlos, los cipayos. Es una palabra clásica, literaria, que está en nuestro poema nacional. El cipayo es aquel que vende la patria a la potencia extranjera que le pueda dar más beneficios. Y en nuestra historia argentina, por ejemplo, siempre hay algún político cipayo. O alguna posición política cipaya.

Bergoglio se delata

Libertad Digital respondió con un duro editorial ("Bergoglio, de mal en peor", 23/1/2017) donde recordaba que el término cipayo es "tristemente célebre en España porque lo ha usado con profusión la antiliberal banda terrorista ETA para señalar precisamente a los vascos vendepatrias". Bergoglio podría alegar ignorancia sobre este hecho, pero él mismo se delata al subrayar que la palabra se utilizó en su patria, Argentina, con una connotación infamante. No era clásica, ni literaria ni figuraba en ningún poema nacional, como afirma, a menos que él adjudique esta categoría a alguno de los estribillos obscenos que vociferaban, en los años 1940, los pistoleros de la banda peronista-nazifascista Alianza Libertadora Nacionalista. Si defendías la democracia, los aliancistas te tildaban de "cipayo" y te disparaban a matar. La palabra cipayo no figuraba en el vocabulario de los descamisados, sino en el de los pijos asesinos.

Sermón esotérico

Volvamos a la difícil exégesis del sermón esotérico que el papa Francisco le endilgó a Carlos Herrera. ¿Favorable al supremacismo catalán, o respetuoso con la integridad de España, o cómodamente evasivo? Es evidente que los secesionistas no podían perder la oportunidad de sacarle provecho pro domo sua. Escribe el enredador Francesc-Marc Álvaro, apuntalando la tramposa mesa de diálogo ("El Papa rompe un tabú", LV, 2/9):

El papa Francisco se ha metido en un jardín que, en general, solo frecuentan políticos de Podemos, del independentismo catalán o del soberanismo vasco. (…) El Santo Padre también ha quitado dramatismo a los procesos de independencia. Sobre la expresión unidad nacional (que califica de "fascinante") ha advertido que "nunca se valorará sin la reconciliación básica de los pueblos". Lo ha dicho en plural: pueblos (…) El Vaticano, que no es precisamente partidario de una Catalunya independiente, emite ahora señales muy afinadas a favor de un diálogo de veras. Más de uno se pondrá nervioso en Madrid.

Anatema demoledor

Los independentistas tienen derecho a utilizar el discurso del Papa como más les convenga, explotando su premeditada oscuridad. Pero creo que los demócratas constitucionalistas cometeríamos un error si no extrajéramos de ese mismo discurso una sustancia que enriquece nuestros argumentos. Me refiero a que el Papa pronunció, conscientemente o no, un anatema demoledor contra las leyes espurias de Memoria Histórica y Democrática. Refiriéndose a países con conflictos internos, dijo (LV, 2/9):

Para mí, el hecho clave en este momento en cualquier país con este tipo de problemas es plantearse si se han reconciliado con su propia historia, sobre todo la historia del siglo pasado. No sé si España lo está del todo, sobre todo con la del siglo pasado. Si no lo está, creo que tiene que hacer un paso de reconciliación. Esto no significa claudicar de sus posiciones, sino entrar en un proceso de diálogo y de reconciliación y, sobre todo, huir de las ideologías, que son las que impiden cualquier proceso de reconciliación.

Nobleza obliga

Impecable alegato contra la política revanchista de los cainitas que imparten lecciones de odio fratricida en las aulas, desahogan sus rencores atrabiliarios en el callejero urbano, ultrajan cadáveres paseándolos en helicóptero de una tumba a otra, amenazan con profanar el Valle de los Caídos y con dinamitar la cruz que lo corona y aplican recetas ideológicas de probados efectos mortíferos para la sociedad civilizada.

Sin borrar las críticas formuladas a la desaprensión con que el papa Francisco recurre a las artimañas de la demagogia peronista, nobleza obliga a reconocer el valor de este mensaje repetitivo de reconciliación y más reconciliación entre los españoles, divididos por el guerracivilismo retrógrado del contubernio totalitario que usurpa el poder.

Gracias, Santo Padre, por esta lección de amor fraternal entre ciudadanos libres e iguales. Se las da un ateo. Ojalá sus fieles la pongan en práctica.

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