Camaradas talibanes

Eduardo Goligorsky

No se necesita ser profeta para vaticinar que más pronto que tarde nuestra progresía encontrará pretextos para atribuir virtudes redentoras a los hasta ahora denigrados talibanes. Al fin y al cabo, estos han culminado una guerra prolongada con la expulsión de su territorio de los ocupantes colonizadores, han blindado sus creencias religiosas y sus tradiciones tribales preservándolas de la infiltración corruptora de culturas extranjeras y han defendido con orgullo la pureza de su raza castigando el mestizaje con la muerte. Han hecho, precisamente, lo que la progresía lamenta que los matarifes y caníbales aztecas e incas no pudieron hacer cuando desembarcaron los civilizadores españoles. Sí parecen haberlo conseguido los camaradas talibanes.

Confraternizar con los bárbaros

El proceso de confraternización con los bárbaros ya está en marcha. Lo ha inaugurado nada menos que el jefe de la diplomacia de la UE, Josep Borrell, al declarar: "Los talibanes han ganado la guerra y tenemos que hablar con ellos. (…) con ellos hay que dialogar para evitar un desastre humanitario y migratorio". ¿Ellos? ¿Quiénes son ellos? Ellos son los señores de la guerra, con muchas caras e intereses contrapuestos, pero aglutinados por un rosario de supersticiones que conducen inexorablemente al "desastre humanitario y migratorio", como lo han comprobado, a lo largo de la historia, británicos, soviéticos y estadounidenses. Y así continuará colapsándose este aborto del medioevo implantado en Asia Central.

Tampoco podía faltar, en el elenco de componedores, nuestro presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. Su periódico de cabecera, El País (29/8), le cedió un espacio harto generoso, en el cual, con su innato cinismo, utilizó la hecatombe afgana para transfigurarse en el maestro de ceremonias de una epopeya salvadora. Epopeya que realmente existió, pero con nuestros diplomáticos y militares (que la alcaldéspota antisistema Ada Colau proscribió en el Salón de la Enseñanza) como abnegados protagonistas, mientras el Gran Felón estaba escandalosamente ausente. Y concluyó el improvisado columnista apelando, como Borrell, a la "presión sobre los talibanes que faciliten las negociaciones" en busca de "una solución política inclusiva que asegure la seguridad (sic) y la estabilidad del país". Vergonzoso postureo tras la rendición incondicional, para encubrir más concesiones a las hordas degolladoras.

Pactos contra natura

La progresía es experta en la elaboración de argumentos para justificar estos pactos contra natura. El periodista Jason Burkes sobresale en este menester cuando publica en el diario británico The Guardian (28/8) un artículo titulado (traduzco del inglés) "Occidente debe preguntarse: si el Estado Islámico es nuestro enemigo, ¿esto convierte a los talibanes en nuestros amigos?". Aunque la respuesta de Burkes no es categóricamente afirmativa, sí abre la puerta al reconocimiento de los talibanes y, lo que roza el delirio, a compartir con ellos los datos de los servicios de inteligencia. Vieja táctica colaboracionista de los tontos útiles que se aliaban ora con los trotskistas, ora con los estalinistas, ora con los maoístas, ora con los titoístas, desertando del frente democrático contra el comunismo, debilitándolo o traicionándolo.

Es cierto que el Estado Islámico libra una guerra interna contra el Emirato Islámico de los talibanes, porque los primeros aspiran a crear el califato univesal (al estilo trotskista) y los segundos se conforman –¡por ahora!– con el emirato local (al estilo estalinista). Pero ambos están sujetos a los dogmas coránicos, con sus componentes bélicos contra los infieles y discriminatorios y esclavizadores contra las mujeres. Ambos apadrinan el terrorismo y son igualmente enemigos de la civilización occidental, contra la que siempre actuarán unidos, cohesionados por el odio, aplazando sus diferencias sectarias. (Ver el muy esclarecedor "Cisma en la Yihad", de Mario Noya, LD, 31/8).

Finalmente, es imperioso recordar que a la izquierda de matriz leninista y a sus ramificaciones progres siempre les ha importado un comino la tragedia de los éxodos letales, e incluso los festejaban cuando eran ellos quienes los provocaban. Se cuentan por centenares de millones, en la verdadera memoria histórica, los súbditos de las satrapías comunistas que han huido de sus países en busca de la libertad y la supervivencia, como hoy lo hacen los cubanos y los venezolanos.

Comportamiento atrabiliario

Una prueba contundente de este comportamiento atrabiliario la encontramos en el sadismo con que el fariseo Gabriel García Márquez abordó el martirio de los boat people, los vietnamitas que, después del triunfo de los comunistas, abandonaron su país en barcas precarias y terminaban a menudo ahogados, devorados por los tiburones o asesinados por piratas.

Esos fugitivos, según Gabo (Triunfo, 29/12/1979), no eran una minoría, eran muchos, muchísimos. Era gente que había cometido un pecado imperdonable: no tenía "una conciencia política a toda prueba", fallo explicable en "una ciudad pervertida por largos años de ocupación norteamericana". Casi toda la juventud de Saigón estaba compuesta por "adolescentes occidentalizados" que soñaban con "el pasado que se fue para siempre, al compás de la música de rock". Para más inri, "al contrario de las mujeres del Norte, cuya austeridad no tiene igual, las mujeres del Sur aumentaban la belleza natural maquillándose a la moda europea, preferían los colores vistosos, aun en sus ropas orientales, y corrían los riesgos de la coquetería". Firmado: Gabo, el primer premio Nobel talibán.

Ayuda patriótica

Quienes hoy forman parte de la estructura de poder en España mientras rinden homenaje a asesinos impenitentes autóctonos, o enarbolan banderas de una república inexistente enemiga de este país que los vio nacer, están unidos por las neuronas regresivas del paleoencéfalo reptiliano a los bárbaros yihadistas alzados contra nuestra civilización. No nos extrañe que este contubernio empoderado esté maduro para coaligarse con sus camaradas talibanes.

Si no reaccionamos a tiempo, también nosotros necesitaremos, para salvarnos, la ayuda patriótica de los mismos héroes que rescataron a los refugiados afganos.

A continuación