De la chulería a la Catexit

Eduardo Goligorsky

He repetido infinidad de veces que me fascina la precisión con que Pilar Rahola describe, inconsciente e involuntariamente, la realidad del panorama político catalán cuando despotrica contra las iniquidades de aquellos regímenes o personajes que aborrece. Dedicó su última diatriba a lo que definió como "La chulería" de los gobernantes griegos (LV, 14/7), sin darse cuenta de que estaba retratando descarnadamente el proceso en que se han embarcado sus camaradas secesionistas. Sermoneó:

Un axioma inapelable para vencer en combate -y una negociación política es un combate en toda regla- es que nunca hay que iniciar una batalla con el adversario si las opciones de ganar son nulas. Cuando alguien se hace el gallito ante su gente y, por elevación, ante el mundo, debe estar seguro de que no va de farol, porque no hay nada más demoledor que un órdago fallido.

Un zombi exhumado

En la continuación de la andanada basta sustituir las referencias a Grecia y Alemania por otras a Cataluña y España, aunque dejando intacta la mención de Bruselas, para topar con la imagen fiel del gran lío secesionista y sus aguas turbias:

Todas estas semanas agotadoras, la campaña ciudadana del no, la presión sobre Bruselas, la expectación europea, el corralito que sufren los griegos, todo este gran lío, ¿qué ha sido? Y la respuesta ahonda en las aguas turbias del populismo partidista. ¿Es posible que todo este gran sarao del Gobierno griego no tuviera ninguna otra base que la de sacar pecho ante la ciudadanía, apelar al ancestral nacionalismo griego -siempre realimentado por el odio al alemán- e intentar cansar a la troika, con la esperanza de asustar con el órdago y sacar algún rédito?

Si el desenlace del envite griego, que Rahola pinta con trazos caricaturescos, se repite en el caso catalán, como todo parece anunciar, la panfletista podrá adjudicarse el título de pitonisa. Porque Artur Mas desempeñará el papel que ella ya deja impreso en letras de molde atribuyéndoselo a Alexis Tsipras:

El primer ministro griego se fue siendo David ante Goliat y ha vuelto siendo una gallina desplumada. No se podía hacer un órdago más raquítico y, probablemente, más ridículo. Cargaron las mulas con las grandiosas alforjas de la democracia y del pueblo, y han hecho un viaje a ninguna parte. (…)Y eso es lo más terrible, que arrastraron a la ciudadanía a un referéndum que escondía grandes expectativas y resulta que sólo había humo. Gran estafa para llegar peor al punto de partida. Es lo que tiene el populismo, que siempre desmiente a la realidad, hasta que la realidad le da un sonoro y rotundo sopapo.

El hecho de que Rahola pueda escribir esta extensa crónica de un fracaso anunciado sin percibir que ella está participando en una aventura que reproduce punto por punto las mismas taras, demuestra hasta qué extremo llega el poder enceguecedor de las supercherías mitológicas. Supercherías que encandilan a los adoctrinadores y a la masa crédula, pero no a los líderes, que continúan buscando fríamente las mejores tácticas para seguir viviendo del cuento hasta que les llegue el desahucio del poder. La última: agazaparse tras un zombi exhumado de las catacumbas del PSUC.

Fuera del gallinero

La sociedad, entre tanto, hurga en sus reservas de racionalidad para precaverse del desastre. El antídoto más eficaz es precisamente la constatación de que los radicales griegos capitularon mansamente y no cedieron a la tentación de salir de la Unión Europea cuando se les presentó la oportunidad. Y este antídoto debe convertirse en el eje central alrededor del cual giran permanentemente los debates sobre la secesión.

El Frente Nacional francés, el UKIP británico, la Liga Norte padana y la CUP irredentista se han pronunciado explícitamente a favor de la ruptura con la UE. El contubernio secesionista lo disimula con promesas de lealtad a la UE para engatusar a sus seguidores, pero su programa único de ruptura de Cataluña con España también lo es, inevitablemente, de ruptura con la Unión Europea. Sin alternativas como las que salvaron a último momento a los griegos. La gallina desplumada, para retomar la metáfora de Rahola, se quedará fuera del gallinero. Advirtió Josep M. Colomer ("La subasta catalana", EP, 18/7):

La Comisión Europea y otros altos cargos dejaron claro que la Catexit de España sería también la Catexit de la UE.

Catexit tiene las mismas connotaciones devastadoras que la temida y, por ahora, detenida Grexit. Lo cual debería bastar para cancelar todo el guiñol secesionista. Si la palabra de Artur Mas tuviera más valor que el de las parodias grouchomarxistas, sus adversarios podrían recordarle un titular del somatén mediático (LV, 9/9/2014):

Mas avisa: "¿De qué sirve una Catalunya independiente si no la reconoce nadie?"

Pues eso: no la reconoce nadie. En labios de Mas, esta advertencia tiene como destino lógico la papelera, junto a todas sus otras jeremiadas. Pero en el somatén mediático, con la firma de su director, hay que prestarle atención. Enfatiza Marius Carol ("Bajo la atenta mirada de Europa", LV, 16/7):

Europa contempla con preocupación la hoja de ruta independentista de Mas y Junqueras. La UE está mirando el proceso catalán con inquietud, entre otras razones porque la Generalitat debe 65.000 millones y España un billón. Pero en caso de salida, Catalunya debería apuntarse el 20 por ciento de esta cifra de acuerdo con su contribución al PIB. Merkel, y por extensión la troika, no quieren nuevas tensiones en su seno. Lo ocurrido en Grecia no sólo es un aviso a los helenos, sino también a las políticas de otros países que pueden afectar a la caja común europea. Son tiempos para calibrar bien las promesas, sin dejarse llevar por las emociones.

El 61,8 por ciento de los griegos votó "no" y hoy está frustrado por la realidad. Entre los catalanes, más espabilados, sólo un minoritario 38 por ciento vota tozudamente a favor de la independencia. Sigamos así, ignorando las barrabasadas de los líderes caducos, y estaremos a salvo de la demoledora Catexit. No queremos aprender cómo se dice "corralito" en catalán.

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