El ADN de la barbarie

Eduardo Goligorsky

Es reconfortante la sensación de superioridad que experimentamos los occidentales civilizados cuando la pantalla nos muestra a los vándalos islamistas dinamitando los monumentales Budas de Bamiyán, o destruyendo las piezas arqueológicas milenarias que se conservaban en la antigua Nínive y en el Museo Histórico de Mosul, o quemando los tesoros documentales que se acumulaban en la biblioteca de esta misma ciudad de Irak. El espectáculo refuerza nuestra convicción de que estamos muchos años luz por encima de la cultura y las costumbres de esos bárbaros.

Abroquelados en las tinieblas

Es verdad que cuando hacemos alarde de esta superioridad enseguida aparecen los aguafiestas empeñados en hacernos sentir culpables por las atrocidades que cometieron los inquisidores, los cruzados y los cristianos enzarzados en las guerras entre la Reforma y la Contrarreforma, con sus secuelas, por ejemplo, en la Irlanda de nuestro tiempo. Pero sus argumentos no se tienen en pie: precisamente lo que nos espanta es comprobar que las sociedades islámicas alimentan sus odios, actualmente, con la misma irracionalidad con que las nuestras los alimentaban hace muchos siglos, excepto en aquellos casos acotados que, como el irlandés, parecen ser resistentes al progreso. Los islamistas continúan abroquelados en las tinieblas de sus orígenes, hasta el punto de matarse entre ellos por disputas relacionadas con la mítica sucesión de Mahoma, en tanto que Occidente ha pasado, a trancas y barrancas, por el filtro humanista de la Ilustración. Y si no lo ha hecho mejor es porque la naturaleza humana no da para más.

Dicho lo cual, nos basta con echar una mirada a nuestro alrededor, ya sea a lo lejos o por la cercanía, para darnos cuenta de que tampoco tenemos derecho a cantar victoria. Todos llevamos dentro nuestro ADN de barbarie, con la peculiaridad de que, afortunadamente, el barniz de civilización amortigua la tendencia a desahogarla mediante la violencia. La amortigua pero no la elimina, como lo demostraron, en nuestra sociedad, las atrocidades etarras.

Reflexionando sobre los motivos que indujeron a los fundamentalistas del islam a emprender su campaña de destrucción, se me ocurrieron algunas ideas inquietantes. Es cierto que el mayor síntoma de su barbarie aflora en la crueldad y la falta de escrúpulos con que practican secuestros, esclavizan, torturan y degüellan en forma individual y colectiva, exhibiendo luego a sus víctimas para escarmiento e intimidación de propios y extraños, y encarnizándose con cristianos y judíos pero, sobre todo, con quienes ellos consideran herejes de su propia religión: suníes contra chiíes y viceversa. Luego me detuve a pensar en la importancia que dan a los símbolos culturales, hasta el extremo de pulverizar e incinerar aquellos de incalculable valor histórico y arqueológico que podrían revender para financiar sus actividades bélicas y proselitistas. Escribe el editorialista de La Vanguardia (28/2):

¿Qué impulsa a los yihadistas a cometer estas tropelías? Su rechazo frontal de la Yahiliya. Es decir de la época anterior a la implantación del islam, en la que a su entender se fomentaba la idolatría pagana. (…) Piezas ahora definitivamente perdidas, como las del Museo de Mosul, no forman parte de nuestra tradición inmediata, pero las consideramos un tesoro que pertenece al conjunto de la humanidad que, como tal, debe ser preservado. (…) La historia no se puede volver a escribir; se pueden lamentar algunos de sus capítulos, se puede pensar que las cosas podrían haberse hecho de otro modo e incluso mejor. Pero no puede modificarse. Carece, pues, de sentido cometer atentados como los de Mosul.

Desobediencia contumaz

El odio a la cultura ajena, sobre todo si ésta perdura en el entorno próximo y se interpreta como un elemento capaz de contaminar la pureza religiosa o identitaria, es el signo visible de nuestro parentesco con la barbarie. Una barbarie que el barniz de civilización obliga a materializar mediante procedimientos sutiles, que excluyen los baños de sangre típicos del fundamentalismo primitivo, aunque éstos tampoco se puedan descartar definitivamente, como lo demuestran nuestra historia reciente y la de la idealizada Europa.

Los ejemplos de dichos procedimientos sutiles abundan, por desgracia, entre nosotros. ¿Cómo se puede calificar, si no, la contumacia con que los responsables del sistema de enseñanza en Cataluña desobedecen todas las sentencias judiciales y arrinconan la lengua castellana en las aulas? La lengua castellana es, para estas autoridades catalanas, el equivalente de lo que los Budas de Bamiyán y las reliquias de Babilonia y Nínive son para los yihadistas. No fomenta, claro está, la idolatría pagana que aborrecen los islamistas, pero sí refuerza los lazos de unión dentro de esta España que aborrecen los secesionistas. Nuevamente, el odio a la cultura original, que, en este caso, para mayor escarnio, es la propia y mayoritaria.

En este contexto, los secesionistas tampoco son innovadores. La entronización del odio forma parte de las peores tradiciones locales, que parecen compartir el ADN de los iconoclastas yihadistas. Escribe Lluís Foix (LV, 4/2):

He leído en alguna parte que Barcelona es la ciudad del mundo donde se han quemado más iglesias. La primera pira se perpetró en 1835, luego llegó la de la Semana Trágica de 1909 y la de 1936. Hay pocas estatuas antiguas en las calles de Barcelona. Lluís Permanyer las tendrá todas catalogadas. Pero me parece que son escasas las que llevan dos siglos en pie.

Destruir iglesias y estatuas para borrar rastros del pasado compartido y marginar la lengua castellana para destruir vínculos con los compatriotas de siempre son dos testimonios de nuestro parentesco con la barbarie. Que se refuerzan, paradójicamente, con un trabajo de reconstrucción: el de las ruinas del Born, puestas al servicio de la tergiversación histórica y, nuevamente, del enfrentamiento cainita. Y si en el citado editorial de La Vanguardia se lee que para los yihadistas sus actos de barbarie son "la ejecución de un mandato divino, una respuesta a supuestas conductas sacrílegas", también la campaña de odio contra España tiene sus defensores provistos de textos canónicos. Nos adoctrina Salvador Cardús y Ros (LV, 4/2):

No puedo dejar de recomendar la lectura de las ponencias del simposio España contra Catalunya: una mirada histórica (1714-2014), y muy particularmente la lección inaugural de Josep Fontana.

Esto, cuando uno creía que incluso los secesionistas, avergonzados de su traspié proselitista, habían decidido enterrar en el olvido aquel esperpento subsidiado y sobre todo las barrabasadas del estalinista caduco que lo inauguró. Pero pretender que los secesionistas se avergüencen de algo es pecar de optimismo. Informa la prensa (LV, 1/3) de que la estelada estuvo presente en el acto antieuropeo que se celebró en Roma, donde

convergió una inquietante alianza entre la Liga Norte -principal organizadora del acto- y el grupo neofascista CasaPound. (…) Entre el público se veía una pancarta con una foto de Benito Mussolini, brazo en alto y este texto: "Salvini, te esperaba".

Matteo Salvini es "el joven e impetuoso líder de la Liga Norte (…) el único partido relevante en Italia que simpatiza con el soberanismo catalán", aclara la información.

La bestia interior

Felicitémonos, una vez más, de que nuestro parentesco con la barbarie discurra todavía por vías relativamente pacíficas. Eso sí, sin bajar la guardia, porque la bestia interior siempre está al acecho. El Carnaval le permitió asomar su feo hocico. Primeramente fueron unos descerebrados que se disfrazaron de guardias urbanos, con un tiesto en la cabeza, para burlarse del agente que quedó parapléjico después de recibir un golpe con ese objeto durante el desalojo de un edificio okupado (elperiodico.com, 17/2).

Más grave, si cabe, y más afín a la barbarie con la que estamos emparentados, fue la exhibición obscena que montaron unos energúmenos en Solsona (El País, 23/2):

La Fiscalía abrirá diligencias por un posible delito de incitación al odio con relación al suceso del reciente Carnaval de Solsona (Lleida), donde se recreó la figura de un Rey Carnaval con una bandera independentista a modo de capa que simulaba disparar contra supuestos soldados -algunos con una bandera española- a la luz de un comentarista que ilustraba la retransmisión para televisiones locales. Además, en el momento de este supuesto enfrentamiento, una voz en off hacía alusión a través de un altavoz de la derrota del sitio de Barcelona en 1714 por las tropas borbónicas, mientras quien relataba la comparsa se refirió a los "soldados" como "terroristas" y aludió a "una bandera de las Españas; atención que esto no puede ser bueno".

Según ha informado el fiscal jefe de Lleida, Juan Boné, aparte de estos hechos, en los que se investigará si hay un delito de incitación al odio del artículo 510 del Código Penal, también se investigará uno de los carteles que anunciaban las fiestas en Twitter, en el que bajo la imagen de una chica con una pistola se podía leer: "Carnaval fascista y paramilitar. Ven a matar españoles en un ambiente festivo, pacífico y familiar".

¿Parentesco con los bárbaros? Más bien barbarie en estado puro, con la que tienen lazos de sangre –y nunca mejor dicho– todos los partidos, redes sociales y salvapatrias que no expresaron su repudio a tamaña aberración. Desde el Estado Islámico hasta Solsona, la barbarie los crea y la bestia interior los une.

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