((El odio compartido))

Eduardo Goligorsky

La menor insinuación de que puede haber puntos de contacto entre los atentados yihadistas del 17-A y la ofensiva secesionista saca de sus casillas a los popes de esta última. No a los yihadistas, felices usufructuarios de los conflictos internos que socavan la unidad del Reino de España.

Involucionar hasta 1714

Francesc-Marc Álvaro quiso hacernos creer que desenmascaraba una sórdida patraña "unionista" cuando escribió ("La yihad separatista", LV, 4/9):

Siempre se ha sabido –en Barcelona y Madrid– que la interacción del terrorismo yihadista global y el llamado proceso soberanista catalán podría producirse. Es de manual que podría pasar, teniendo en cuenta que el solapamiento de ambas realidades (tan diferentes en todos los sentidos) excita la imaginación de determinados entornos.

Álvaro se esfuerza por desmentir las versiones sobre los contactos entre los nous catalans de cuño convergente y determinadas mezquitas salafistas, cuando este solapamiento controvertido entre realidades que son diferentes, como él alega con razón, no es la clave de la acusación. La clave, nada imaginativa, descansa sobre un hecho incontrovertible: el yihadismo y el secesionismo comparten el odio al Reino de España. Los primeros sueñan con invertir el flujo de la historia hasta 1492, para reconquistar Al Ándalus. Y los segundos se conforman con involucionar hasta 1714, cuando los catalanes de Barcelona fueron vencidos por, entre otros, los de Cervera. Aunque, puestos a delirar, la deuda de Madrid con Cataluña se remonta a… ¡la prehistoria! (Pilar Rahola, "Reductio ad Hitlerum", LV. 8/9). Los neandertales castellanos ya robaban, según insinúa Pilar.

Los planes de los yihadistas para sojuzgar la odiada España están ocultos en sus reductos de iniquidad. Los de los secesionistas para desmembrarla son la materia prima de la propaganda con que bombardean permanentemente a niños –sí, a niños– y adultos desde todos los centros de enseñanza y medios de comunicación.

Esperpento embaucador

Recordemos aquel esperpento embaucador que fue el simposio España contra Cataluña: una mirada histórica (1714-2014), organizado por el Centro de Historia Contemporánea de Cataluña, anexo al Departamento de Presidencia de la Generalitat, para conmemorar el tricentenario de 1714. Programado con la poco académica intención de alimentar el odio, bajo la batuta de Josep Fontana, historiador paleoestalinista reconvertido, sin cambiar de mentalidad sectaria, al fundamentalismo nacionalista, acumuló ponencias que acusaban a España de "expoliar", "humillar", "falsificar" y perpetrar otras tropelías. Se aprobaban con el asentimiento de palmeros obsecuentes que componían una homogeneidad casi a la búlgara.

Francesc de Carreras, que entonces colaboraba en La Vanguardia, escribió ("La que nos viene encima", 5/6/2013):

En el programa se dice textualmente: "El objetivo es analizar con criterios históricos, desde el siglo XVIII hasta nuestros días, las consecuencias que ha tenido para el país la acción política, casi siempre de carácter represivo, del Estado español en relación con Catalunya (…) Los diversos ponentes analizarán las condiciones de opresión nacional que ha padecido el pueblo catalán a lo largo de estos siglos, las cuales no han impedido el pleno desarrollo político, social, cultural y económico".

Este último inciso es muy curioso porque delata una contradicción de fondo: ¿cómo es posible que un pueblo tan oprimido, perseguido y expoliado se convirtiera en uno de los más ricos, cultos y socialmente avanzados de España a fines del siglo XVIII y así haya continuado hasta hoy?

Legislación espuria

La que nos viene encima, que vaticinó Francesc de Carreras hace más de cuatro años, ya está aquí. Los portadores del odio contra el Reino de España avanzan a marchas forzadas. Unos despejan la ruta hacia Al Ándalus preparando explosivos que afortunadamente les estallan en la cara, blandiendo cuchillos y embistiendo viandantes. Otros pronuncian discursos cainitas –"Damos miedo, y más que daremos"–, regurgitan insidias atrabiliarias por las redes sociales y explotan los instintos gregarios para aglutinar masas imposibles de contabilizar pero útiles para simular mayorías que oscilan entre lo lúdico y lo intimidatorio. El corolario de todo esto es una legislación espuria, aprobada con tácticas torticeras, que entra en colisión con el Estado de Derecho en el espacio nacional e internacional.

Para colmo, este desbarajuste encaminado a levantar fronteras interiores entre compatriotas crea un ambiente propicio a la implantación de los virus yihadistas, aunque la idea choque a los predicadores del secesionismo. Se comprobó en Ripoll, donde adolescentes y jóvenes aparentemente bien integrados, con trabajo, educados en la escuela pública y catalanohablantes, eran embriones de asesinos. La pregunta es qué falló. Es políticamente incorrecto, pero indiscutiblemente realista, responder que el clima que se respira hoy en Cataluña, tanto en la escuela como fuera de ella, favorece la ruptura de todas las convenciones sociales. Desde la élite gobernante hasta la base popular, todo parece encaminarse hacia la desintegración. La secesión, tal como se ha planteado, lleva implícita la desobediencia y la hostilidad a las instituciones que garantizan la estabilidad, la solidaridad, la seguridad y la unidad nacional.

Los chicos de Ripoll, y muchos otros, crecieron siendo testigos de rivalidades aparentemente irreconciliables –lingüísticas, comarcales, políticas– entre habitantes de un mismo país. En tanto que a ellos el imán les ofrecía un ideal de confraternidad indisoluble en la fe. A sus ojos, ellos eran los elegidos y los bárbaros eran los otros, los protagonistas de las disputas entre hermanos. Una parte de razón no les habría faltado si esa presunción no les hubiera degradado a la condición de asesinos.

Trampolín de los descerebrados

Hasta aquí hemos llegado. Dos generadores de odio compiten entre sí y a veces se suman. La manifestación de solidaridad con las víctimas de los atentados se transformó en el trampolín de los descerebrados que tienen en su punto de mira el Reino de España, igual que los yihadistas. Cuando el Ayuntamiento de Barcelona premió a sus policías y trabajadores de emergencias por su actuación el 17-A, la concejal de la CUP disintió ("De gratitudes y desvaríos", Suplemento "Vivir", LV, 8/9) y habló de "ejecuciones extrajudiciales", de "cuerpos represivos", de "violencia sobre la clase trabajadora" y de agentes que recibieron el aplauso de la ciudadanía y están "condenados por malos tratos". ¿Los yihadistas víctimas de "cuerpos represivos" y de "ejecuciones extrajudiciales"? Está claro que el odio de los antisistema se ensaña con España, mientras reservan su conmiseración para los crápulas del Califato.

Subordinación humillante

Quien analice con objetividad las intimidades del proceso secesionista no podrá eludir el hecho de que toda su hoja de ruta fue dictada imperativamente por los detritos cuperos. Un editorial desusadamente crítico de La Vanguardia ("Crisis de Estado", 6/9) reconoció que, después de fracasar en las elecciones "plebiscitarias" de septiembre del 2015, JxS optó por "la fuga hacia delante, quedando en manos de la CUP, que con solo diez diputados y 337.000 votos pasaba a controlar la agenda política catalana".

Lola García, directora adjunta del mismo periódico, no ahorra detalles en su columna cuando describe la subordinación humillante a la que se sometieron los exconvergentes bajo la férula de los comisarios políticos anarco-trotskistas al votar los mamarrachos de Referéndum y Transitoriedad ("Independencia y revolución", 10/9):

No a todos en Junts pel Sí les ha gustado el espectáculo. Algunos en el PDECat sintieron que acababan de perder los últimos jirones de su personalidad como partido heredero de una tradición de 40 años. Pero después de la última purga en el Govern, nadie entendería nuevas deserciones en plena batalla. Así que solo les queda seguir hacia delante. Pero hoy, los sucesores de la vieja Convergència son apenas un apéndice de ERC o, aun más insólito, el "tonto útil" de la CUP, en su acepción leninista (que nadie se dé por ofendido).

Amor al escaño

El amor al escaño y sus privilegios –que perderán cuando haya elecciones tras la recuperación de la legalidad democrática– y no a una nación milenaria inventada por los timadores es lo que ha enrolado a estos tránsfugas en el bando de la hispanofobia, que comparten con los sicarios del Califato. La bajeza de quienes participan en esta operación contra natura queda doblemente de relieve cuando se la compara con la lección de dignidad que han dado los que José Antonio Zarzalejos bautizó en términos bíblicos como "los once catalanes justos": los dos letrados del Parlament y los nueve miembros del Consell de Garanties Estatutaries que se negaron a avalar las violaciones del Estado de Derecho. A ellos se suman los consejeros y funcionarios, incluido el director de los Mossos, que la Nomenklatura purgó con rigor estalinista por su desviacionismo. Sin olvidar a Joan Coscubiela, erigido en campeón de la libertad de pensamiento.

Ni Al Ándalus ni república totalitaria. Cuando se pongan las urnas que marca la ley, comprobaremos que en el Reino de España los catalanes justos son millones.

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