Aprendices de brujo

Eduardo Goligorsky

Tenía 9 años cuando mis padres me llevaron a ver Fantasía, la famosa película de Walt Disney, con la vana esperanza de que la conjunción entre los dibujos animados y la música clásica despertara en mí la afición por esta última. Nunca lo consiguieron. Pero lo que sí se grabó indeleblemente en mi retina fue la imagen del aprendiz de brujo Mickey Mouse, impotente ante la multiplicación de escobas que transportaban cubos con agua obedeciendo a un hechizo que él no sabía desactivar.

Hoy asistimos a un fenómeno de parecidas características, aunque protagonizado por personajes de carne y hueso, en tiempo real y sin acompañamiento de orquesta: un clan político embriagado de proyectos anacrónicos y de ambiciones desmesuradas excita las pasiones de un conglomerado de ciudadanos, los seduce con soflamas demagógicas desprovistas de contacto con la realidad circundante y los moviliza en dirección... al vacío. El desbarajuste consiguiente será de tal magnitud que algunos acompañantes del clan, incluso algunos de sus miembros –los que tienen más que perder– empiezan a dar señales de alarma. Han comprobado que los aprendices de brujo que encabezan la marcha obedecen a instintos primarios que sólo pueden desembocar en la bancarrota.

Disquisiciones metafísicas

El expresidente de la Generalitat Jordi Pujol captó tempranamente el clima enrarecido que crecía a su alrededor y escribió "A gente que se asusta" (La Vanguardia, 4/9/2011):

A los que se asustan. Y a los que no se asustan, pero que se tendrían que asustar. Que son muchos. De hecho muchos, casi todos nos tendríamos que asustar. (...) Este artículo es resultado de una conversación con un buen amigo. Que está asustado, sobre todo, por la crisis económica. Con razón. Pero que no me llama por eso. Le asusta más el hecho de que, según me dice, encuentra a más gente que antes que se declara independentista. Y le preocupan, sobre todo, las consecuencias que eso podría tener para su empresa, que si bien exporta, y cada vez más, sigue teniendo a España como su mercado principal. Teme (...) por la pérdida de todo o de buena parte del mercado español si Catalunya se convirtiera en país independiente.

A partir de ahí, Pujol endilga a su amigo los argumentos habituales que esgrime el nacionalismo identitario para justificar el secesionismo, pero lo que queda claro es que el auténtico catalanista, el que verdaderamente se preocupa por el bienestar de Cataluña y de los catalanes, es el que pone la realidad práctica por delante de las disquisiciones metafísicas y de las quimeras fiscales que Berlín y Bruselas harán abortar.

Es visible que, como escribe Pujol, hay mucha gente asustada, y que ese susto se ha contagiado también a algunos de sus acólitos. Acólitos que no temen tanto la reacción del resto de España como la irresponsabilidad de sus aprendices de brujo. Los guardianes de las esencias son implacables con los potenciales desertores de la Gran Marcha hacia la independencia, a los que acusan de sentir pánico, más que miedo. Josep Ramoneda clama contra estos mercaderes claudicantes (El País, 31/7/2012):

En Convergència, sectores más vinculados al mundo empresarial sienten el pánico de las incertidumbres de un proceso de ruptura.

Algunos de estos guardianes de las esencias llevan su suspicacia hasta el extremo de preguntarse si Artur Mas no será un blandengue. Antes de que Mas anunciara que no concurrirá a la manifestación independentista del 11 de Septiembre, Francesc-Marc Álvaro hizo malabarismos para neutralizar esta suspicacia, aunque sin disiparla por completo (LV, 27/8/2012):

No acabo de entender este tipo de polémicas. Sobre todo porque Mas ya rompió el gran tabú cuando votó (con la papeleta del "sí") en la consulta popular sobre la independencia que se celebró en Barcelona el 10 de abril del año pasado. (...) Mas es el primer presidente de Catalunya que, en el ejercicio del cargo, se ha pronunciado favorablemente por la secesión en un referéndum informal, pero con innegable carga simbólica.

Aires marciales

Es verdad: los secesionistas no tienen motivos para desconfiar de Artur Mas. Los catalanes sí, porque los rituales de su brujería mal aprendida pueden acarrear un desastre para España y, dentro de ella, para Cataluña. Basta reflexionar sobre sus aires marciales. El cronista militante de su epopeya, Jordi Barbeta, relata (LV, 29/7):

El president de la Generalitat, Artur Mas, convocó a Palau a todos los altos cargos de la institución. (...) Eran unos 300. Fue un acto extraordinario pero interno, sin luz, ni taquígrafos, ni periodistas. El president los convocó a participar en "una misión histórica": "Sois los generales de un ejército que es la Generalitat y que tiene una gran misión. De la Generalitat depende la suerte del país. (...) Nos encontramos en una situación muy dolorosa, pero también es una gran oportunidad para cambiar el país".

El titular de La Vanguardia del 10/8 no fue menos castrense:

Mas toca a rebato por el pacto fiscal.

Frente a tanto fragor bélico, Francesc de Carreras se preguntó, con su habitual clarividencia (LV, 4/8), si Mas quiere ser el Companys del 6 de octubre de 1934. Esto es lo que se preguntan también, sin abjurar de su nacionalismo, los testigos más prudentes de la escalada. Advierte Lluís Foix (LV, 21/8):

Si un Gobierno se manifiesta a favor de la independencia, quiere decir que los puentes están rotos con España y que pueden ser pasos sin retorno. Si no existe un plan alternativo, si Europa no aprueba esta decisión, si la deuda nos sepulta y si no sabemos cómo será el día después, lo más aconsejable sería no apresurarse. El Gobierno no es el dueño del país.

Cosa curiosa, en un editorial del somatén mediático sobre "El orgullo herido de Suecia" y el caso Assange, aparece un párrafo fuera de contexto que podría interpretarse como una crítica velada al papel que ese mismo somatén desempeña en la agitación secesionista. ¿Mensaje encubierto a los demócratas agraviados desde sus páginas? Leemos (LV, 23/8):

En el mundo de hoy –el de la electrónica, la imagen y la comunicación–, muchos intentan manipular los medios. Una soflama nacionalista o una manifestación callejera que genere imágenes impactantes para los noticiarios televisivos pueden tener gran efecto. Pero es preciso recordar que las políticas democráticas no se construyen vociferando, sino con educación, leyes y años de compromiso social.

Chusma y élite

También en el somatén mediático, el notario Juan-José López Burniol, habitualmente empeñado en legitimar el imposible connubio entre el nacionalismo y la racionalidad, se decantó circunstancialmente por esta última, en medio de la ofensiva rupturista, al tomar partido por la Ilustración frente al Romanticismo. Lo hizo con una argumentación cuya precisión, típicamente notarial, demuele los cimientos del edificio identitario donde se cobijan los herederos de aquel Romanticismo, a los que define, sin pelos en la lengua, como nacionalistas excluyentes, y deja al descubierto, asimismo, la matriz egoísta y etnocéntrica de sus belicosas reivindicaciones económicas (LV, 19/8):

El núcleo duro de la corriente romántica es la exaltación de la naturaleza y de la historia, pero no de toda la naturaleza y de toda la historia, sino de mi naturaleza y de mi historia. Así, para los nacionalistas excluyentes no hay más que nuestro país y nuestro paisaje; nuestra tradición y nuestra historia; nuestra literatura y nuestra música; nuestros campos y nuestros productos; nuestras fábricas y nuestras empresas; nuestros negocios y nuestros bancos; nuestros intereses y nuestro dinero; nosotros y nosotros. Porque los otros no son como nosotros. Ellos son vagos, indisciplinados, erráticos, poco fiables, dilapidadores, sinvergüenzas e, incluso, guarros.

Y lo remata con estas dos perlas de sabiduría:

Ya advirtió Isaiah Berlin que "el Romanticismo, tan pronto como es llevado a sus consecuencias lógicas, termina en una especie de locura", promovida –en palabras de Hannah Arendt– por una "alianza entre chusma y élite".

El día 11 de septiembre habrá una manifestación independentista en Barcelona. Acudirán la mayoría de los miembros del Gobierno local. Todos los organizadores, empezando por ese Òmnium político que luce la etiqueta de Cultural, así como la prensa genuflexa, que inflará las cifras de manifestantes hasta hacerles ocupar toda la superficie, libre y edificada, de la ciudad, reciben cuantiosas subvenciones de este mismo Gobierno local. Los aprendices de brujo estarán de parabienes, pero nunca dejarán un recuerdo tan grato como el que dejó Mickey Mouse en Fantasía y, además, a diferencia del ficticio ratón de Disney, pueden causar daños cuantiosos a la convivencia y a nuestras instituciones económicas, sociales, culturales y políticas. Una experiencia trágica que ya vivió España, históricamente martirizada por corrientes antagónicas de fanáticos.

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