Acoso peronista al Vaticano

Eduardo Goligorsky

Los eurófobos congénitos saludaron la elección del papa Francisco como una victoria de las corrientes purificadoras llegadas del Tercer Mundo. Van a llevarse una sorpresa. Los casos de corrupción de la Iglesia católica y las disputas internas reflejadas en los Vatileaks, incluso las depravaciones de los Borgias, palidecerán cuando se los compare con la falta de escrúpulos que exhiben los peronistas a la hora de acosar a las instituciones. En este caso, el Vaticano.

Planes hegemónicos

Cristina Fernández de Kirchner desdeñó catorce pedidos de audiencia del entonces arzobispo de Buenos Aires, Jorge Mario Bergoglio. Ella y, anteriormente, su esposo Néstor trasladaron la sede de los tedeum de las fechas patrias de la catedral de Buenos Aires, donde se celebraban tradicionalmente, a iglesias de provincias remotas para desairar a Bergoglio y no escuchar sus duros sermones contra los abusos del poder.

Ahora, la presidenta argentina ensaya una maniobra envolvente para cobijarse bajo el ala del papa argentino y sumarlo a sus planes hegemónicos con alusiones a las Malvinas y a la Patria Grande. Un típico truco peronista. El papa Francisco no puede actuar como árbitro en el caso Malvinas, porque ya prejuzgó que estas fueron "usurpadas por el Reino Unido" (2/4/2012). Lo de la Patria Grande es más complicado. El papa Francisco tuvo la precaución de aclarar que se había referido al ideal de fraternidad y solidaridad que concibieron los libertadores San Martín y Bolívar, pero en labios de la presidenta la Patria Grande tiene una interpretación muy distinta. Escribe Joaquín Morales Solá (La Nación, Buenos Aires, 19/3):

¿O, acaso, ahora San Martín es peronista y kirchnerista? A Bolívar ya lo han tergiversado en Venezuela más de lo que el prócer soportaría en vida. La "patria grande" tiene en el diccionario de Cristina, en cambio, un sentido político e ideológico que no se corresponde con el de un líder espiritual.

La Patria Grande era, para los ideólogos que admira Cristina, un continente cohesionado bajo la férula de caudillos como Juan Manuel de Rosas, Juan Domingo Perón, Fidel Castro o Hugo Chávez. Así la imaginó Jorge Abelardo Ramos, que hoy preside el panteón de los pensadores peronistas (perdón por el oxímoron). Abelardo Ramos, trotskista criollo, adulaba a Perón en la prensa del régimen con el seudónimo Víctor Almagro, y asesoró al general cuando este entabló su guerra particular contra la Iglesia católica, guerra que culminó con la quema de templos. Bergoglio sabe quién fue este energúmeno que parió la noción de una Patria Grande despótica y no se deja encandilar por sus memeces, como Cristina.

Eternizarse en el poder

El acoso del peronismo al nuevo papa discurre por dos vertientes, como es habitual en este movimiento. Vástago exótico de los totalitarismos euroasiáticos del siglo XX, con injertos mitificados de una primitiva tiranía autóctona, el peronismo carece del rigor dogmático de sus progenitores, y por tanto puede reaccionar frente a los envites con las tácticas más apropiadas a las circunstancias, sin renunciar por ello a su ambición de eternizarse en el poder. Así se explica que, por un lado, intente cooptar al papa Francisco y, por otro, lo someta a una indecente campaña difamatoria.

Las tardías carantoñas de Cristina; los carteles anónimos que tapizaron las paredes de Buenos Aires con la imagen del Papa y la leyenda "Francisco I. Argentino y peronista"; y los alaridos con que el secretario de Comercio Interior, Guillermo Moreno, prepotente falsificador de estadísticas que exigió a un grupo de empresarios: "¡Un aplauso para el Papa peronista!", fueron algunos de los testimonios de esa artera estrategia de confusión.

Más sinceras y auténticas fueron las embestidas que el núcleo duro del cristinismo lanzó contra el nuevo papa. Embestidas cuyos autores no se habrían atrevido a abrir la boca sin el visto bueno de su lideresa. Explica Álvaro Abós, uno de los más lúcidos observadores de la realidad política y cultural argentina (La Nación, 19/3):

La elevación de Bergoglio a Papa se metió de rondón en la encrucijada argentina porque el hombre que el cónclave coronó era uno de los enemigos que el Gobierno había elegido. El Gobierno ejercita sin pausa operaciones de demonización contra personas o instituciones que no se pliegan a sus dictados. (...) Ahora, de Bergoglio se dijo que, en su momento, no enfrentó a la dictadura (¡que no fue un héroe!). Para el kirchnerismo, el mundo entero es malo porque el mundo, en mayor o menor medida, por un motivo u otro, no es kirchnerista. Con esa lógica, hasta las hormigas podrían ser antagonistas. (...) Esos fundamentalistas ya clavaron a Bergoglio en uno de los casilleros de su lógica de blanco y negro.

El Perro ladra al Papa

El promotor del escándalo en el diario Página 12, el Pravda del kirchnerismo, fue Horacio Verbitsky, quien cuando formaba parte del aparato de inteligencia de la guerrilla montonera utilizaba el nom de guerre de el Perro. Hoy, el Perro ladra al Papa, acusándolo de connivencia con la dictadura militar. Puede ladrar en libertad, porque el 24/3/2011 la Cámara Nacional de Casación Penal declaró prescripto el juicio al que había sido sometido como coautor intelectual del atentado que los montoneros cometieron contra el comedor de la Superintendencia de Seguridad de la Policía Federal (2/7/1976), que dejó un saldo de 21 policías y tres civiles muertos. Antes de este atentado, y después, la carrera de El Perro discurrió por los vericuetos de las cloacas donde se entrecruzan los servicios de inteligencia de los buenos y los malos. Basta agregar que protagonistas irreprochables de la lucha contra la dictadura han avalado la conducta de Bergoglio durante los años de plomo.

Tampoco es fácil juzgar, desde fuera, los desgarramientos que sufrió por dentro, en aquellos años de plomo, la Iglesia católica argentina, y los angustiosos dilemas por los que atravesaron quienes, como Bergoglio, no querían ser cómplices de la dictadura, pero tampoco de los subversivos, muchos de los cuales militaban en el Movimiento de los Sacerdotes del Tercer Mundo. Richard Gillespie recuerda en Soldados de Perón. Los Montoneros (Grijalbo, 1987) hasta qué punto influyó sobre el embrión de Montoneros la prédica del cura guerrillero colombiano Camilo Torres, para quien la revolución podía resultar "a veces necesariamente violenta por ser algunos corazones tan insensibles". Añade Gillespie que cuando los Montoneros asesinaron al general Pedro Eugenio Aramburu, "gran número de párrocos y católicos seglares achacarían tal acto de violencia al régimen y a las injusticias sociales, en vez de culpar a sus autores". Y cuando dos de los asesinos, Fernando Abal Medina y Gustavo Ramus, murieron en un tiroteo con la policía:

el padre Carlos Mujica hizo una defensa de los guerrilleros católicos; ofició en el funeral de Ramus y de Abal Medina refiriéndose a los muertos como "un ejemplo para la juventud". El padre Hernán Benítez, peronista más conservador, también se arriesgó a la exclaustración, en el mismo acto, declarando que ambos habían sido "asesinados por una nación que no había llegado a comprenderles (...) Gracias, Señor, por estos dos jóvenes. No escogieron un camino fácil". (...) Benítez fue luego acusado de haber proporcionado la sotana que vestía Maguid durante el asesinato de Aramburu, y el padre Alberto Carbone fue a la cárcel como propietario de la máquina de escribir con que se mecanografiaron los comunicados montoneros.

Un dossier sucio

Lo que hoy le achacan a Bergoglio no es, en realidad, que haya colaborado con la dictadura, o que haya permanecido inactivo –como el matrimonio Kirchner, que aprovechó los desahucios de aquella época en la Patagonia para amasar su fortuna–, sino que no haya sido uno más de los curas guerrilleros. Estela de Carlotto, Hebe de Bonafini y Luis d'Elía, albacea de los ayatolás iraníes y del difunto Chávez en Argentina, sólo conceden carta de ciudadanía a los combatientes. D'Elía escribió en Twitter:

Francisco I [sic] es a América Latina lo que Juan Pablo II fue a la Unión Soviética. El nuevo intento del Imperio por destruir la unidad suramericana.

Y Horacio González, director de la Biblioteca Nacional y cabecilla del lobby intelectual kirchnerista Carta Abierta, también abominó de lo que él calificó de "superchería", incluso después de que Cristina apostara, inútilmente, por enrolar al Papa en su rebaño:

Quiero anticipar una pequeña tesis: con el nombramiento de Bergoglio se termina una larga discusión en Argentina, y me apresuro a decir que se termina hacia el lado de las derechas constitutivas de la estructura mundial del capitalismo y del retroceso de la vida popular en Latinoamérica.

El acoso peronista al Vaticano sólo terminará cuando el papa Francisco exorcice a los parásitos de su entorno. Los diarios argentinos La Nación y El Cronista Comercial publicaron el 18/3 sendos artículos de Carlos Pagni y Román Lejtman que denunciaban la existencia de un "dossier sucio" elaborado por el Gobierno argentino para bloquear la designación de Jorge Mario Bergoglio por el Cónclave cardenalicio. Los encargados de hacerlo circular habrían sido el antiguo embajador del menemismo ante la Santa Sede, Esteban Caselli, y el cardenal argentino y favorito del kirchnerismo Leandro Sandri.

El artículo de Lejtman se cierra con la advertencia:

Francisco perdona, pero no olvida.

Amén.

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