Así es nuestra dictadura

Eduardo Goligorsky

“Semana a semana, día tras día, la dictadura comunista avanza en España”, diagnostica, con ojo clínico, Federico Jiménez Losantos (LD, 15/11). No sé si se puede decir que ya ha conquistado el poder y que avanza porque se consolida gradualmente, o que estamos asistiendo a la incubación del huevo de la serpiente que alumbrará esa dictadura. Lo indudable es que la dictadura está aquí, en España, gestándose o ya madura.

El proceso de degeneración

El proceso de degeneración que transforma un régimen democrático en dictadura siempre empieza por la promulgación de leyes que prolongan en el tiempo la autoridad del gobernante por un lapso cada vez mayor. La aprobación de estas leyes depende, a su vez, de la connivencia de un Parlamento que abdica -“semana a semana, día tras día”- de su función de control y refuerza dócilmente las atribuciones del dictador en cierne. Neutralizado así el Poder Legislativo, el paso siguiente -o simultáneo- consiste en domesticar el Poder Judicial mediante triquiñuelas encaminadas a sustituir los magistrados independientes por otros adictos a la dictadura.

Es obvio que no todas las dictaduras han sido el fruto de una conjura tan escalonada. Las más espectaculares fueron el producto de revoluciones cruentas, como la jacobina en Francia y la comunista en Rusia, China y Cuba; o de guerras inciviles, como en España. Aquí me ocupo de las que se implantaron por la vía parlamentaria: la fascista en Italia, la nacionalsocialista en Alemania, la peronista en Argentina, la chavista en Venezuela. Y la que se está cocinando en España, con ingredientes de todos los totalitarismos, desde la simiente racista hitleriana del supremacismo hispanófobo hasta el comunismo puro y duro de los podemitas y la patología cainita de los albaceas del terrorismo etarra. Con el Ministerio de la Verdad y la proscripción de la lengua española en los enclaves étnicos como complementos. Incluso el cauto José Luis Cebrián denuncia las derivas antidemocráticas” del Gobierno de Sánchez (El País, 16/11).

Digresión ilustrativa

No caben dudas de que en España ya ha empezado el proceso de transformación del régimen democrático en dictadura mediante la cesión de poderes del Legislativo al Ejecutivo durante un lapso excepcional, con la coartada de la pandemia. Los periodos razonables de quince días se han convertido en uno de seis meses. Y aquí me disculparán una digresión ilustrativa.

Aprovechando el confinamiento retomé la lectura de Facundo. Civilización y barbarie, de Domingo Faustino Sarmiento (1811-1888), presidente argentino (1868-1874), que fue pionero de la educación en su país. Su libro es una apología de la democracia, la cultura y la modernidad, cuyos modelos sitúa en los centros urbanos y en Estados Unidos y Europa, y es una diatriba contra el despotismo, la ignorancia y el primitivismo, encarnados en el espacio rural, los gauchos y los caudillos. El texto pinta con crudeza la barbarie y la ferocidad infinitas de dos de estos caudillos: Facundo Quiroga y Juan Manuel de Rosas, aliados hasta que, según todo parece indicarlo, el segundo mandó asesinar al primero. Algo nada raro en las dictaduras bicéfalas.

Sarmiento cuenta que Rosas, elegido gobernador de Buenos Aires con un mandato de cinco años en 1835, se erigió en tirano de toda Argentina hasta 1852 con el título de Héroe del Desierto, Ilustre Restaurador de las Leyes, Depositario de la Suma del Poder Público. Ese año huyó a Inglaterra -contra la que había combatido de palabra y de hecho- después de que el general Justo José de Urquiza lo derrotó en la batalla de Caseros, con un ejército en el que estaba enrolado Sarmiento.

Saqueos y degüellos

Facundo se publicó en el año 1845 en Chile, donde Sarmiento estaba exiliado, pero exactamente un siglo después, en 1945, el culto al tirano Rosas resucitó con el peronismo. “¡Rosas y Perón, un solo corazón!”, vociferaban los descamisados, y la coletilla era “¡Alpargatas sí, libros no”. A lo largo de los años, hasta hoy mismo, los peronistas multiplican los bustos de Juan Manuel de Rosas, bautizan con su nombre instituciones y lugares públicos, y demonizan a Sarmiento. Toman partido por la barbarie, contra la civilización. Y por la dictadura contra la sociedad abierta. En 1949, el presidente, general Juan Domingo Perón, forzó la reforma de la Constitución argentina para perpetuarse en el poder, que ejercía desde 1946. Por fin lo desalojó la Revolución Libertadora en 1955.

No es casual que los sicarios de Perón adoptaran el nombre de Montoneros, en homenaje a las hordas que en tiempos de Rosas servían a este y otros caudillos sembrando el terror entre la población civil con sus saqueos y degüellos. Sus armas predilectas eran el cuchillo y la lanza, y su divisa era una cinta colorada con la leyenda “¡Mueran los salvajes unitarios!”, que debían exhibir obligadamente hombres y mujeres en todo momento, anticipándose a la moda sectaria del lazo amarillo.

La tiranía vitalicia

Los portadores de la mutación kirchnerista del virus dictatorial rosista y peronista nos están infectando. Gerardo Pisarello y Pablo Echenique lo han importado de Argentina y lo han incorporado a la estrategia de Podemos, sumándolo allí a la pandemia leninista y chavista. Una estrategia para someter España a la tiranía vitalicia. El vicepresidente segundo con ínfulas de dictador de la república plurinacional comunista, Pablo Iglesias, lo ha pronosticado explícitamente, con la aprobación del felón Pedro Sánchez: “La derecha nunca volverá a sentarse en el Consejo de Ministros”.

Esta república de pacotilla la están montando de espaldas a la Unión Europea y contra ella. Nos distraemos con el cachondeo de los diez mil soldados rusos quiméricamente prometidos para custodiar la satrapía de un tal Puigdemont, que solo existieron en la fanfarronada de un mercenario del supremacismo catalán, cuando los que nos colonizan realmente son los bulos filtrados en las redes desde Moscú. Sin embargo, el enemigo más artero es el que Iglesias recluta entre sus camaradas latinoamericanos. Un entramado en el que perseveró durante su viaje a la cocalera Bolivia, donde conspiró con el presidente trilero de Argentina y con el canciller secuaz de Maduro, escabulléndose de la comitiva espuria que el tartufo Sánchez le coló a Felipe VI.

Alerta, españoles

A la dictadura ya ni siquiera le falta una fuerza de choque equivalente a las hordas montoneras de Rosas y Perón. La tiene gracias a los pactos con los albaceas de los matarifes etarras que, según Iglesias, participan “en la responsabilidad de la dirección de Estado” (El Confidencial, 12/11). Uno de los portavoces de esta banda, Arkaitz Rodriguez, se jactó en el Parlamento vasco: “Vamos a Madrid a tumbar definitivamente el régimen” (El Mundo, 12/11). Tras lo cual el esquerrano Gabriel Rufián desenmascaró el desmentido del embustero compulsivo José Luis Ábalos y dictaminó que es “una buena noticia” el pacto del Gobierno con Bildu (El Español, 17/11).

Domingo Faustino Sarmiento convocó a elegir entre civilización y barbarie en la Argentina del siglo XIX y, lamentablemente, allí sigue triunfante la barbarie en el siglo XXI. La opción en la España de hoy es entre la Constitución pluralista y la Monarquía parlamentaria, por un lado, o la dictadura leninista-chavista-peronista, por otro. De la respuesta racional a esta disyuntiva depende nuestra supervivencia como ciudadanos libres e iguales. Alerta, españoles.

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