Año Cero de la corrupción

Eduardo Goligorsky

Olvídense de los nombres asociados a estos escándalos económicos: Gürtel, ERE de Andalucía, Kitchen, Villarejo, tarjetas black, dinastía Pujol, Rey emérito. Todos estos y muchos otros, que han sido producto de las debilidades humanas, quedaron eclipsados el día en que el Gran Felón dio vuelta la página para inaugurar la conversión del Reino secular de España en una república mostrenca fragmentada en taifas anacrónicas. ¿Creíamos haber padecido el colmo de la corrupción? Desengañémonos. Es ahora cuando el calendario político marca el comienzo del Año Cero de la corrupción.

Acto de lesa patria

¿Acaso puede haber un acto de corrupción más atroz que el de lesa patria perpetrado premeditadamente y por razones de interés espurio personal por un gobernante y sus corifeos contra la integridad territorial de su país? Corrupción que se completa con la abolición del Estado de Derecho y la consiguiente cancelación de las garantías constitucionales para la convivencia armoniosa entre ciudadanos libres e iguales.

¿Qué argumentos tenemos para dictar una sentencia tan abrumadora? Nada menos que la concertación, entre bambalinas, de un acuerdo de este Gobierno con corrientes subversivas renegadas de su nacionalidad española, para poner en liberad a un puñado de delincuentes recalcitrantes, condenados a penas de prisión por el Tribunal Supremo al cabo de un juicio público que, si en algo pecó, fue de benevolencia. Las penas por rebelión, que pedía el fiscal, habrían sido más severas que las que les aplicaron por sedición.

Las tratativas con los presos en sus alojamientos penitenciarios de cinco estrellas y con sus cómplices en los despachos de la Generalitat y en el palacete de Waterloo las entablaron el hoy evaporado caricato de revolucionario Pablo Iglesias, el chisgarabís José Luis Rodríguez Zapatero, correveidile del dictador Nicolás Maduro, y una comparsa de politicastros, periodistas, empresarios y clérigos, con el desenlace que se conoce. O mejor dicho, con el desenlace del primer acto que se conoce: el indulto. Recordemos que solo estamos en el comienzo del Año Cero de la corrupción política. Nos aguardan muchas nuevas embestidas de la segunda etapa del procés si los partidos constitucionalistas y la sociedad civil no ponen pie en pared ya mismo.

Mucho bla-bla-bla

"La actitud del Gobierno español es la mejor que he visto en una década", reza el titular de La Vanguardia (27/6), citando palabras textuales del cenobita Oriol Junqueras, tomadas de una larga entrevista hagiográfica firmada por el director del diario, Jordi Juan. El mismo Junqueras que, conversando con Lluís Amiguet (LV, 12/11/2012) le confesó que era independentista y estaba contra la Constitución española desde que tenía ocho años de edad. Y ahí quedó precozmente atrofiada su capacidad para relacionarse normalmente con sus semejantes, sustituida por una psicosis de odio racista contra sus compatriotas españoles.

Después de mucho bla-bla-bla pragmático y dialogante, Junqueras va al grano: "Llevaremos [a la mesa de diálogo] la amnistía y la autodeterminación. La cuestión política que tenemos pendiente, para nosotros, es una república catalana independiente en el marco de las instituciones europeas". Aunque sobre este último punto no se hace ilusiones: "Y yo no he oído aún a ningún representante internacional que reconocería a una república cuya proclamación no haya pasado por un referéndum". El pez se muerde la cola.

Reivindicaciones extremas

Ya estamos en la segunda etapa del procés. Cumplido el objetivo del indulto, Miquel Iceta, Salvador Illa y los amanuenses del junquerismo abren el abanico de las reivindicaciones extremas: 1) el referéndum que puede servir tanto para resucitar el Estatut anticonstitucional del 2006 como para colar la autodeterminación secesionista; 2) la amnistía; 3) el regreso victorioso del prófugo Carles Puigdemont y sus esbirros; y 4) el rescate in extremis de los imputados por las malversaciones del Diplocat y sus ramificaciones, que deben pagar como fianza una mínima parte de la cuantiosa suma que, según calcula el Tribunal de Cuentas, defraudaron a los contribuyentes. Mucho trabajo para el Año Cero de la corrupción.

¿Me olvido de algo? Sí, pero en aras de la concordia bien entendida, prefiero dejar la respuesta a un colectivo enrolado en el catalanismo democristiano, del que me separan muchas diferencias, pero que sabe dar testimonios de su compromiso con la racionalidad. He aquí uno que desmonta otra falacia predilecta del independentismo (Colectivo Treva i Pau, "Una tregua para la paz", LV, 25/6):

Hay otro conflicto que resolver, el que el independentismo ha creado al dividir Catalunya en dos mitades (…) Porque hemos olvidado durante demasiado tiempo la existencia de una mayoría ciudadana, todo lo exigua que prefiera el lector, pero mayoría al fin (solo la alquimia de la ley electoral la convierte en una minoría parlamentaria) que declara ser a la vez catalana y española, aunque en proporciones variables. Esa media Catalunya ha visto cómo la otra media hablaba una y otra vez en nombre del pueblo catalán, y cómo presentaba, dentro y fuera de España, sus programas particulares como mandatos del pueblo catalán. (…) Nos indigna ver cómo el independentismo ha insistido en proyectar, dentro de Catalunya y fuera de España, una imagen del Estado español, y con ella de España, que no es más que una mala caricatura.

Urnas, urnas, urnas

Esta mitad mayoritaria de la ciudadanía catalana está padeciendo en carne propia los efectos del Año Cero de la corrupción, en cuyo transcurso ve cómo quienes han sido responsables de su decadencia económica, de su discriminación étnica, de su fragmentación social, de su desamparo sanitario y de su empobrecimiento cultural, recuperan sus privilegios y su poder institucional, encubiertos y recompensados por los usurpadores de la Moncloa.

Urnas, urnas, urnas para extirpar el flagelo corrupto y corruptor. En toda España como ya se ejecutó en Madrid.

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