El masoquismo de los corderos

Eduardo Goligorsky

Un millón y pico de ciudadanos (apenas el 27% del censo) se han dejado guiar en Cataluña, como mansos corderos, hasta una pantalla que representa la Ítaca mítica. Una pantalla detrás de la cual se abre un abismo insondable. Son ellos quienes han entronizado, con sus votos, a la camarilla que los engaña, los maltrata, los humilla y los empobrece. La resignación con que aceptan su martirio y jalean a los abusadores limita con el masoquismo.

Pruebas contundentes

La pantalla se ha roto y los corderos han caído en el abismo. Pruebas contundentes (“Retos de gobierno en Catalunya”, LV, 4/4):

El segundo gran reto de gobierno que tiene Catalunya [después de la pandemia] es el social, que se refleja en los 512.000 parados registrados en las oficinas de empleo, 117.000 más que hace un año, a los que hay que sumar 192.902 trabajadores asalariados afectados por un expediente de regulación temporal de empleo (ERTE) y otros 58.899 autónomos que se encuentran en suspensión de actividad. Uno de cada cinco ciudadanos se encuentra, además, por debajo del umbral de la pobreza.

Este colosal drama social, que es consecuencia de la brutal recesión que ha sufrido Catalunya en el 2020, con un retroceso del producto interior bruto del 11,5% –el más elevado  de Europa–, exige una urgente suma de esfuerzos para poder hacerle frente con éxito.

Las incertidumbres creadas ya antes de la pandemia a causa del proceso independentista se mantienen larvadas y frenan muchos proyectos e inversiones, tanto autóctonas como extranjeras. La fuga de empresas no se ha detenido todavía.

Atisbo de esperanza

Hubo un atisbo de esperanza en la reacción de la sociedad civil cuando 291 entidades y empresas escenificaron el 4 de marzo, en la Estación del Norte de Barcelona, la lectura del manifiesto Ya basta! Concentrémonos en la recuperación, en el cual repudiaban el vandalismo de las hordas (sin especificar su filiación independentista) y se pronunciaban contra la inacción política frente a la crisis. Escribió entonces Manel Pérez (“Barcelona: El mundo nos mira”, LV, 5/3):

A nadie debe extrañar que protesten y se lamenten. Más atinado sería preguntarse por qué no ha pasado antes. Las aguas empresariales bajan turbias, especialmente las de los más pequeños, tras muchos años de vacas flacas y sin expectativas de mejora a corto plazo.

El columnista se pregunta por qué las protestas y los lamentos no se hicieron oír antes. Enseguida le daremos la respuesta. 

Cómplices de los sádicos

Si la situación era angustiosa cuando se produjo la concentración empresarial, hoy es mucho peor, con la Generalitat acéfala mientras dos caudillos atrincherados al margen  de la ley –uno en un cenobio de lujo local y otro en una mansión palaciega extranjera– movilizan a sus súbditos con tácticas barriobajeras para que les sirvan en bandeja el trono de los irredentos Països Catalans.

El atisbo de esperanza fue pasajero. La burguesía promotora del Ya basta! vuelve a callar, como antes de la manifestación. O mejor dicho, ojalá toda ella callara. Porque una parte se suma ostensiblemente al guirigay secesionista, ya sea desde cámaras empresariales, colegios profesionales, clubes deportivos o rectorías de universidades. Algunos, como ironizó Antoni Puigverd, besan las piedras con que los ultras del procés les rompen los escaparates.

Ojo, estos privilegiados no son masoquistas sino cómplices activos de los sádicos que llevan la voz cantante en Cataluña. Los masoquistas son los humildes flagelados que votan desde el llano a quienes les infligen las heridas materiales y morales.

Fenómeno contra natura

El hecho de que este fenómeno contra natura no genere una reacción unánime para expulsar del poder a los culpables es doblemente entristecedor cuando se piensa que las luchas intestinas entre los responsables de la debacle dejan al descubierto la falta de escrúpulos de todos ellos, junqueristas y puigdemontistas, cuyas motivaciones son exclusivamente rapaces y opuestas al progreso y el bienestar de su entorno humano. 

Harto del cinismo que derrochaban algunos de sus colaboradores cuando era director de La Vanguardia, Marius Carol se desahoga (“A un palmo de la gloria”, LV, 4/4):

Esta semana Sebastià Alzamora escribía en el Ara: “Hemos llegado al punto en que la independencia se ha convertido en la excusa que utilizan los partidos independentistas para justificar el callejón sin salida en que se han metido ellos solos”. Y añade: “¿Entonces qué? Entonces nada: ningún partido independentista se atreverá a decir que no pueden hacer la independencia, de manera que continuarán prometiéndola  mientras funcione como anzuelo electoral”. El problema es que Catalunya merece ser gobernada, su Estado de bienestar debe ser salvado y sus ciudadanos se merecen que no les tomen el pelo. Y vamos tarde.

La última víctima

Los guardianes de la ortodoxia supremacista son implacables con los herejes que cuestionan el dogma. La última víctima de los inquisidores ha sido nada menos que el abogado de Carles Puigdemont y segundo secretario de la Mesa del Parlament en representación de la fundamentalista Junts, Jaume-Alonso Cuevillas. La dictadora imputada del Parlament, Laura Borràs, lo fulminó de su cargo porque se atrevió a dudar públicamente de que la Cámara catalana deba continuar adoptando determinados actos de confrontación con el Estado (contra el Rey y a favor de la autodeterminación) que “no llevan a ninguna parte” y, en cambio, pueden acarrear consecuencias penales. Una bestiesa (tontería), a su juicio.

En síntesis, si los ciudadanos abducidos por las sectas supremacistas se detuvieran a analizar con espíritu crítico los argumentos de sus adversarios, pero, sobre todo, las descalificaciones y acusaciones que se intercambian los oligarcas y rufianes de su propio bando, seguramente se curarían de su patología masoquista y no les regalarían ni un solo voto a los embaucadores carroñeros. Entonces ellos recuperarían su vida normal y toda España les quedaría agradecida. 

Apostemos por la rebelión de los corderos. En las elecciones del 14-F, 600.000 de ellos ya abandonaron el rebaño. 

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