Artistas del postureo

Eduardo Goligorsky

El Gobierno de la ciudad de Barcelona sobresale en el arte del postureo, que practica en dos variantes: la iconodulia y la iconoclasia. La primera se expresa aquí en la veneración aparatosa de figuras históricas, imágenes y símbolos, inevitablemente asociados con ideas o actos revolucionarios o, por lo menos, contestatarios. La segunda implica la destrucción o proscripción de monumentos, placas conmemorativas o nombres afines al bando opuesto. Pero esta alternancia no es el producto de debates razonados, del hallazgo de nuevos documentos o de aproximaciones objetivas al discurrir de la historia, sino de un postureo sectario que ofende la inteligencia.

Crudo realismo

Uno de los últimos iconos bendecidos por la alcaldesa Ada Colau –cada día aparece uno nuevo– es el memorial Som i serem ciutat refugi, que consiste en un monolito situado junto a la muy concurrida playa Sant Sebastià, en el Passeig Marítim de la Barceloneta, dotado de un marcador electrónico en el que se irá actualizando el número de migrantes que mueren ahogados en el Mediterráneo. El día de la inauguración, la alcaldesa fue abucheada por los mismos que ella había sublevado contra las leyes, pues le reprochaban la detención de algunos manteros. El grupo municipal de CiU (qepd) acusa a Colau (LV, 27/7) de

“acercarse demasiado a la pornografía del dolor” y reclama que explique cómo se “tratará a los inmigrantes sin papeles” que lleguen a Barcelona. “¿Seremos capaces de dar permisos de trabajo que eviten la explotación?”.

Ni Ada Colau ni sus acólitos contestarán estas preguntas porque están muy ocupados diseñando el próximo postureo con estatuas decapitadas en la explanada del Born. Allí las acompañará el mástil de 1.714 centímetros, un postureo del anterior alcalde Xavier Trías, con obvias cábalas numéricas secesionistas, que el edil del PSC Daniel Mòdol calificó de “porno, nacionalista y provinciano” (LV, 4/8). “Pornografía del dolor” el monolito; “porno” el mástil… hasta en el ámbito resabiado de la pornografía se entrometen los artistas del postureo.

Walter Laqueur nos suministra el antídoto con crudo realismo (LV, 9/7):

El Papa y el primer ministro italiano se preguntan si no es inhumano devolver a mujeres y niños, los más pobres entre los pobres. ¿Cómo se puede incluso considerar la posibilidad de no rescatar a los que se ahogan en el mar? Propusieron un fondo de miles de millones para mejorar la economía y la formación de los africanos en sus países, con lo que mejorarían las perspectivas de empleo. Pero el Papa no tiene dinero ni tampoco los italianos, nadie quiere dar y menos aun los que tienen algo. Y si algo de dinero llegara iría a parar a los bolsillos de los gobernantes corruptos de África. Así que los inmigrantes seguirán llegando, y los partidos antiinmigrantes crecerán y Europa seguirá moviéndose hacia regímenes autoritarios. Es una de las historias más tristes en el mundo contemporáneo. (…) El pánico nunca es útil, pero, exageraciones aparte, los datos y cifras sobre la inmigración son obstinados y es peligroso ignorarlos o restarles importancia.

Víctimas ninguneadas

La piel hipersensible del clan progre que ocupa diversos estamentos de poder en Cataluña tiene, para más inri, zonas estratégicamente anestesiadas. Así, la presidenta del Parlamento catalán, Carme Forcadell, se alejó de la justicia española tomándose unas vacaciones en Etiopía, una república independiente tercermundista, emancipada del colonialismo, donde tal vez esta sacerdotisa de la hoja de ruta fue a buscar el apoyo que  la UE niega categóricamente a la ilusoria república catalana. Allí, el primer ministro etíope, Hailemariam Desalegn, entregó el premio African Dignity, en el marco del foro del mismo nombre, al presidente de Sudán, Omar al Bashir (LV, 31/7),

acusado por la Corte Penal Internacional de crímenes de guerra, genocidio y crímenes contra la humanidad.

Un medidor que contara los centenares de miles de víctimas menos mediáticas de los sátrapas africanos estaría mucho más activo y sería más conmovedor y pedagógico que el de la señora Colau. Aunque le estropearía las vacaciones a la señora Forcadell en el foco de ese matadero donde premian la dignidad de los genocidas.

Y puesto que de víctimas ninguneadas hablamos, es imperativo subrayar que las más próximas a nuestra civilización, los cristianos que padecen persecuciones, despojos, violaciones, torturas y masacres en los territorios dominados por los yihadistas, o son asesinados en nuestro propio entorno, no despiertan ni la solidaridad, ni la compasión ni el activismo de los artistas del postureo, que, para mayor bochorno, son hostiles a las fuerzas de seguridad que nos –y los– protegen. Colau hace ostentación de su fobia al Ejército (El País, 9/3).

Tomás Alcoverro nos devuelve al mundo real (“El pecado de ser cristianos”, LV, 28/7):

Los yihadistas del Estado Islámico, de Al Qaeda, pero también milicianos rebeldes sirios de otros grupos se han ensañado con religiosos cristianos, católicos, de nacionalidades europeas que se habían volcado en sus misiones en estos países de Levante. (…) Son numerosos los sacerdotes de Iraq, de Siria, que han muerto en manos de los bárbaros del islam, como el padre François Murad, decapitado por el Frente Al Nusra el 25 de junio del 2013, ante hombres y niños que aplaudían su martirio con un cuchillo de cocina gritando 'Alahu Akbar'.

(…)

No sólo sacerdotes y monjas han sufrido muerte, persecución y secuestro, sino que centenares de habitantes cristianos de Siria, de Egipto, fueron raptados por los yihadistas en estos años de desbordante terror. En junio del 2015, el asesinato colectivo de 21 cristianos de nacionalidad egipcia que trabajaban en Libia por bárbaros del Estado Islámico provocó el bombardeo del ejército egipcio contra una de sus bases en aquella descoyuntada república norteafricana. Todos pertenecían a la milenaria iglesia copta ortodoxa de Egipto.

Insólito y alarmante

No es extraño que los movimientos totalitarios, populistas, antisistema y nacionalistas que se han fijado como objetivo la destrucción de las sociedades abiertas y de las instituciones solidarias y auténticamente progresistas (no progres) del mundo democrático observen la barbarie islamista como una posible aliada circunstancial, se nieguen a cerrar filas contra ella y opten por distraer a las masas con su postureo histriónico. Un postureo que no salvará a sus líderes y seguidores, infieles todos ellos sin atenuantes, de ser degollados si triunfan los yihadistas.

Lo insólito, incluso alarmante, es que la reacción del papa Francisco a la embestida islamista también esté marcada por el postureo, en este caso típicamente peronista, con vestigios del folklore marxista. Dos días después de que un sacerdote de 86 años fuera degollado en una iglesia rural de Normandía al grito de “Alá es el más grande”, el Papa argentino sentenció (LV, 28/7):

El mundo está en guerra, pero no es una guerra de religión, no. Es una guerra de intereses, es una guerra por el dinero, es una guerra por los recursos de la naturaleza, es una guerra por el dominio de los pueblos; esta es la guerra.

Es interesante e instructivo que en los círculos académicos se debata si las Cruzadas, la Inquisición, la Reforma, la Contrarreforma y el calvinismo fueron fenómenos religiosos o económicos. No cabe duda, por ejemplo, de que cuando Roberto Calvi, figura clave en los pasteleos entre el Banco Ambrosiano, la Banca Vaticana, la logia masónica P2 y la Mafia, apareció ahorcado bajo el puente Blackfriars, en Londres, el 16 de junio de 1982, la motivación fue económica y no religiosa. Pero al sacerdote Jacques Hamel no lo degollaron en el altar de la iglesia de Saint-Étienne-du-Rouvray para robar las limosnas del cepillo. Fue un asesinato ritual. Tampoco la Sagrada Familia de Barcelona y el santuario de Lourdes están amenazados por competidores turísticos sino por terroristas islámicos (LV, 10/8).

Sería  necio pretender que el Papa se ponga al frente de la resistencia a la yihad, cuando además la cruenta guerra de religiones también se libra entre musulmanes suníes y chiíes, pero sería suicida aceptar resignadamente que se sume al coro de los artistas del postureo demagógico que nos ocultan, por sus necesidades sectarias, la magnitud global y el irracionalismo congénito de las legiones bárbaras que agreden a nuestra civilización.

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