Retorno a las fuentes envenenadas

Eduardo Goligorsky

He reproducido infinidad de veces el fragmento de aquella entrevista en que Oriol Junqueras confesó que ya a los ocho años era independentista y "tenía muy claro que estaba contra la Constitución española" (LV, 12/11/2012). Dato más que suficiente para diagnosticar un caso de estancamiento de la evolución cognitiva en una etapa muy temprana de la infancia. Ahora leo que el profesor José Antonio González Casanova, flamante ganador del premio Gaziel con su libro Memoria de un socialista indignado, se define como "anticapitalista" y subraya (LV, 18/1): "Soy anticapitalista desde niño: a los tres años arrojé dinero por el váter". Otro ejemplo de atrofia precoz de la escala de valores que incapacita a quien la padece, cualesquiera sean sus títulos académicos, para dar lecciones de madurez intelectual. En fin, Pablo Iglesias le suelta a Enric Juliana (LV, 1/2) que si pudiera viajar en el tiempo se enrolaría en el PSUC, instalándose, él también, en otra fantasía involutiva que pone en evidencia su regresión a las alucinaciones leninistas, de las que el PSUC fue un vástago anómalo y efímero.

Súbitamente, un variopinto elenco de dirigentes políticos y formadores de opinión desempolvan los más perversos detritos ideológicos de un pasado no tan lejano y los exhiben ante los ciudadanos desinformados como si fueran una panacea mágica capaz de curar todos los males. Es el retorno a las fuentes. Pero a las fuentes envenenadas. Frente a fenómenos de esta naturaleza, me atreví a sugerir, tímidamente (LD, 21/11/2014), que las autoridades apelaran a una junta médica integrada por psiquiatras de reconocida autoridad para tratar a los políticos catalanes que, obsesionados por materializar sus quimeras secesionistas, se empecinan en negar tozudamente que sólo los apoya el 33 por ciento del censo electoral. Me quedé corto. Poco después, Ignacio Vidal-Folch propuso que esta tarea terapéutica fuera encomendada nada menos que a "Trenes llenos de psiquiatras" (El País, 17/12/2014). Sea cual fuere la dimensión de la junta médica, lo cierto es que cada vez son más numerosos los casos de ruptura con la realidad que deberán tratar los profesionales. A los secesionistas se suman ahora los que, para evitar eufemismos tramposos, debemos llamar comunistas, porque esto es lo que son, aunque se enmascaren tras el rótulo de Podemos, tan transparente como los de Izquierda Unida, Izquierda Plural y sus franquicias autonómicas. Ellos se disfrazan y se dividen porque está en su naturaleza, pero son lo que son: comunistas. Y nadie puede librarlos de los cien millones de víctimas que cargan sobre sus espaldas.

Guardianes de la ortodoxia

Los guardianes de la ortodoxia son taxativos: los secesionistas por un lado y los comunistas por otro. A Francesc-Marc Álvaro le escandalizan las confusiones (LV, 5/2):

Podemos es un proyecto que plantea una reforma mientras el soberanismo (en su conjunto y más allá de las diferencias entre partidos) plantea una ruptura. ¿Se acuerdan los más viejos, de estas categorías? ¿Reforma o ruptura? ( …) La nueva revuelta catalana, con un protagonismo evidente de las clases medias, desea un divorcio civilizado. Un divorcio es siempre una ruptura. Podemos no quiere romper nada y ya echa agua al vino de sus propuestas. Podemos quiere hacer reformas en la casa, aunque utilice una retórica rupturista y una escenografía pseudorrevolucionaria que pretende conectar con el espíritu del 15-M. (…) Iglesias, por mucho que hable de castas con impostación irreverente, no discute nunca el mapa del mundo dado por descontado, mientras el soberanismo catalán aspira a redibujar el mapa con la fuerza de los votos, y eso no se tolera.

Si no fuera porque están delirando sobre el desguace de un país -España-, sobre el resquebrajamiento de otro -Cataluña- y sobre la ruptura de la convivencia que nos legó la Transición, las controversias entre estos dogmáticos trasnochados que se disputan el copyright de la revolución no serían más que hilarantes parodias de las refriegas que entablaban, pistola en mano, estalinistas, trotskistas, maoístas, titoístas y otros istas mistificadores para reivindicar la pureza de sus respectivas patrañas. Pero hay que tomarlos en serio porque tienen, unos y otros, instrumentos de poder; porque todos arremeten, con premeditación y alevosía, contra la Constitución sabiamente acordada entre los españoles; y porque todos postulan el retorno a las fuentes envenenadas, sean estas las absolutistas del siglo XVIII o las totalitarias del siglo XX.

Los casos más patéticos de retorno a las fuentes envenenadas son aquellos en que intelectuales que recorrieron todo el itinerario ideológico desde la extrema izquierda hasta el liberalismo crítico ilustrado, pasando por el pragmatismo socialdemócrata, creen rejuvenecerse cuando abrazan, simultánea o alternadamente, las supercherías de los secesionistas o los comunistas. Supercherías que la experiencia les había enseñado a despreciar olímpicamente.

Resistencia al cambio

El liberalismo crítico ilustrado. Esta es la corriente de pensamiento donde Miquel Porta Perales (Camaleons i numantins. La Perestroika dels intelectuals catalans, Barcanova, 1992) situó a Josep Ramoneda al cabo de su evolución en el campo de la filosofía. Porta Perales explicó que utilizaba el término camaleón, en sentido no peyorativo, como sinónimo de cambio, y numantino, con sentido no peyorativo, como sinónimo de resistencia al cambio. Ramoneda era uno de los camaleones; Manuel Vázquez Montalbán y José María Valverde, dos de los numantinos. Pues bien, al cotejar la lectura del capítulo dedicado a Ramoneda con la de sus textos actuales se comprueba que, después de culminar su evolución en el liberalismo crítico ilustrado, el filósofo retornó a las fuentes envenenadas. Porta Perales explica cuáles fueron estas fuentes:

Durante la década de 1970, la influencia del pensador marxista francés Louis Althusser fue muy importante en Cataluña. Y uno de los frutos de esta influencia fue Sobre la filosofía y su no-lugar en el marxismo (Laia, 1974), obra con la cual Josep Ramoneda inicia prácticamente su producción ensayística.

Porta Perales cita los párrafos del libro que reflejan la subordinación de los autores (el otro es Lluís Crespo, poco después eclipsado) a la versión estrictamente dogmática que Althusser elaboró del marxismo en su peculiar jerigonza:

Y el mecanismo de este esquema se hace patente cuando nuestros autores afirman que en el modus de producción capitalista "la lucha de clases es el aspecto dominante y el elemento sobredeterminante, que reúne y aglutina todas las contradicciones cuya posible solución pasa por el surco que ella define". (…) Crespo y Ramoneda añaden que "la lucha de clases es el motor de la historia. La historia no tiene, en el sentido filosófico del término, un sujeto sino un motor: la lucha de clases".

El camaleón se muerde la cola

Hoy, la piel del camaleón recupera el color originario. Ya no están de moda, como en los años 1970, las lucubraciones alambicadas del neoestalinismo althusseriano, apropiadas para encandilar a un joven filósofo rebelde. El papel de señuelo para todos los que sienten la necesidad de desahogar sus instintos de rivalidad territorial y étnica lo asumen los proyectos secesionistas, extraídos de las tinieblas del pasado; y lo que moviliza a quienes sueñan con rejuvenecer comportándose como idealistas justicieros es la exhumación de la fracasada barbarie comunista maquillada en los laboratorios que subvencionan las despóticas cleptocracias latinoamericanas.

Hecho sintomático: el camaleón retornado a los orígenes y abrevado en las fuentes envenenadas sustituye el caduco idilio con el dogma althusseriano por una entrega igualmente apasionada a la secesión, cuando está de buen humor, y a la revolución, cuando se endurece su talante. Eso sí, althusseriano, secesionista o revolucionario, se desentiende del liberalismo crítico ilustrado que abrazó tiempo atrás, para echar ahora leña al fuego de uno u otro conflicto cainita. Y, peor aun, si cabe, para impugnar la guerra sin cuartel -cadena perpetua y drones incluidos- contra los enemigos de nuestra civilización. Escribe Ramoneda (El País, 4/2):

¿Era necesario un pacto antiterrorista? (…) Sobreactuar en la cuestión del terrorismo yihadista puede ser útil al Gobierno. Genera inquietud en la ciudadanía, despierta resortes muy sensibles en la mente de los españoles por la larga noche del terrorismo etarra y por el atentado del 11-M, y permite, de tapadillo, desarrollar conceptos legales (con drásticas modificaciones del Código Penal y mayor discrecionalidad en la actuación policial) que van más allá de la lucha contra el terrorismo. (…) Con la firma del pacto antiterrorista, el PSOE se suma a la estrategia del PP de fomentar el miedo entre los ciudadanos y rearmar el bloque bipartidista frente al caos de los radicales.

Rearmar el bloque bipartidista frente al caos de los radicales. Ni más ni menos, sumando a todos los otros partidos y movimientos sociales que se enfrenten al caos de los radicales. Caos que también estimula quien ayer optó por la lucha de clases en su deriva althusseriana, y hoy opta por la jaula de grillos depredadores secesionistas, por la revolución de los neocomunistas cleptócratas y por el trato generoso a los terroristas y yihadistas. (¿Piedad para el asesino Charles Manson, condenado a la pena inhumana de cadena perpetua y, retrospectivamente, para el criminal de guerra Rudolf Hess, el eterno prisionero solitario de Spandau?). El camaleón, desteñido, se muerde la cola.

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